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El vuelo de La Cometa

La nueva galería La Cometa se inaugurará el próximo 26 de julio con una muestra del artista Julio Le Parc. Es uno de los espacios más deslumbrantes para exhibir arte en Bogotá y en Latinoamérica, y uno de los primeros en el país construido especialmente para la exhibición de obras de arte. Esteban Jaramillo, su dueño, habló con Arcadia.

2010/03/15

Por María Alejandra Pautassi

La fachada de la nueva galería de arte La Cometa da pistas sobre lo que ha sido su historia. Ubicada a tan solo dos cuadras de su antigua sede, en la calle 95 con carrera 10, en el norte de Bogotá, dos esculturas se alzan sobre un espejo de agua: una de Ramírez Villamizar, la otra de John Castels. “Un punto intermedio entre el arte moderno y el contemporáneo”, dice su dueño, el galerista Esteban Jaramillo.

Desde su fundación en 1995, La Cometa se ha ganado un nombre como un espacio para el arte moderno en Colombia. Por sus salones han pasado las obras de Luis Caballero, Enrique Grau, Édgar Negret y otros artistas de la generación que impulsó Martha Traba, al igual que sus herederos, entre los que está el mismo Villamizar. Pero, de un tiempo para acá, se ha arriesgado con muestras más experimentales como “La música en la pintura”, en 2001, con la presencia de Víctor Laignelet; “Valores ocultos” de 2004, en la que participaron personajes tan diversos como Antanas Mockus y Leo Katz, y “Homenaje a Nueva York” del fotógrafo Max Grossman. Con el tiempo, Jaramillo se ha dado cuenta de que su trabajo también es creativo, que implica correr riesgos, que como galerista tiene que aportar cosas nuevas. Ahora él se prepara para inaugurar la galería más grande del país –la segunda en Latinoamérica– con una exposición del artista cinético Julio Le Parc este 26 de julio. (Ver recuadro).

Construir la nueva sede de La Cometa no fue fácil. Hace tres años Jaramillo comenzó a negociar con los seis propietarios del lote que se ajustaba a las necesidades de su proyecto. Ideó (y desechó) cientos de estrategias para hacer que su galería fuera viable comercialmente –una de ellas, construir un edificio y que la galería ocupara solo el primer piso–, luchó con las curadurías para conseguir los permisos de construcción y consiguió financiación de la empresa privada. El resultado: un edificio construido exclusivamente como galería que cuenta con los mejores espacios de exposición y un diseño que nada tiene que envidiarles a las galerías de Nueva York o Milán.

Sorprenden las grandes dimensiones y la blancura del espacio. Pasando el lobby (donde está la recepción y a un lado una cafetería-lounge) se abre un corredor de tres metros con sesenta centímetros de ancho y siete de alto que gracias a sus dimensiones permite exponer cuadros de gran formato y esculturas. En la actualidad está colgada la serie “Sarcófagos” de Jim Amaral y están expuestas tres esculturas de Negret que hacen parte de la colección permanente de la galería. Al fondo hay otra sala de exposición. Según Daniel Jaramillo, un arquitecto de 29 años que diseñó el edificio, esta última también sirve como sala de ventas. Una placa deslizable la separa de las dos primeras descubriendo una bodega de cuadros que, a diferencia de otras más convencionales, está compuesta por dieciséis racks corredizos en los que se pueden colgar hasta treinta metros de piezas de arte. La funcionalidad de los espacios era una de las premisas de Jaramillo.

Dice Jaramillo, el arquitecto, que antes de comenzar el diseño, Esteban, el galerista, le recomendó que las paredes fueran blancas, limpias, que fueran como un lienzo para las obras de arte y que los detalles de diseño no les robaran protagonismo. Después de recorrer más de cincuenta galerías en Nueva York y reunirse con artistas y arquitectos de formación artística como Carlos Salas y John Castels, llegó a un diseño que tiende al minimalismo, en el que predominan las formas puras y la simetría. Las escaleras sueltas en madera que llevan al segundo piso tienen una leve curvatura y son el único elemento en el interior del edificio que rompe su simetría de manera imperceptible.

La sala de exposición principal está en el segundo piso: un espacio de treinta metros de largo por doce de ancho, iluminado por un chorro de luz natural que viene de los ventanales que hay en todos los costados y una claraboya rectangular que también ilumina el corredor del primer piso. Este espacio se puede adecuar para exponer hasta tres artistas de manera simultánea por medio de módulos portátiles. Sin los módulos esta sala sirve para hacer exposiciones individuales y también como salón de subastas en que cabrían unas trescientas personas. Al fondo, a izquierda y derecha, dos puertas pequeñas llevan a las terrazas, donde empieza lo que el arquitecto llama “un recorrido artístico” diseñado para exponer esculturas exteriores. Un puente de hierro une las terrazas y ofrece una perspectiva distinta del jardín donde están las cabezas de Mickey Mouse de la serie “Esferas del dique”, una de las más importantes obras del colombiano Nadín Ospina.

Esta sede fue pensada desde un principio, desde los mismos planos, como un espacio de exposición, y eso, aunque parezca extraño, ha ocurrido muy pocas veces en el país. Se puede mencionar, acaso, la mítica Galería Quintana de finales de los ochenta, que ocupaba dos lotes en la calle 86 con carrera 11 y que cerró hace más de diez años, durante la última crisis del mercado del arte. La primera sede de La Cometa abrió por la misma época, un momento de crisis económica en el país en el que habían bajado los precios del arte y se cerraban galerías todos los días. Pero mucho ha cambiado desde entonces. Carlos Salas, de la Galería Mundo, opina que estamos pasando por un nuevo boom del mercado. En este contexto, no es raro que aparezca una galería como La Cometa: un espacio para mostrar obras de arte decorativo y contemporáneo, que se adecúe a las distintas modalidades del mercado, las subastas o la venta privada. “Un peldaño más”, como dice Esteban Jaramillo, en la consolidación del buen momento que atraviesa el arte en Colombia.

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