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El dibujo es un rumor

Exposiciones, becas, premios, libros, páginas de internet, colectivos... Varios artistas jóvenes han vuelto a la línea sobre el papel buscando quizá resistirse a la invasión de los nuevos medios.

2010/03/15

Por Rodrigo Restrepo

Piense en el momento en que usted cruzó la puerta de su casa esta mañana para salir a la calle. De inmediato, de manera inconsciente, usted dibujó su recorrido. Ese primer dibujo se transformó a lo largo de la jornada: se bifurcó, se rompió, se borró y se volvió a dibujar. Cada día es un gran dibujo. Cada pensamiento es un trazo de ese dibujo. Mientras hablamos por teléfono dibujamos mamarrachos en la agenda. Trazamos mapas para indicarle un recorrido a otra persona. Antes de aprender a escribir, antes incluso de aprender a hablar fluidamente, todos hicimos el dibujo de un niño en el mundo: el dibujo de nosotros mismos. El dibujo es el gesto gráfico más cercano e inmediato en la experiencia humana.

“El dibujo es espontáneo, es algo inmediato, se parece mucho a como ocurren las cosas. Antes que una técnica es una idea insinuada”, comenta Mateo López, de 30 años. López fue invitado a la Trienal Poli/Gráfica de San Juan, en donde expone en este momento su más reciente obra: Deriva. Se trata de un libro de pruebas y errores del libro que él hubiera querido escribir: “Es un poco estar a la deriva a la hora de hacer un libro, aunque también expresa la idea de que un dibujo deriva en otro, una idea deriva en otra. El libro mismo deriva del árbol”. Entre los ejercicios que propone —dibujos, planos, objetos— hay un libro de una sola hoja, un libro que es un ladrillo, un libro en espiral o un libro con maleza saliendo de las márgenes.

López, quien simultáneamente expone en el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Musac), es uno de los ejemplos más conocidos de un fenómeno artístico en plena efervescencia en Colombia: los jóvenes vuelven al dibujo. Las razones son muchas. En primer lugar está la económica: no se necesitan muchas cosas para hacer un dibujo; un lápiz, un carboncillo o un humilde esfero y un trozo de papel o servilleta bastan. El dibujo, además, es una expresión expedita, que no requiere los tiempos de la pintura o del video. Se puede hacer más rápido un dibujo que escribir una frase. De otro lado, cada vez hay más profesores en las universidades enseñando dibujo, así como más espacios dedicados exclusivamente a éste.

“El dibujo es el motor, la estructura que permea otros medios de expresión como la pintura, la fotografía o incluso la instalación. Les pertenece a todos y no se pertenece a sí mismo. En ese sentido, el dibujo bien podría ser el lenguaje más contemporáneo del arte”, argumenta Lía García, de 26 años y premio del segundo Salón de Arte Joven El Nogal (2008) con su obra Inventarios. Continuando su línea de trabajo de calcos precisos sobre fondos blancos, que ya había propuesto en Apuntes de ciudad, García dibujó 72 objetos domésticos —todos bajados de internet— que deseaba para abastecer su casa de recién casada: una persiana, una tetera, una cama. Los objetos están en pequeño formato, como sombras de ideas, apenas la representación de una simple ‘cosa’ en el vacío. “El dibujo es la abstracción misma”, concluye García.

Esa abstracción parece ser, desde un ángulo opuesto, la propuesta de Adriana Cuéllar, de 30 años, quien hace parte de un grupo de artistas que en el mes de febrero expuso en la en la muestra Nota sobre una línea en LA Galería. “Siempre que estás dibujando estás de alguna manera fuera de ti, te alejas un poco del yo, eres tú pero no eres tú”. En su serie Allá, acá (2008), Cuéllar se dedicó durante varios meses a rayar simplemente una hoja de papel, como un ejercicio de introspección. “Cada raya es importante. Exige una plena presencia. No es mera repetición. Ninguna raya es igual a la otra”.

Al principio no quería que las líneas quedaran torcidas. Pero poco a poco se dio cuenta de que todas, al final, se tuercen. Entonces entendió que está bien aceptar el error como parte de la obra. Incorporó la imprecisión y la registró dentro de los cuadros, resaltándola con amarillo. El resultado es una obra con una fuerza, una especie de marea ondulatoria en donde flotan esferas que parecen formar constelaciones de soles o planetas.

“El proceso del dibujo no se puede definir, como muchas veces lo quisiera la academia. Es más un estado interno. Funciona con otras reglas”, comenta Liliana Rivas, artista de 27 años que también expuso en Nota sobre una línea. En su tesis de grado, llamada Un día claro, Rivas también se dedicó a trazar líneas, pero no en una hoja sino en las paredes blancas de un espacio cerrado. Solo tenía una regla: dejar totalmente inmóviles sus pies en el suelo, de modo que la longitud de la línea fuera la que le permitieran sus brazos. Era simplemente un ejercicio, como aquellos con los que se aprende a soltar la mano en las clases de dibujo. Después de siete meses de inmersión total, quince días de hospitalización por una lesión severa en el túnel del carpo y muchos altibajos emocionales, el resultado fue un extraño paisaje, una colección de miles de líneas en un cuarto transformado por el simple acto de rayar la pared.

