Fotografía de Dayanita Singh de la serie Ladies of Calcuta que puede verse en la exposición dedicada a esta fotógrafa india el Museo del Banco de la República de Bogotá

El instante capturado

El arte de la fotografía no parece tener, todavía, el glamour intelectual que tiene el arte pictórico. Ahora que coinciden en Bogotá varias extraordinarias exposiciones de fotografía, puede ser un buen momento para revaluar los prejuicios.

2011/03/30

Por Humberto Junca

Vivimos y comprendemos el mundo en imágenes. Ni el oído, ni el olfato, ni el gusto, ni el tacto nos dan tanta información del mundo como lo hace la visión. Pese a que incluso sin luz escuchamos, olemos o palpamos, hemos permitido que el ojo tome las riendas de los sentidos. “Lo que no vemos no existe” parece ser el lema que entre líneas nos proponen las revistas, los libros, pinturas, esculturas, televisores, computadores, obras de teatro y avisos públicos. Sin embargo, no es exagerado sostener que esta “tiranía de la imagen” ?se debe sobre todo a la omnipresencia de la fotografía que captura, fija, congela y reproduce momentos, lugares, personas en cualquier superficie. Hay fotos en el álbum familiar, hay una foto en la cédula, fotos en el anuario del colegio, en el diario, veinticuatro fotogramas por segundo en las películas del cine, fotos por televisión, en pancartas y carteles, fotos en Facebook y fotos en las paredes de galerías y museos.

 

Desde fines del siglo XIX algunos artistas y críticos vieron con desconfianza la fuerza con que se impuso este invento. Algunos afanados presagiaron la “muerte de la pintura” a manos de la cámara fotográfica. Sin embargo antes que enterrarla, la fotografía ayudó a volver realmente universal a la pintura y al arte. Fotos de la Mona Lisa o de la Capilla Sixtina en libros, postales o revistas invadieron los mercados y los cuartos de millones de personas. Algunos pintores comenzaron a trabajar a partir de fotografías, otros se entregaron a la experimentación formal y conceptual sobre el lienzo cuando la cámara liberó a la pintura de su antiguo (porque la fotografía aceleró la velocidad con que el presente se separa del pasado) rol de ser el registro fiel de su época. No es justo hablar de desplazamiento; la relación entre fotografía y pintura es más bien simbiótica. Además, las primeras fotografías fueron hechas, compuestas, iluminadas, como si fueran pinturas.

 

Pero no es lo mismo ver una fotografía que una pintura (así como no es lo mismo ver una pintura que ver la fotografía de esa pintura), y no es lo mismo ver una fotografía en una revista, enmarcada en un portarretrato o colgada en el muro de un museo. Las fotos que se exhiben como pinturas en los edificios de la institución parecen tener un peso y una importancia mayor. Nos exigen verlas con más cuidado. Parecen oponerse, por ejemplo, a la rapidez con que la publicidad nos arroja imágenes que quiere que imitemos, que quiere que aceptemos como modelo. Así, lejos del espacio doméstico, liberadas de sus usos cotidianos, esas imágenes fotográficas que se muestran como pinturas nos invitan a descifrarlas, a observarlas con cuidado, a analizar la mirada de quien las tomó comparándola con la nuestra... en otras palabras: nos invitan a ver. Ver lo que somos; o ver con ojos prestados lo que de otra manera no podríamos ver. En las últimas semanas, como si de un festival se tratara, la fotografía se ha tomado varios espacios culturales en Bogotá, multiplicando tal invitación. Desde la colectiva de fotógrafos contemporáneos españoles Diálogos a la intemperie en la sala de exposiciones Julio Mario Santo Domingo de la Universidad de los Andes, las fotos de la serie Yo soy también otro de la artista Ana María Rueda en la Galería Alonso Garcés o Topografías del Sur una muestra de tres fotógrafos colombianos (Susana Carrié, Francisco Mojica y Tito Celis) que inauguró en febrero la Galería MU, espacio dedicado —en palabras de sus fundadores, Carolina Montejo y Andrew Ütt— “exclusivamente a la exhibición del arte fotográfico”. Pero el plato fuerte en este “festival fotográfico” son, sin duda, las siguientes exposiciones, las siguientes miradas:

 

Como parte de su programa Homenajes Nacionales, el Museo Nacional presenta hasta el 24 de abril Una impecable soledad, exhibición de experimentos, bocetos y procesos de revelado y montaje llevados a cabo por el fotógrafo vallecaucano Fernell Franco, nacido en Versalles en 1942. Hizo su su primera exhibición individual con la serie Prostitutas en 1972, en Ciudad Solar, centro cultural independiente en Cali, donde conoció y se asoció a creadores como Ever Astudillo, Oscar Muñoz, Luis Ospina o Andrés Caicedo. Franco fue el primer fotógrafo en ganar un Salón Nacional de Artistas en 1976. Además, su obra, documento de Cali como ciudad en cambio (en destrucción) le hizo ganar, en el 2006 (el mismo año de su muerte), el premio del Centro Rockefeller para Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Harvard.

 

En el segundo piso de la Casa de Moneda está montada hasta el 16 de mayo Historia de Colombia a través de la fotografía, una curaduría de 290 imágenes (divididas en veinte grupos temáticos) escogidas por el historiador británico y director del Centro de Estudios Latinoamericanos en Oxford, Malcolm Deas, con el objetivo de ilustrar fotográficamente nuestra historia de 1842 al 2010. Deas y su asistente, la historiadora Patricia Pinzón, buscaron durante un año en museos, bibliotecas, en revistas, periódicos, álbumes fotográficos y hasta en tarjetas de visitas, las fotos más impactantes y significativas (tomadas por fotógrafos anónimos o por nombres reconocidos como Jorge Obando, Melitón Rodríguez, Luis Benito Ramos) capaces de dar testimonio de lo ocurrido en el país desde la invención de la cámara fotográfica. Comenta Deas: “Hemos tratado de mostrar la riqueza histórica del país, la escala de las cosas, los orgullos, las vergüenzas, los logros y los fallos. No fue una tarea fácil —ciertos aspectos de la vida fueron mucho más fotografiados que otros. Por ejemplo, faltan imágenes sobre el trabajo cotidiano o sobre lo ocurrido en ciertas regiones de Colombia. Deliberadamente, no enfatizamos los años más recientes— esta exposición es un ensayo histórico. Es una muestra para todo público, no sólo para especialistas. Nuestro deseo ha sido generar curiosidad en la gente, suscitar una pregunta: ‘¿verdaderamente era así?’ y demostrar que si en algunos aspectos el pasado es ‘otro país’; hay casos en que el pasado persiste”.

 

En la sala de exposiciones temporales del tercer piso del Museo de Arte del Banco de la República, se exhibe hasta el 23 de mayo el trabajo de la fotógrafa indostaní Dayanita Singh, con imágenes escogidas por el curador español Carlos Gollonet. En ellas sobresalen la serie dedicada a documentar la vida diaria de niñas que viven encerradas en un ashram (I am as I am) y la serie resultante del encargo del periódico The Times de Londres de hacer ?seguimiento (que se prolonga más de diez años, por amistad) a la vida de los eunucos de la India: Mona. Singh, quien estudió comunicación visual en el National Institute of Design de la India y luego fotoperiodismo en el International Center of Photography de Nueva York, escribe sobre su pasión: “tras la universidad, las chicas se casaban. La fotografía fue mi billete hacia la libertad. Me di cuenta que la fotografía podía abrirme el mundo. La fotografía podía ayudarme a escapar de las restricciones de clase y de género. Quería ser fotógrafa, ser libre”.

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