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El genio cruel

La fascinación de muchos hombres con la idea de dominar a las mujeres es sólo equiparable a la febril felicidad de muchas mujeres cuando son subyugadas por un hombre. Rendirse ante el genio artístico y sacrificar la propia vida... ¿Será un asunto del pasado?

2010/03/15

Por Catalina Holguín

Su esposo le propuso que hicieran su acto de Guillermo Tell. Estaban en una fiesta en Ciudad de México con algunos amigos. Con su mano tambaleante Joan se puso el vaso de vodka y jugo de naranja sobre la cabeza. Él, sentado a un metro de ella, desenfundó el revólver calibre .380 y apuntó. Joan giró la cara y le dijo, riendo: “No puedo mira –sabes que no resisto ver sangre”. Pero, a diferencia del legendario héroe suizo que flecha con maestría la manzana posada sobre la cabeza de su propio hijo, William S. Burroughs le apuntó al vaso y le dio a la cabeza.

Segundos después, desangrada en los brazos de su marido, Joan Vollmer se convertiría sin saberlo en la musa fatal de la obra retorcida, alucinada y siempre extraña de Burroughs, miembro de la Generación Beat norteamericana que junto con Jack Kerouac y Allen Ginsberg revolucionó la literatura norteamericana a mediados del siglo XX. “Me he visto obligado –confiesa Burroughs– a llegar a la terrible conclusión de que jamás me habría hecho escritor de no haber sido por la muerte de Joan, y a aceptar la gran influencia que este evento tuvo para motivar e influir en mi escritura.”

El legado de Vollmer, como el de tantas mujeres atadas fatalmente a la vida de artistas geniales, es póstumo y retrospectivo. Es así la influencia de Dora Maar sobre la obra de Pablo Picasso, aquella mujer que inspiró obras como “Guernica” y “Mujer llorando” para luego ser abandonada y consignada, por voluntad propia, a una vida de reclusión y depresión. La biografía de Maar escrita por Mary Ann Caws busca precisamente rescatar la personalidad y la obra artística de una mujer eclipsada por Picasso. Jacqueline Roque, la última mujer de Picasso, tenía unos 40 años menos que el artista. Él le dedicó centenares de obras y ella, su vida: “La dulce Jacqueline pasaba las horas a su lado sin decir nada, mientras él realizaba sus innumerables retratos. Tan sólo en 1963 le dedicó 161 cuadros, escribe sin asomo de ironía Marie Claire Uberquoi. Finalmente, trece años después de la muerte de Picasso, Jacqueline se suicidó en el mismo lugar donde él había fallecido.

Picasso, con sus numerosísimas novias, amantes y esposas identificadas, es la quintaesencia del genio cruel que canibaliza a su mujer. Y la mujer, a manera de premio, recibe retrospectivamente de parte de críticos y biógrafos el dudoso crédito de ser musa, sustento emocional o, en la mejor de las situaciones, influencia reveladora. Tal es el caso de Lee Krasner, esposa del pintor norteamericano Jackson Pollock, famoso por sus monumentales chorros sobre papel. Con ocasión de una retrospectiva de su obra realizada en 1984 en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el periódico The New York Times dedica a Krasner un extenso artículo que abre con las siguientes líneas: “Durante años, el nombre Lee Krasner no significaba mucho en el mundo del arte. A pesar de ser una pintora dedicada, se le conocía mucho mejor como la mujer de Jackson Pollock, y durante muchos años después de la muerte del pintor, como Lee Krasner Pollock, la viuda del artista”. La curadora de la exposición reconoce la influencia que tuvo Krasner sobre Pollock en su rechazo por las restricciones del cubismo. Demasiado tarde, claro, pues Krasner muere seis meses antes de la inauguración de la retrospectiva.

