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Esa maldita pared

Bristol, la ciudad que vio nacer a uno de los grafiteros más venerados del mundo, hoy elevado a la categoría de artista célebre, se rinde ante el embrujo de uno de sus hijos más rebeldes y contestatarios: Banksy. Nadie sabe su verdadero nombre, y sus obras aparecen de la noche a la mañana en los lugares más insospechados. Como por ejemplo, un museo.

2010/03/15

Por Catalina Holguín Jaramillo

Hace unas semanas apareció en Bogotá debajo del puente de la Avenida 26 con décima un grafiti que decía: NO REELIJAS A LA RATA QUE MATA. Hoy ese mensaje está tachado con aerosol negro. Quizás los empleados de LIME son quienes emprenden esta tarea, de la misma manera como existe en Bristol, Inglaterra, una brigada de la compañía municipal de aseo Clean and Green encargada de borrar grafitis. Este servicio de limpieza social le cuesta a la ciudad inglesa 100.000 libras anuales.

Un hijo ilustre de esta ciudad inglesa es Banksy, virtuoso artista del grafiti, quien, casualmente, se representa a sí mismo como una rata de alcantarilla. En sus grafitis una rata abre huecos en las paredes; en otros, una rata con casco de construcción detona puertas cerradas con llave o simplemente saluda a los transeúntes desde su hogar de concreto vertical. La rata es emblemática de la corrupción y el advenimiento del caos. No en vano en la ciudad atrapada desde tiempos inmemoriales en una guerra absurda del poema apocalíptico “Informe sobre la ciudad sitiada”, de Zbigniew Herbert, la rata es un bien precioso, única moneda en circulación.  

Las obras de Banksy además se caracterizan por el uso crítico de imágenes icónicas como policías, soldados y niños para transmitir mensajes mordaces y a la vez conmovedores sobre las estructuras de poder que dominan nuestras vidas. “El posicionamiento lo es todo”, explica Banksy, consciente de que el medio es el mensaje. Por eso, sus grafitis tienden a poner la geografía del espacio urbano (las líneas del pavimento, los ladrillos de una pared o la misma superficie del muro de Cisjordania) al servicio de sus dibujos.

Los grafitis de Banksy se han convertido en íconos internacionales de resistencia contra el autoritarismo y el corporativismo así como en souvenir obligado de todo el que visita Londres. Rutas georreferenciadas en Google Maps marcan la estaciones de los grafitis que salpican las ciudades de Londres y Bristol con sus pildoritas revolucionarias pintadas con esténciles sobre muros y paredes. Otras paradas en el circuito de Banksy incluyen Disneylandia, EE.UU., donde el artista instaló furtivamente un maniquí vestido con el uniforme de Guantánamo, y el muro de contención erigido por el gobierno israelí en Cisjordania, donde Banksy pintó nueve grafitis aludiendo irónicamente al paraíso que se encuentra al otro lado del muro.

Sus mensajes de resistencia se han convertido en un triste símbolo de nuestros tiempos frágiles. Los detractores del artista aducen que todo el misterio sobre su identidad, sus mismas obras y su entrada al circuito de los coleccionistas de arte con obras avaluadas en cientos de miles de libras no son más que las tácticas adolescentes de un tipo contradictorio. Banksy es un “izquierdoso y un reciclador de clichés izquierdosos”, según Laure Collins de la revista The New Yorker, un “ecologista anarquista” que conduce enormes camionetas familiares. Un grupo inglés llamado Appropriate Media desfiguró un célebre grafiti de Banksy, en Bristol, en abril, acusando al artista de vender “sus polémicas perezosas a estrellas de Hollywood” y de patrocinar el aburguesamiento de barrios populares de la ciudad, “forzando a las familias de bajos recursos fuera de esos sitios para ser reemplazados por metrosexuales de clase media y sus colecciones de arte urbano”.

Banksy, por su parte, sostiene que quienes “realmente desfiguran nuestros barrios son las compañías que pintorretean sus eslóganes enormes en edificios y buses, tratando de hacernos sentir inadecuados a menos que compremos sus porquerías. Esperan poder gritar su mensaje en nuestras caras desde todas las superficies posibles sin que nosotros podamos responder. Bueno, ellos empezaron esta pelea y la pared es el arma de lucha escogida para atacarlos”.

De los muros de la ciudad Banksy, al igual que el artista francés Blek le Rat y el norteamericano Jean-Michel Basquiat, pasó a las paredes de un museo. Desde el 13 de junio hasta el 31 de agosto se exhibe en el Museo de Bristol Banksy Versus Bristol Museum, una exposición de entrada libre que reúne más de cien piezas del grafitero. “Es la primera exhibición —explica Banksy— en la que los dineros públicos se usan para colgar mis obras y no para borrarlas”.

La muestra, orquestada en silencio absoluto entre el agente de Banksy y Kate Brindley, directora del museo, es una intervención avasalladora que se cuela en todos los espacios del museo. En la sala temporal se encuentra el “estudio” del artista, una jaula llena de fotos, pinturas, aerosoles y esténciles. En otra sala hay un zoológico de animales robotizados con jaulas donde habitan, por ejemplo, un conejo maquillándose, una gallina que empolla McNuggets y una cámara de vigilancia que les da de comer a sus camaritas recién nacidas.

En el vestíbulo, el cubículo de información fue reemplazado por un carrito de helados destartalado y lo rodean improbables esculturas que invitan a pensar en la posteridad de nuestros tiempos: una estatua griega de mármol blanco vestida de londinense adicta a las compras, un policía antimotines montado en un caballito mecánico convulsionado en vaivenes orgásmicos de aquí para allá y de allá para acá. Banksy también interviene la colección permanente. En esta ocasión, las variaciones son subrepticias y obligan al espectador a fijarse cuidadosamente en las obras. En un armario donde se exhibe un juego de té muy británico, hay también un bong lleno de marihuana, mientras que en una pintura de Damien Hirst aparece la ratita emblemática de Banksy borrando con pintura gris los trazos del escandaloso artista inglés.

A pesar de la fama que ha adquirido a nivel nacional e internacional, la identidad de Banksy permanece oculta. Simon Hatten-stone, del periódico inglés The Guardian, lo entrevistó personalmente en 2003. Lo describió como un joven “blanco, de 28 años, con jeans sucios, camiseta, un diente, una cadena y un arete de plata”. al igual que los escritores emblemáticos Thomas Pynchon o J.D. Salinger, el artista ha mantenido su apariencia pero también su identidad ocultas. “Mis papás creen que soy pintor y decorador”, confiesa Banksy a Hattenstone.

Independientemente de la controversia que haya generado el célebre “decorador”, su arte ha puesto en evidencia la necesidad de apoderarse de espacios de expresión cada vez más reducidos. Digno representante de eso que en el mundo anglosajón llaman “arte guerrillero”, Banksy ha resignificado imágenes y espacios cotidianos haciendo uso de las formas de lucha más simples: un molde de papel y un aerosol. La misma inclusión de su obra en el selecto mercado de las casas de subasta y el menos selecto mercado turístico es señal, importante de reconocer por contradictoria que parezca, de la fragilidad de la oposición. Si esta no se renueva constantemente, si no permanece alerta, será siempre cooptada por un sistema hambriento de modelos de subversión fáciles de vender, digerir y domesticar. 

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