Sophie Calle.

Esa maldita pared: Sophie Calle en Bogotá

Tras el impresionante éxito de la exposición de Sophie Calle en el Museo de Arte Moderno de Medellín, llega al Banco de la República de Bogotá 'Historias de pared'.

2012/05/29

Por Humberto Junca, Bogotá.

El pasado 21 de marzo la artista francesa Sophie Calle inauguró su muestra Historias de pared en el Museo de Arte Moderno de Medellín cantando a viva voz “La cuchilla” junto a Las hermanitas Calle; o para ser más exactos, junto a Fabiola Calle y a María Eugenia Cañas (quien reemplazó a Nelly Calle después de su fallecimiento). Con esa jugada se echó a todos al bolsillo. Dos días después, ofreció una charla en la Biblioteca Luis Ángel Arango como abrebocas a su muestra en Bogotá que comienza el próximo 20 de junio. Allí se disculpó por no poder estar presente en la inauguración por venir debido a compromisos profesionales adquiridos con anterioridad y habló en fluido castellano, con un encantador acento francés, de su vida, de su obra, de cuando fue stripper, de cuando perseguía a la gente, de cuando se hizo perseguir (pidió a su madre que contratara un detective para que la siguiera durante todo un día, sin que ella supiese la fecha, y le tomara fotos y le entregara un informe detallado de sus actividades), de sus dolorosas historias de amor, de cuando Paul Auster construyó uno de sus personajes inspirado en ella (la María Turner de Leviatán), de cuando decidió compartir su lecho con desconocidos en lo alto de la Torre Eiffel o de cómo grabó en video y luego exhibió la muerte de su madre. Desde el comienzo de la charla la artista le propuso al público hacerle preguntas cada quince minutos. Y la gente preguntaba, por montones. Y todo el mundo la tuteaba y nada de “señora Calle” o de “Maestra”: todos le decían “Sophie”. Y ella feliz. El enorme auditorio estaba repleto y después de dos horas de charla quedó claro que nos había conquistado a todos con su picardía, con su acento, con su aplomo para trazarse planes e ir con ellos hasta las últimas consecuencias… Y también con su misterio. No sé si Calle sea “una de las diez artistas más relevantes del arte actual” como propone Newsweek; pero sí doy fe de que es toda una maestra en el arte de la seducción. Ha construido su obra a partir de su intimidad, que ha hecho pública. Sin embargo, en medio de la avalancha de preguntas aseguró: “Yo también tengo mi vida privada y hay cosas que no voy a contestar”. Entonces, ¿quién es Sophie Calle? ¿Es lo que dicen sus obras que siente o que hizo? ¿Qué tanto le puede creer uno a una persona que sabe cómo desnudarse en público?

Vamos por partes porque en este striptease hay mucha tela de donde cortar. Sophie Calle nació en París el 9 de octubre de 1953, hija de Monique Sindler y de Robert Calle, famoso oncólogo quien además coleccionaba asiduamente arte contemporáneo. Ella recuerda haber visto de niña, en las paredes de la casa de su padre, obras-documento (fotografías y textos) de Christian Boltanski, Martial Raysse o Arman. Pero el arte no le interesó en ese momento. Lo primero que recuerda de su infancia es recibir de su padrino un triciclo de regalo en su tercer aniversario. (La importancia de los regalos de cumpleaños la haría evidente, años más tarde, en una pieza titulada “El ritual de aniversario”: una colección de tarjetas, joyas, perfumes, ropa, bebidas, porcelanas, accesorios, libros, obras de arte, que Calle recibía y que al día siguiente de su celebración organizaba y exhibía dentro de una vitrina para ser fotografiada por ella. Dicho ritual lo repitió durante catorce años, entre 1980 y 1993.) Al terminar el colegio, Calle, impulsiva, decidió irse de viaje sin pensar en la fecha de regreso. Duró siete años lejos de sus padres. Uno de esos años lo pasó en México y fue allí donde aprendió a hablar español. En 1979 regresó a París, a la casa de su padre. Tenía una deuda con él, pues durante esos años su padre había accedido a enviarle una suma mensual a cambio de que estudiara. Sophie regresó a entregarle a su padre un diploma que —según confesaría años más tarde— su amigo el profesor Jean Baudrillard le firmó sin haber terminado carrera alguna. Como París había cambiado mucho; o mejor, como ella había cambiado tanto (todo viaje implica un cambio) y ya no tenía amigos, decidió ponerse a seguir desconocidos. “Cuando comencé a seguir gente en la calle lo hice porque me sentía perdida. No fue un acto artístico; fue una manera de volver a encontrarme con París. Como no sabía qué hacer, ni a dónde ir, me pareció bien seguir a la gente que parecía sí saber a dónde ir, que parecía saber lo que hacía. Fue mi reacción al encontrarme de vuelta en una ciudad que ya no conocía”. Así, cada día seguía y le tomaba fotos a alguien, en secreto. Fue entonces cuando una conocida le pidió que la dejara pasar una noche en su cama. Sophie accedió y mientras la veía dormir, pensó en lo extraño y excitante que era ver a otros durmiendo en su lecho. Días después invitó a otras personas a dormir a su cama, una persona a la vez y por turnos de ocho horas, con la condición de que le permitieran tomar una foto cada hora y apuntar todo lo que el visitante decía y hacía. La suerte quiso que una de las participantes en semejante experimento fuera la esposa de un crítico de arte que terminó hablando con Calle. Le preguntó: “¿Esto es arte?”. Ella respondió: “Puede ser”. Él consiguió que participara en la Bienal de los Artistas Jóvenes de París con ese proyecto: un conjunto de 173 fotografías y veintitrés textos al que tituló Los durmientes y que su padre, poco después, compró orgulloso. Cuando le pregunté cómo llegó a ser artista, contestó: “No sé. Sencillamente pasó. Por seducir a mi padre, por no saber qué hacer”.

