The Spear.

El rey está desnudo

El súbito estallido de la tensión racial por una obra satírica del artista Brett Murray contra el presidente Zuma pone en evidencia cuán frágil es la convivencia en Sudáfrica, aun en tiempos postapartheid. Pero, ¿es necesariamente racista mostrar los genitales al aire de un mandatario tan mujeriego como este?

2012/07/19

Por Salym Fayad, Johannesburgo.

Los vándalos

Una mañana de mediados de mayo el conductor de bus Lowie Mabokela salió de su casa en la provincia de Limpopo, en el norte de Sudáfrica, y manejó varias horas hasta Johannesburgo. Mabokela quería ver un cuadro. Cuando llegó a la ciudad, se dirigió a la Galería Goodman en el elegante suburbio de Rosebank, y entró a la exposición Hail to the Thief II del artista Brett Murray. Ahí estaba el cuadro que buscaba, pero cuando finalmente lo tuvo en frente —según diría más tarde— no le gustó.

Entonces Mabokela tuvo una idea. Salió a la calle y compró una pequeña lata de pintura negra. Volvió a la galería, pasó frente a tres guardias armados y se dirigió adonde estaba colgada la obra: un retrato del presidente sudafricano Jacob Zuma con los genitales expuestos.

Pero pasó algo muy curioso. Alguien más había tenido la misma idea que él. Ante la mirada atónita de los asistentes, un hombre blanco de mediana edad sacaba su propia lata de pintura y con admirable serenidad pintaba dos grandes equis rojas sobre los genitales y la cara del Presidente. ¿Será un performance?, se alcanzaron a preguntar algunos.

Luego siguió Mabokela, que con menos elegancia se embadurnaba las manos con pintura negra y manchaba, otra vez, las mismas zonas del cuadro. Para entonces a nadie le quedaba duda de que se trataba de un sabotaje a la exposición, y las cosas se pusieron violentas. Uno de los guardias enganchó a Mabokela y, quizá presionado a tomar acción por las cámaras y celulares que grababan la escena, le propinó un cabezazo y lo lanzó espectacularmente contra el suelo.

Frente a la galería se aglutinaban medios locales e internacionales, policías, los curiosos, y sobre todo los manifestantes que protestaban para que la galería removiera el cuadro de la exposición. Todos intentaban darle sentido al asalto artístico. ¿Se trataba de una conspiración del Gobierno para destruir la controvertida obra? ¿Actuaban los dos hombres en complicidad? ¿Eran actos espontáneos de vandalismo? La confusión reinaba. Cualquiera que conozca la Galería Goodman sabe que lo último que uno espera encontrar allí es una expresión de vandalismo, o una expresión de espontaneidad.

¿O era acaso remotamente posible que dos hombres provenientes de extremos opuestos del espectro social sudafricano hubieran coincidido en el mismo lugar y a la misma hora con exactamente la misma intención? Con esta inquietud flotando sobre la multitud, entró en escena un nuevo artista espontáneo. Ante las cámaras y los guardias, como los dos anteriores, uno de los manifestantes empezó a escribir la palabra respect en una pared de la galería con un aerosol. Solo llegaría a escribir “res” antes de que la policía lo redujera y lo enviara a la estación a rendir declaración con los otros dos.

La tensión venía aumentando desde que días atrás el diario City Press publicó un reportaje sobre la exposición y una foto de The Spear, el polémico cuadro de Murray. El Congreso Nacional Africano (CNA), el partido del Gobierno, consideró que el retrato era “vulgar y de mal gusto”, y a través de sus abogados envió una solicitud para que la Galería Goodman lo quitara de su sala de exhibiciones y el City Press lo quitara de su página de Internet. Y empezó el pulso. La respuesta de la galería y el periódico fue tajante: No; eso sería censura. El CNA decía que al presidente Zuma se le había violado su derecho constitucional a la dignidad; la galería decía que la libertad de expresión también es un derecho constitucional. El CNA, un partido ya veterano en batallas con la prensa, había cometido un error de estrategia. Como era de esperarse, el primer intento de censura hizo que una obra sin mayor mérito artístico, de un artista relativamente desconocido, se convirtiera en una sensación mediática mundial y en un tema de división de la opinión nacional.

Cuando el CNA llevó a la corte su moción de censura, la saga en torno a The Spear se seguía complicando. El abogado del partido rompió en llanto en plena corte cuando trataba de defender el veto del cuadro, la Galería Goodman recibía amenazas, una multitudinaria marcha de simpatizantes del Partido hacía presión para que se removiera el retrato, y en todos los medios periodísticos y académicos se debatía acaloradamente sobre la libertad de expresión artística, sobre las implicaciones raciales de la obra y su naturaleza irreverente o insultante. “Desfiguré el cuadro para evitar una guerra civil —dijo Barend La Grange, el primero que alteró la obra—, estaba creando demasiada tensión racial”. Las explicaciones que daba Mabokela —que no conocía a La Grange hasta que se lo encontró en la galería— eran diferentes: “Lo hice para restaurar la dignidad del Presidente; él es un padre de familia”.

La lanza y la ducha

No es solo la desnudez del Presidente lo que hace de The Spear un cuadro controversial. El título de la obra, La lanza, es una referencia a Umkhonto we Sizwe (“La lanza de la nación” en lengua zulú), el brazo armado del CNA durante la lucha contra el apartheid. Zuma perteneció a esta organización, también Nelson Mandela, y los dos fueron prisioneros al mismo tiempo en la cárcel de Robben Island.

