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“Estoy entre los diez de mostrar”

Se siente por fuera del establecimiento del arte en Colombia y hace un tiempo firmó su primer contrato con un gobierno para trabajar con artistas de regiones marginales, como el Amazonas. Como tallerista muestra el resultado en el Planetario en Bogotá y el próximo mes en Leticia. ¿Dónde está hoy Antonio Caro?

2010/03/15

Por Paola Villamarín

Hace poco más de una década Antonio Caro protagonizó una de las grescas más recordadas en el ámbito artístico bogotano. El artista italiano Gianni Motti, que había venido a participar en un seminario sobre arte contemporáneo en la Biblioteca Luis Ángel Arango, había aparecido en la primera página de El Espectador, delante del Palacio de Nariño y con las manos puestas en la cabeza como cualquier psíquico, anunciando públicamente una petición telepática que le había hecho a Ernesto Samper desde su llegada al país: “Renuncie”.

Durante su charla en la Luis Ángel, Motti hizo la misma demanda: “Samper, renuncie”. Caro, que había llegado tarde a la charla, haciendo bulla con una bolsa plástica llena de mamoncillos que se asomaba a través de su mochila de fique, no soportó el entrometimiento y, sin pensarlo, le reclamó a gritos al artista su falta de respeto con los colombianos. La hospitalidad que se le había brindado, según se le entendió a Caro, no le daba derecho a opinar sobre asuntos privados. Motti estaba anonadado; la verborrea de Caro lo devoraba. “Como individuo, dentro de mi contexto, yo estaba en contra de mi Presidente. Pero Motti era un extranjero. Soy xenófobo. ¿Por qué se van a burlar de nosotros?”, dice el artista bogotano.

Motti quizá no sabía quién era ese hombre delgado, vestido tan sencillamente, que se había atrevido a criticarlo a él, a un artista de talla internacional. El resto de los asistentes, por supuesto, sabía hacía mucho tiempo quién era ese hombre explosivo, quisquilloso, excéntrico, que siempre encontraba una forma de criticarlo todo. Era Caro. Era el autor de la imborrable Colombia-Coca-Cola. Era uno de los padres del conceptualismo en nuestro país. Era una especie de conciencia de lo marginal en el arte colombiano. Era, también, un artista de talla internacional.

Antonio Caro ha dejado de ser tan combativo en la vida pública como lo era antes. Sigue siendo un inconforme, pero es más sosegado, piensa más para hablar. Sus comentarios y acciones, antes demoledores contra el establecimiento, se han ido mesurando. “Existe una pregunta famosa: ¿Será que uno ya no quiere o ya no puede? –dice Caro, de 57 años–. De todas maneras, hay que hacer las cosas de una manera más calmada, más constructiva, y así se puede ser más contundente”.

El Ministerio de Cultura es hoy, incluso, su “patrón” (así lo define Caro). “Tengo cédula. No he perdido mis derechos políticos y puedo acceder a cualquier opción que da el Estado”, asegura medio en serio, medio en broma, para justificar su decisión de firmar su primer contrato con el Estado colombiano. En él, Caro se comprometió a ser director del laboratorio de investigación-creación en Amazonas durante 2007.

Entre enero y febrero pasados, Caro dictó en Leticia talleres de diseño para jóvenes entre los doce y los veinticinco años. En la sala alterna de la galería Santa Fe, en Bogotá, Caro recorre los resultados: dibujos que ilustran al Amazonas y señalan sus problemáticas y virtudes. “Yo satanizaba. Ahora puedo criticar –dice Caro como preparándose para hablar–. A uno lo mandan en paracaídas con un botiquín obsoleto. Es un botiquín para alergias y resulta que allá necesitan uno para enfermedades tropicales. El Ministerio no tiene una política definida para implementar la formación de artistas de regiones ‘marginales’. Está construida sobre supuestos”, agrega.

La “carencia” fue, según Caro, la principal razón por la que los diez muchachos se inscribieron en el taller. En Leticia ni siquiera hay agua potable, y la pobreza es rampante. “Uno se siente abrumado e incapaz”, dice Caro. A pesar de las frustraciones, ese y los otros talleres que ha realizado el artista a lo largo del país, desde 1990, le han cambiado la vida. “Al principio, los talleres eran un escampadero económico. Ahora son la parte más dinámica de mi actividad social, e indirectamente, la parte más activa de mi trabajo artístico”.

Su obra ‘individual’ está saliendo, como él dice, “con más despacito”. Si Caro se ha vuelto más prudente para expresar sus opiniones verbalmente, no ocurre lo mismo con sus piezas. Luchemos porque el aborto sea reconocido como un derecho para que en Colombia haya menos MALPARIDOS, se lee en un volante realizado por el artista el año pasado, cuando la Corte Constitucional decidía si aprobaba el aborto en Colombia. La obra va de mano en mano o de camiseta en camiseta, como espera Caro que ocurra con su doSIs personal.

Caro se siente querido y respetado en Colombia, aunque eso no incluye a un pedacito de Bogotá: “Si miro hacia el mainstream me puedo sentir frustrado. Me dolió que no me hubieran metido en la exposición de colombianos en la Colección Daros, en Zurich. Yo sí estoy entre los diez de mostrar. Pero me toca estar por encima del bien y del mal”. Como cree está Doris Salcedo: “Doris es la Botero del siglo XXI. Eso me da mucha rabia y mucha envidia”.

El “giro institucional” que ha experimentado el artista después de dejar atrás su viejo lema Todo está muy caro (1978) por Caro es de todos refleja su propio cambio interior: “Antes era un muchachito rebelde, ahora me siento imbricado en lo social”. Caro le tiene fe a su destino, a su “poca buena suerte”, y a sus “contadas genialidades”. Ha logrado casi todo lo que ha querido. Ahora tiene la esperanza de “exponer en un sitio elegante, que quede a muchas horas en avión”. ¿Qué tal que por allá se encuentre con Gianni Motti?

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