La historia de las mujeres de los hombres geniales, al menos de aquellos que vivieron durante la primera mitad del siglo XX, tiende a ser, como la historia de los conflictos armados, una historia de reparación y reconciliación. Con ese mismo espíritu de rescate con que los departamentos de literatura han revivido la obra de tantas escritoras de los siglos XVIII y XIX se ha excavado la historia y la breve obra (una novela, once cuentos cortos y varios artículos) de Zelda Sayre, esposa de F. Scott Fitzgerald, célebre autor El gran Gatsby y del cuento “El curioso caso de Benjamin Button”, llevado al cine por David Fincher y protagonizado por Brad Pitt.

Zelda y F. Scott fueron la encarnación de los excesos y la libertad de los años veinte en los Estados Unidos. La misma biografía del autor, resumida por la crítica Michiko Kakutani, da cuenta de la velocidad con que Fitzgerald vivió de la mano de su joven e igualmente alocada esposa: al los 24 años, el autor de A este lado del paraíso era uno de los hombres más admirados de Nueva York; a los 29, la sensación de París y la Rivera francesa; a los 33 ya estaba empeñando su talento y dejando atrás sus propios sueños; a los 40 había perdido la esperanza en los caminos que llevan al sanatorio de Zelda, y a los 44, estaba ya muerto del cansancio, pobre y convencido de que era un fracasado. A pesar de la sombra proyectada sobre Zelda, Kakutani observa que su obra tiene un valor propio más allá de la curiosidad literaria, al punto de dar renovado crédito a las acusaciones de Zelda: “El Sr. Fitzgerald, creo que así se deletrea su nombre, parece creer que el plagio comienza en casa”.

El caso de Zelda, una mujer que siempre fue vista como una esposa auto-destructiva, envidiosa, mentalmente inestable, obsesionada por el deseo de convertirse en una escritora famosa, se asemeja al de Camille Claudel, amante y pupila del escultor Auguste Rodin. También, de manera retrospectiva, sus esculturas han empezado a ser reconocidas por sí mismas. De igual manera se ha reevaluado su influencia creativa sobre Rodin, a quien acusó de robarse el crédito de su propio trabajo. Al igual que Zelda, Camille fue confinada a un asilo mental. Después de que Rodin la convenciera de abortar para luego dejarla por otra mujer, Camille se encierra en su estudio y esculpe obsesivamente cabezas de niños para luego destruirlas. Camille, quien fue diagnosticada con “una sistemática manía persecutoria acompañada de delirios de grandeza”, vivió durante 30 años en el asilo y murió sola.

Pareciera que todas estas historias están consignadas al polvoroso baúl del siglo XX. Otros tiempos esos en que mujeres audaces, arriesgadas e inteligentes apostaron todo por un ideal artístico que vieron encarnado en sus parejas. La apuesta cobraba tintes más serios en sociedades como la norteamericana, donde el apego a la institución familiar se ha expresado desde hace varias décadas en el urbanismo metódico del suburbio y la sublimación mediática de las familias que ocupan la Casa Blanca (si no, ¿por qué sabemos que el perro de los Obama se llama Bo?).

Hoy, en cambio, la poeta y ensayista Siri Hustvedt escribe a la par de su esposo, el novelista Paul Auster; Nicole Kraus es novelista al igual que su marido, Jonathan Safran Foer; la escritora Vendela Vida y su esposo, Dave Eggers, también novelista norteamericano, colaboran en varios proyectos editoriales; los artistas y esposos Jeanne-Claude y Christo trabajan juntos en monumentales intervenciones exteriores. Sí. Pero surgen también escándalos como el del cineasta Roman Polanski que ponen entre paréntesis la aparente equidad. Hace tres décadas Polanski violó a una niña de 13 años en la casa del actor Jack Nicholson durante una sesión de fotos. Como lo explica el diario español El País, el arresto del cineasta durante un festival de cine en Alemania “abrió un debate en el que caben distintas interpretaciones de la justicia y de los vínculos entre poder y creación, además de posibles equilibrios diplomáticos o el tácito derecho a una especie de inmunidad artística”. A su vez, las implicaciones de iniquidad y abuso de poder evocadas por el escándalo pulsan la espina enterrada en el fondo de muchas transacciones de pareja, sin importar su afición o profesión: la de la mujer entregada a las aspiraciones del marido.

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