RevistaArcadia.com

Escándalos espectaculares vs. arte verdadero

El performance de la cubana Tania Bruguera, en el que repartió cocaína, recibió una desmesurada atención mediática. Pero ¿es esto arte o tontería? ¿Qué es el arte hoy? Bastaba alejarse cincuenta metros del lugar del performance y entrar en el museo de la misma Universidad Nacional de Bogotá para deslumbrarse con la respuesta.

2010/03/15

Por Marianne Ponsford

El Instituto Hemisférico de Performance y Política es un consorcio que tiene su sede en la Universidad de Nueva York. Su eslogan reza así: “Trabajando en la intersección de la academia, las prácticas artísticas y la vida política en las Américas”. El instituto es una especie de laboratorio de investigación sobre esa práctica artística contemporánea llamada performance, que básicamente quiere decir una creación artística en la que el artista trabaja con su propio cuerpo. Tiene algo que ver con una obra de teatro pero no lo es. Su intención es la de sublevar la conciencia del público con respecto a un tema en particular. Y este tema ha sido, durante varias décadas, de orden político. De ahí que el nombre del instituto incluya las palabras “performance” y “política”.

Veinte universidades de todo el continente están asociadas a este instituto a través de sus facultades de artes o ciencias humanas. Desde el año 2000, este instituto lleva a cabo, en asocio con alguna de esas universidades, un encuentro que incluye conferencias y performances. El primero fue en Río de Janeiro, y después vinieron Monterrey, Lima, Nueva York, Belo Horizonte y Buenos Aires. En el 2009 el turno fue para Bogotá. Su socio en Colombia es la Universidad Nacional. El título del encuentro es largo y enredado, como han sido los anteriores: “Ciudadanías en escena: entradas y salidas de los derechos culturales”.

Los actos llamados performances no existen sin el público. A diferencia de una obra de arte, un video o un libro, su tiempo es solo el tiempo real, y aunque los artistas mismos suelen grabar sus performances para la posteridad —quizás una incómoda contradicción—, en estos casos, la obra de arte sucede y es irrepetible.

Aunque no todos los performances son de denuncia política (no lo eran los hermosísimos performances de la desaparecida artista María Teresa Hincapié), sin duda los artistas del performance más conocidos son aquellos que trabajan temas políticos. Mezclan protesta, necesidad de escándalo, y pueden incluir agresiones al público como medio para supuestamente sacudir conciencias. Necesitan, desesperadamente, de atención mediática. Sin la controversia que generan los titulares de los medios, estos artistas suelen sentir que su obra no ha “funcionado”.

En el pasado, esto podía llegar a tener algún interés. Pero en las sociedades de hoy, en las que los medios de comunicación tradicionales están sumidos en la más grave crisis de su historia, y necesitan venderse también desesperadamente a sí mismos (en el periodismo siempre se habla de “titulares vendedores”), ese tipo de performance político que solo quiere escandalizar, no logra nada más que banalizarse a sí mismo, ser usado por los medios que ellos mismos creen estar usando. Todo se vuelve un carrusel de estupidez. El escándalo por el escándalo. El perfecto titular: “Artista se cose la vagina”, “hombre se corta un dedo en público”, “mujer se come sus excrementos”. El supuesto artista y el medio de comunicación se utilizan mutuamente y quedan del mismo lado de la moneda. Del otro lado, solo queda el vacío.

En el caso del performance de Tania Bruguera tan comentado por los medios (un supuesto ex paramilitar, un ex guerrillero y una desplazada hablan mientras una asistente de la artista reparte cocaína), ella quería dar voz a los actores y víctimas del conflicto colombiano y poner en evidencia que el consumo de cocaína está ligado al conflicto. Una posición muy uribista, por cierto, que cuestiona la moralidad del consumo. Lo que hizo Bruguera fue un acto que tuvo mucho de política y nada de arte: actuó como una política. Se saltó las leyes, cometió un abuso de poder al ofrecer cocaína desde la legitimidad que le otorga tanto su fama como el espacio e la obra, en el que supuestamente la realidad suspende, y para colmo, tras el escándalo, se adjudicó a sí misma la posición de “víctima incomprendida” que supuestamente les pertenecía a por lo menos algunos de los actores del conflicto. Sin ese tipo de protagonismos personales, encarnados, los medios no pueden vivir. Y al parecer, la artista tampoco.

