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En las puertas del infierno

La obra del escultor francés llega a Bogotá en una exposición que muestra algunas de sus obras fundamentales. Cascarrabias, amargado y con una relación a cuestas que le costó ser acusado hasta de robo, sus esculturas hablan por sí mismas.

2010/03/15

Por Juan Esteban Osorio

Tenía barba larga, pelo rojo y corto, ojos azules, y gafas empotradas en la nariz, algo caídas. La mujer que más lo quiso lo describió la primera vez que lo vio como “un gnomo viejo”. Tartamudeaba cuando hablaba, balbuceaba entre dientes, era inseguro y tímido; algunos le acusaban de carecer de personalidad. No era el seductor ni el ganador que otros habrían esperado. De accesos violentos contra los que lo rodeaban, no era precisamente el dueño del trofeo de la popularidad de los estudios y talleres de arte ente los que vivía y trabajaba.

Y sin embargo, cuando hablaba de escultura, sufría una transformación. El discurso fluía fácil, su voz se profundizaba, sus manos conversaban, ya no era el pusilánime que otros veían, ya se atrevían a compararlo con Miguel Ángel. Su miopía desaparecía, su aspecto de gnomo se desvanecía y daba paso al mago y responsable de la revolución del arte del siglo XIX.

Auguste Rodin se convertía en lo que los demás imaginaban. El seductor de sus modelos, promiscuo, con una esposa que lo esperaba, lo celaba y lo protegía, especialmente de una escultora que daba la vida por él, aun a riesgo de jugarse su obra, su nombre y su cordura.

La primera obra de Rodin fue su primer problema, la peor acusación que le hicieran y al mismo tiempo el más grande halago. La era de bronce, exhibida en 1877, le causó acusaciones de sus detractores de haber utilizado un modelo real, al que aplicó yeso, para crear un molde: algo así como un plagio, el atajo para crear la obra perfecta, a la que dedicó todos sus ahorros, y año y medio de trabajo. Autoridades y amigos, intercedieron por el artista de 37 años, y corroboraron lo impensable: Rodin podía hacer esculturas perfectas de memoria, sin el modelo posando al frente suyo. No hubo tal trampa.

Una vez confirmado el genio, el trabajo se multiplicó, y las grandes obras comenzarían a aparecer. Realizó entonces Las puertas del infierno, basada en la obra de Dante, El pensador –originalmente conocido como Dante o El poeta, y La catedral. Rodin esculpió la figura de una anciana, basándose en la madre de uno de sus modelos, llevada a la fuerza por su hijo, dato que el artista ignoraba. La hizo desnudarse, profesional y frío, y captó la agonía y humillación de la mujer que muere apenas unos días después. Quienes vieron la escultura, sentenciaban, llorando: “Parece a punto de morir. No ella, la mujer; la que agoniza es la escultura”.

Eran días en los que el artista se cruzaba en reuniones sociales con Mallarmé, Pasteur y Debussy. En la calle, se tropezaba con un par de poetas borrachos y buscapleitos que lo hacían cambiar de acera, a quienes llamaban Rimbaud y Verlaine. Uno de sus amigos fue Paul Claudel, poeta y diplomático francés, y hermano menor de Camille Claudel, escultora por naturaleza, amante febril de Rodin, víctima de su obra y su carácter.

No solo fue la alumna aventajada del maestro, sino su amor turbulento y perturbado, la musa de algunas de sus obras más importantes (La Aurora, Fugit amor) y el trazo de la delgada línea entre la locura y la razón. Apoyado por el escultor, Paul Claudel encerró a su hermana en un manicomio –por su bien, claro– el resto de sus días, alegando locura y desbarajuste emocional. Claudel murió en un centro de reposo, donde pasó los últimos 30 años de su vida, a pesar de haber demostrado de muchas maneras –en unas cartas dolorosamente lúcidas y tristemente hermosas– haberse recuperado de sus crisis nerviosas.

En su momento, Rodin fue acusado de haber cubierto la obra de su discípula: era imposible que una mujer –por favor, ¡una mujer!– fuera la responsable de obras tan complejas y perfectas; Rodin debía estar ayudándole, y creando una leyenda. Muchos años después de haber muerto los dos, la acusación se tornó en contra del artista: hay quienes sostienen que fue ella la creadora de algunas de las obras del genio. La verdad, es que antes de que los amantes se conocieran, ya Auguste era Rodin, y curiosamente, ella, sin conocerlo, antes de cumplir 20, parecía tener el mismo toque y el mismo nivel de quien fue su maestro y su amor imposible, 24 años mayor.

En la biografía de Camille Claudel, escrita por la directora de teatro y actriz francesa Anne Delbée, donde intenta darle el lugar a cada uno en la historia, sintetiza la relación de los amantes y artistas: “Camille se ha convertido en una escultura misma de Rodin”.

Toda esta historia es apenas el pretexto para contar que el 22 de abril se inaugura en el MAMBO La era de Rodin, una muestra de 71 obras, provenientes del Museo Soumaya de la Ciudad de México –que recoge la muestra más grande del artista francés, fuera del Museo Rodin, en París– y el Museo de Arte de Ponce, Puerto Rico. En total son 42 obras de Auguste Rodin y 29 de artistas de su generación, entre ellos sus discípulos, Camilla Claudel y Émile-Antoine Bourdelle, quien tras la muerte del genio, ocupó, unos escalones más abajo, el puesto del maestro en la escultura francesa contemporánea.

Entre las obras que llegan vienen verdaderos hitos dentro del trabajo de Rodin, como La edad de Bronce, El pensador, tal vez su obra más conocida aunque curiosamente, entre sus estudiosos, no es considerada la mejor; El hombre que cae, El beso y La Catedral, entre muchas otras. De Camille Claudel , estarán piezas como La Ola y El gran vals; de Bourdelle llegan trabajos como Heracles el arquero.

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