Los durmientes

Luego de la exhibición de su primera obra, la joven artista publicó dos libros. Uno (Suite veneciana) con las fotografías que le tomó a un hombre que conoció en una fiesta en París y a quien siguió hasta Venecia y espió desde una ventana, enfrente del cuarto del hotel donde él se hospedó. Y el otro (El streaptease) realizado en contra de la voluntad de su padre, con fotografías de ella cuando fue stripper en un club de Pigalle. Las imágenes del primero van acompañadas por “anotaciones objetivas” de los movimientos de su “presa”. Las fotos del segundo están acompañadas por cartas que los amigos de sus padres les habían escrito cuando nació Sophie, deseándoles que fuese “una buena niña”. Aquí hay que señalar que la mayoría de sus obras han sido impresas en libros estupendos. Por eso muchos piensan que Sophie Calle es escritora y no una artista plástica; aunque es en el montaje de sus proyectos sobre la pared de la galería o el museo donde ella encuentra la razón de su trabajo. “El libro —explica— me ofrece la posibilidad de ampliar las visiones de quienes participan en mis obras; en cambio, la pared me empuja a ser económica y esencial. Con la pared tengo que ser fiel; con el libro no. En la pared no puedo traicionar mi obra, mis decisiones; en el libro sí. Es mucho más fácil para mí hacer un libro; mientras la pared es un reto, es una lucha. La pared es mi padre. Y por eso mismo, lo que realmente quiero, mi verdadero objetivo, es conquistar la pared”.

Historias de pared fue curada por la artista y está conformada por dos grandes instalaciones: “Los ciegos” (1986) y “Dolor exquisito” (2003); y por dos videos: “No Sex Last Night” (1992) y “Ver la mar” (2011). En la primera instalación se agrupan retratos en blanco y negro de personas ciegas de nacimiento junto a textos y fotos a color que documentan sus respuestas al ser interrogadas sobre algo que les parezca bello. “Ver la mar” es un documento en video de personas, habitantes de Estambul, que ven el mar por primera vez. “No Sex Last Night” es una curiosa roadmovie que atraviesa Estados Unidos; está filmada con dos cámaras, la de Sophie Calle y la de Greg Shepard (su pareja en ese momento) y da cuenta de sus encuentros y desencuentros diarios al saberse vigilados y grabados constantemente (sesenta horas de película editadas en una hora y cuarto) por el otro. “Dolor exquisito” (término médico que define un dolor agudo puntualmente localizado) documenta otro desencuentro: un monumental abandono, el brusco final de un romance. Es una especie de diario armado por textos y noventa y dos fotografías que testimonian el viaje que Sophie Calle hace en el Expreso Transiberiano hacia Nueva Delhi, la ciudad pactada para un encuentro amoroso que nunca se llevó a cabo. Este “diario íntimo” está acompañado por textos de otras personas que le contaron a la artista su peor historia de desamor y ruptura. ¿Por qué hacer una obra así? ¿Por terapia, por venganza? “Pocas veces hacer una obra me ha servido para mitigar un dolor —dice Calle—. Pero en este caso la decisión de hacer una obra con lo sucedido sí me sirvió para tomar distancia de la tragedia, pues tuve que decidir un montón de cosas formales: el contenido y el tamaño del texto, el tipo de letra, qué fotos emplear. E indudablemente me sentí mucho mejor el día en que los otros me contaron sus experiencias y me di cuenta de que había historias peores que la mía. Baudrillard fue una de estas personas y cuando yo lo entrevisté me dijo que creía que yo era una mentirosa, que yo no había sufrido en verdad porque al mismo tiempo que tuve ese ‘dolor exquisito’ pensé en fotografiar el teléfono del hotel en Nueva Delhi y el solo hecho de querer tomar esa foto era una prueba de que yo no estaba dolida”.

Entonces, ¿Sophie Calle es una mentirosa? ¿Sus documentos están falseados, exagerados, acomodados? Baudrillard nos recordaría, con deje nihilista, que no importa si su protegida miente; porque todo es mentira. La cultura que habitamos no es “natural”, es un simulacro que ha perdido de vista La Verdad. Lo realmente importante es saber si Calle (como buena artista) ha sido capaz de seducirnos para introducirnos en su juego. La verdadera pregunta —insistiría Baudrillard— es si con su feminidad, con su intuición, con su astucia, con “sus mentiras”, Sophie ha logrado conquistar a su padre, al mundo del arte y a una sociedad machista y vertical. No hay que preguntarle a la pared para saber la respuesta.

"Los ciegos"



Del 20 de junio al 17 de septiembre

Museo de Arte del Banco de la República, piso 2

Entrada gratuita

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