Y a todas estas, ¿dónde queda el arte? Aquí por lo menos no está.

*

En el mundo del arte, la metáfora, la alegoría, la sutileza, la emoción y la profundidad conceptual siguen siendo fundamentales. Son sus pilares. (Basta pensar en el hondo y silencioso dolor que irradiaban las sillas que se desparramaban por las paredes del Palacio de Justicia en la obra de Doris Salcedo.)

En la misma Universidad Nacional, a pocos metros del espacio en el que se llevaban a cabo estos vacuos performances, y desapercibida para todos los medios de comunicación (con la brillante excepción del artículo de la periodista Dominique Rodríguez en la revista Cambio y con la imperdonable omisión por parte de una página web supuestamente dedicada al mundo del arte, Esfera Pública, que a su vez sí le ha dado un enorme despliegue al debate sobre la Bruguera), se inauguró el jueves 10 de septiembre la exposición La memoria del otro.

Es una exposición tan extraordinaria como difícil. Requiere de por lo menos tres horas por parte del espectador, y no hay en ella absolutamente nada que merezca un atractivo titular de prensa, porque las obras de arte allí reunidas son imposibles de banalizar.

La exposición incluye a seis artistas, todos europeos. El polaco Krystof Wodiczko presenta seis breves videos de su trabajo. Es decir, no presenta ninguna obra sino los documentos visuales de seis de ellas. Y no la presenta porque Wodiczko no hace obras para museos o salas de exposición. Su trabajo consiste en mostrar gigantescas imágenes de video en las fachadas de edificios públicos con imágenes cargadas de contenido —ese sí, auténticamente simbólico y político.

En una de ellas, la imagen desproporcionadamente grande de las manos gesticulantes de una mujer que habla (y cuya cara no vemos) se proyecta sobre la fachada del monumento a la paz de Hiroshima, justo en el borde del agua del río que atraviesa la ciudad. Inevitable pensar en el libro Hiroshima, del periodista John Hersey, que para Gabriel García Márquez es el mejor libro de periodismo escrito en el siglo XX. En él, Hersey cuenta cómo los quemados por la bomba deambulaban con su cuerpo hecho jirones y se tiraban al río pensando que este calmaría el atroz ardor de sus heridas, pero lo único que lograban era morir más rápido debido al contacto de la carne abierta con el agua igualmente cargada de radioactividad. Las imágenes parlantes de Wodiczko son de una belleza conmovedora y profunda; logran subvertir el sentido de los espacios públicos. Y, lo más importante, cuestionan nuestros prejuicios, nuestra narrativa de la historia, y también la deshumanización de nuestro tiempo. Nuestra cada vez más dramática ignorancia del otro. Al arte no se le puede pedir más.

Hannah Collins es británica. La obra que aquí expone es un video de 56 minutos, llamado Historia actual. En la sala en la que se proyecta el video, se han puesto unos pufs para poder verlo cómodamente. Collins pasó catorce días de filmación en medio del gélido invierno de un pueblo remoto llamado Beshencevo, cerca de la ciudad rusa de Novgorod, y ambos lugares son los escenarios protagónicos del video. Ésta es tal vez la obra más hermosa de toda la exposición, y todos los estudiantes de fotografía y artes visuales deberían verla.