Junto a Rivas, Santiago Leal, de 25 años, expuso una serie titulada Objetos preciosos. En ella, cuatro niños con rasgos ambiguamente adultos se enfrentan a la pérdida de algún objeto: una cometa hecha en cocaína enredada en un árbol, una pelota de petróleo que se escapa cuesta abajo, una bola de helado de diamantes que se cae del cono, un globo de oro que se pierde en el cielo. La obra es precisa, mínima y transmite esa sensación nostálgica de la pérdida: la pérdida de la infancia, de lo precioso, de lo que la sociedad valora como arquetipo de bienestar. Leal trabaja actualmente en la recreación de nueve cuentos de Disney. También teje retratos en bolsas de té. Y en sus ratos libres construye pequeños juguetes ópticos, como zootropos o taumatropos.

Esa misma idea del juego, esa invocación de la infancia a través del dibujo se aprecia en la obra de Nicolás París, de 31 años. La experiencia de París está íntimamente ligada a la educación: como maestro de una escuela rural y mientras estudiaba un códice maya, descubrió que podía enseñar a leer y a escribir a los niños de una manera totalmente distinta: primero narrando, después dibujando lo narrado, para solo entonces pasar al signo y al lenguaje escrito. “Me di cuenta de que el dibujo, más que una ‘técnica artística’, es una herramienta de comunicación muy poderosa, transversal e instantánea”.

París ganó la beca de creación del Musac en 2008, de la cual surgió Doble faz, un libro de arte que expuso en la galería Valenzuela y Klenner y en el Museo de Arte Moderno de Medellín. Doble faz es a primera vista un libro para niños. Pero es más que eso: plantea un juego y una reflexión con el pliegue y con el tiempo. Al doblar los pliegues de sus páginas los dibujos se trasforman: a un hombrecillo se le pone un sombrero, un vaso lleno de agua queda vacío, un cañón dispara una bala. “El dibujo sale del papel y entra en el tiempo. Como materia es muy frágil: se arruga, se desgasta, pero como imagen tiene el poder de ‘saltar’ a lugares que yo no controlo. El dibujo está en una superficie bidimensional, pero vive y circula más allá de las tres dimensiones”, señala París.

Quizás por eso, porque el dibujo salta del papel, es que se vuelve cercano, íntimo y portátil. “Las personas, al ver un dibujo, sienten que pueden hacer ellas mismas uno”, dice Kevin Mancera, autor de Ojalá que te mueras, expuesta en LA Galería a finales del año pasado. La obra consistía en una serie de retratos de famosos cantantes, hombres y mujeres, dispuestos frente a frente en una interminable pelea entablada a través de la música del despecho. En un mar de lágrimas, otra de sus series, Mancera dibujó imágenes casi infantiles en hojas de cuaderno, unas figuras un poco monstruosas y anormales en situaciones muy cotidianas, como niños esperpénticos sufriendo angustias adultas. Los dibujos de Mancera pueden, al mismo tiempo, provocar una inmediata carcajada o un nudo en la garganta.

“El dibujo es humilde, es como una primera capa. Siempre se ha visto así, como la base, el bosquejo. El dibujo es sincero: uno lo ve y ahí mismo sabe qué es”. Mancera, de 26 años, se encuentra desarrollando un proyecto de largo aliento a raíz de una beca que ganó con una galería de São Paulo. Solo este año ha expuesto en la galería Mundo, en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, en el Planetario y en Taller Siete, en Medellín, un espacio colectivo dedicado al dibujo.

Justamente Taller Siete, donde el veterano José Antonio Suárez dibuja con sus pupilos muchas horas a la semana, inauguró a finales de febrero la exposición Dibujos 2009, en la que reunió a 27 jovencísimos dibujantes de todas las pelambres. Entre ellos se cuentan Julián Urrego, Natalia Castañeda, Joni Benjumea o Paola Gaviria, solo por nombrar a algunos.

“El dibujo es un campo puro de posibilidades. Es muy bonito pensar que el dibujo es el origen de todo: el pantalón que llevas puesto, el edificio en donde vives, la calle por donde caminas. Casi todas las cosas fueron antes un dibujo”, dice Gaviria, de 31 años. Ella es una viajera y una exploradora del mundo del dibujo. Dibuja mapas de las muchas ciudades donde ha vivido, calendarios en grandes formatos, inventarios de todas las cosas que debe dejar atrás en sus viajes, largos rollos de papel llenos de las imágenes de sus trayectos, cómics virtuales colectivos y decenas de libretas. Curiosamente es más conocida en el exterior que en Colombia: su obra fue reseñada en el libro An illustrated life, recién publicado en Nueva York, y ha vendido varias de sus obras, en su mayoría libretas, en Milán, París y Sydney.

Portátil, íntimo, cotidiano, versátil. ¿Qué es, a fin de cuentas, el dibujo? “El dibujo es un rumor”, dice París. Un rumor en la historia del arte, un rumor en la mente, un rumor en una conversación, en un muro de la calle, en un libro para niños, en la página de una libreta de apuntes. El dibujo va más allá del arte. “El dibujo —dice Bernice Rose, curadora del MoMa de Nueva York—, el dibujo es pensamiento”.

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