En el imaginario de la Sudáfrica postapartheid, Umkhonto no solo encabezaba la resistencia contra el régimen racista; era la organización de los combatientes de la libertad, de los héroes y mártires. El académico y excombatiente Raymond Suttner explica que bajo el sistema del apartheid las personas de raza negra eran tratadas como si fueran niños, incapaces de tomar decisiones con autonomía, un principio de humillación que justificaba el discurso de dominación política e impactaba sobre las nociones de identidad y masculinidad de los hombres africanos. En este contexto Umkhonto we Sizwe se convirtió en la esfera donde, al asumir el papel del guerrero, se recuperaba la dignidad y la hombría que el régimen les quitaba, a través de la lucha política y de la emancipación racial.

Así que los puntos sensibles que Brett Murray toca con su cuadro tienen raíces más profundas en la idiosincrasia sudafricana que los genitales presidenciales. En su defensa, Murray tuvo que recordarle a la gente que él mismo fue un activista en contra del apartheid, pero que como tal comparte con muchos otros el desencanto de ver que el partido estandarte de la democracia y la justicia social se ha ido convirtiendo en una élite cerrada que alimenta a los medios con titulares sobre corrupción y nepotismo. La exposición de Murray, Hail to the Thief II (Viva el ladrón II), es un comentario sobre estos valores perdidos. Es una crítica a la que el CNA se ha venido acostumbrando, pero cuando el artista reemplaza la lanza de la nación con el pene expuesto del Presidente, para algunos fue demasiado lejos, y vieron en la obra un ataque insensible a las problemáticas relaciones de raza y clase en Sudáfrica. El irreverente artista blanco de clase privilegiada e ideas liberales se burla del excombatiente de la libertad que se ha convertido en un símbolo de autoridad y masculinidad africana. “No soy un racista”, dijo Murray, predeciblemente, y tuvo que explicar que “The Spear es una metáfora del poder, la codicia y el patriarcado”.

Hace tiempo que la sexualidad del presidente Zuma dejó de ser un tema privado. Y aunque el mandatario dijo que The Spear lo irrespetaba porque lo presentaba como un mujeriego, hay que recordar que se ha casado seis veces, tiene cuatro esposas, veintiún hijos y varias relaciones extramaritales de las que se tiene noticia. En el 2005, cuando era director del Consejo Nacional del Sida, Zuma fue acusado de abusar sexualmente de la hija de una amiga suya. Durante el juicio dijo que la relación había sido consensuada, y admitió que no había utilizado un preservativo aunque era de dominio público que la mujer era VIH positivo. Su controversial defensa le dio la vuelta al mundo: Zuma dijo que después de la relación se había dado una ducha “para minimizar el riesgo de contraer VIH”.

El falo de Llorente

Después de cientos de columnas de opinión y de debates públicos, y cediendo a la presión social y del partido de gobierno, la Galería Goodman y el City Press accedieron finalmente a retirar el cuadro, aunque ya para estas alturas la imagen —en su versión original y en su versión alterada— había sido publicada en cientos de páginas de Internet alrededor del mundo. La galería, por su parte, que en un principio lamentaba el atentado contra la obra, encontró un comprador alemán que pagó cerca de diecisiete mil dólares por él. Lo quería así, deformado, con la cicatriz de la escaramuza que reflejaba los conflictos internos de la nueva Sudáfrica.

Pero el destino del cuadro tendría un particular giro final, la estocada de gracia al pulso por la censura y la dignidad. El Comité de Cine y Publicaciones, una entidad gubernamental, clasificó a The Spear como una obra no apta para menores de dieciséis años por su grado de desnudez. De nada sirvió que los abogados de la Galería Goodman argumentaran que el cuadro ya había sido vendido, que no estaba en la sala de exhibiciones, que ya había sido visto por millones de personas, que la desnudez del cuadro había sido cubierta por capas de pintura. Steve Budlender, representante del City Press, respondía que en un país donde niños de dieciséis años podían tener sexo, comprar condones y hacerse abortos, “¿para qué restringir el retrato de un pene?”.

Caso cerrado. La pintura se había convertido en un elemento de discordia social en la ya muy dividida sociedad sudafricana, y apareció como una estruendosa bofetada en un contexto en el que el tema de las tensiones raciales y sociales se trata con guantes de seda. Algunos sectores no podían digerir que después de tanta sangre derramada por la libertad de expresión durante la lucha contra el apartheid fuera ahora justamente el CNA el que imponía los límites a la creatividad y a los medios.

El enorme revuelo en torno a un cuadro que puede ser poco menos que una torpe sátira infantil le revolvió las entrañas a un país que tiene el legado del apartheid atorado en la garganta. Y Brett Murray tuvo que aprender a las malas que cuando las heridas todavía están abiertas es muy fácil poner el dedo en la llaga.

Quizá el que comprendió esto con mayor claridad fue Lowie Mabokela, un ciudadano común, sin agenda política ni posición en el debate artístico; un tipo de provincia que cruzó medio país para penetrar el bastión elitista de una galería de arte contemporáneo para deformar un cuadro, sin otra motivación que el más básico respeto por el otro.

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