Por supuesto, no hay en ella una narrativa tradicional. No es ni un documental ni una película. Es una obra de arte. Uno casi creería que lo primero que hizo Collins fue seleccionar su delicada paleta de colores: el blanco iridiscente del implacable invierno, el gris metalizado de las extrañas y vetustas mega infraestructuras de producción soviéticas, y el opaco marrón de las ropas de invierno y de las copas desnudas de los árboles. Hay una melancolía poética luminosa y dulce en este testimonio de obsolescencia, abandono, y supervivencia de una comunidad que ha quedado suspendida en un tiempo sin tiempo, ni soviético ni globalizado, ni pintoresco ni moderno. Y en medio de todo, la vida de esos otros que no pueden olvidarse de sí mismos.

El artista napolitano Francesco Jodice es arquitecto. Su obra en la exposición se llama Huellas Secretas, y es una reflexión sobre cómo los habitantes de las ciudades interactúan con ella en su vida diaria. Jodice es un filósofo del urbanismo. En esta excepcional sala del museo, nueve pantallas enormes, puestas de forma oblicua de manera que ninguna se enfrente directamente con otra, se pasan en simultánea cientos de fotografías del trayecto de un lugar a otro —presumiblemente desde la casa a la oficina— de nueve personas, en distintas ciudades del mundo: Kitakyushu, Tarragona, Bolonia, Ostende, Perth, Nápoles, Buenos Aires, Nueva York y Milán. La cámara fotográfica sigue a cada persona desde atrás, como un espía diligente y profesional (pero ese seguimiento ha sido acordado previamente entre el sujeto fotografiado y el artista. Lo único que la persona no sabe es cuándo se tomarán las fotos). Lo primero que viene a la mente son las palabras del Nobel de Literatura Orham Pamuk: “El otro soy yo”. Viendo esa cascada de imágenes, uno tiene que preguntarse por ese severo anonimato del otro frente al protagonismo inevitablemente narciso de nuestro yo. O al revés: cómo nosotros somos ese personaje anónimo, ese otro invisible, para quien mira desde atrás nuestra rutina cotidiana.

Tanto los españoles Antoni Muntadas y Rogelio López Cuenca como la suiza Ursula Biemann fijan su mirada en el mundo árabe, desde esa puerta tan molesta para Europa que es Tánger, hasta los campos de refugiados de los palestinos. La fijan en las consecuencias del 11 de septiembre. Sin duda, la escritura del fallecido intelectual egipcio palestino Edward Said está presente aquí, y llevada a sus extremos más sueltos. Todos los clichés que constituyen nuestro imaginario colectivo sobre Oriente Medio y el mundo árabe fueron arrastrados hasta el límite de la caricatura después del 11 de septiembre por la administración Bush. Una vez exhausta la retórica de la guerra contra las drogas, la guerra contra el terror fue un efectivo reemplazo para atizar un miedo que da votos. Exactamente lo mismo que en Colombia, una vez exhausto el discurso sobre las Farc (ocho años son fatigantes), pasamos a reconstruir el discurso del mismo miedo alrededor de la Venezuela de Chávez. Construimos nuevos enemigos necesarios para fomentar una idea peligrosamente populista de nación.

*

Ya me dirán ustedes dónde queda el majadero performance de Tania Bruguera frente al arte de verdad. La memoria del otro, cuya curaduría estuvo a cargo de la prestigiosísima teórica catalana Anna María Guash, pone el dedo en la herida de los problemas de la modernidad, una modernidad en la que Colombia sí está inserta, aunque no quieran reconocerlo quienes abogan por una mirada aislacionista y parroquial. Estos seis artistas son un claro ejemplo de un arte que sí sabe ser político en tiempos de globalización, y que propone rescatar al ser humano, recogerlo simbólicamente. Para que nosotros, que también somos los otros, podamos tener lecturas distintas, alternas, frente a los discursos del poder. Esa mirada sobria, compasiva y amorosa, llena de belleza sobre el otro, puede llegar a ser uno de los caminos más justos en la tan necesaria senda de la reconciliación.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.