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Europa ya no es el centro

La madre de todas las bienales está abriéndose cada vez más al mundo. Robert Storr, su curador, eligió incluir regiones periféricas como África, Turquía o América Latina y ubicarlas en el centro de una de las exposiciones más relevantes del arte mundial. Crónica de un recorrido fascinante.

2010/03/15

Por Charbel Ackermann*?Venecia

“Dicen por ahí que el poderoso Don Dinero tiene siempre la última palabra, pero la verdad es que cuando se trata de la sustancia del arte realmente no tiene mucho que decir”, dice Robert Storr, primer estadounidense que llega a dirigir la Bienal de Venecia. El director de la quincuagésima segunda edición de la misma se considera un hijo de los sesenta y está convencido de que el espacio que crean las bienales es esencial para hacerle contrapeso al gigantesco mercado del arte que atiende en exclusiva a ese reducido puñado de “felices escogidos”. En una época en la que las finanzas mandan y los precios en el mercado del arte han adquirido proporciones astronómicas, y en la que se ha puesto en peligro incluso el papel que desempeñan los museos, Storr opina que la Bienal de Venecia puede convertirse en un espacio capaz de abrir nuevas perspectivas frente al arte que se realiza en distintas partes del globo y contribuir así a la creación de una comunidad del arte global. A pesar del número decreciente de visitantes a la Bienal a lo largo de la última década y media (con sus 250.000 visitantes la cifra no alcanza ni de lejos el número de los que se acercan a aquellos espectáculos supertaquilleros que montan los más importantes museos del mundo), Storr considera que el ciudadano común interesado en el arte es el público natural para la Bienal, una enorme exposición de arte que permanece abierta varios meses una vez cada dos años. Storr no solo quiere que el arte contemporáneo sea más asequible sino que la “madre de todas las bienales” refleje un mundo cada vez más y más policéntrico.

Las pretensiones de Storr para esta Bienal son ambiciosas. Piensa que, como norteamericano, está capacitado para ampliar la bienal y suministrar vitrinas que exhiban los posibles futuros del arte. “América es un continente, quizá mejor decir dos continentes, en donde, a las buenas o a las malas, se establecieron unas poblaciones en extremo diversas. África hace parte de las Américas y cada vez más también de Europa”. Storr sugiere que sus doce años trabajando en el MoMa de Nueva York son una experiencia relevante: “...desde el comienzo el MoMa le otorgó un papel importante al arte latinoamericano codo a codo con el arte europeo y el estadounidense. El reto que aquí se nos impone, en tanto individuos y también como parte del sistema vinculado al arte, es el de concentrarnos en recoger todo aquello que se esté haciendo alrededor del mundo que sea digno de seria consideración”. En fin, Robert Storr quiere abrir más la Bienal para continuar ese “giro de 180 grados” que en 1999 inició el fallecido Harold Szeemann cuando sacudió a la cansada institución europea.

El mundo

Bien, ¿y qué tal pinta esta bienal volcada al futuro? Este año están representados 77 países (nuevo récord) y sus trabajos se pueden ver en el centro histórico de la ciudad así como en los dos espacios del encuentro: el Giardini y el Arsenale. Igual que en ediciones previas, hay una presencia significativa de artistas chinos, entre ellos Yang Fudong, con una serie de películas en blanco y negro que traducen el lenguaje de los rollos de pergamino ilustrados al idioma cinematográfico y una instalación en video de Yang Zenzhong en la que cientos de personas a lo largo y ancho del mundo repiten la oración “yo moriré” y rematan la frase soltando una risotada.

La principal innovación la constituye el pabellón de Turquía, que hace parte de la exposición general, al parecer invitando a otras bien establecidas instituciones europeas a que mediten sobre si deben o no permitir que esta nación se haga miembro de la Unión Europea. La exposición general cuenta además con una sección que representa lo que allí llaman arte africano contemporáneo. La muestra africana fue seleccionada por un panel de expertos invitados por Storr, quienes consideran que el pabellón africano “hace parte central y no periférica de la Bienal de Venecia”. Con todo, cuentan que fue necesario un tour africano por Senegal, Mali, Burkina Faso y Sudáfrica para convencer a Robert Storr de que hiciera una convocatoria y así recoger propuestas para montar un pabellón africano. En febrero de 2007, el jurado seleccionó obras de arte en poder de un coleccionista nacido en el Congo pero radicado en Luanda, Angola, llamado Sindika Dokolo. Los artistas angoleños Ihosvanny, Kiluanji Kia Henda, Nastio Mosquito, Ndilo Mutima y Yonamine provienen de un país que ha sufrido tres décadas de guerra civil (1974-2002). Sin embargo, sus trabajos no se detienen de manera exclusiva en la guerra y sus secuelas como el barrido de minas quiebrapatas. La obra de Mounir Fatmi, Save Manhattan 03 (2006-07), por ejemplo, es una arquitectura sonora que, a partir de altoparlantes, reproduce una Manhattan pre 9/11.

En términos generales, obras salidas de situaciones en conflicto en Oriente Medio, los Balcanes y América Latina constituyen una parte importante de la muestra. Por ejemplo, las perturbadoras fotografías de muñecos tamaño natural con espantosas heridas de Tomer Ganihar, que se utilizan para capacitar personal en urgencias en los hospitales israelíes. Está también la documentación fotográfica de Gabriele Basicilo del deterioro arquitectónico de Beirut con material recogido a lo largo de una década, un trabajo de estremecedora belleza. Tomoko Yoneda, una fotógrafa japonesa radicada en el Reino Unido, en el pasado ha mostrado el paisaje actual de lugares históricos, por ejemplo las playas del famoso desembarco del día D. Su trabajo en esta Bienal muestra ciudades como Beirut y Sarajevo, vistas desde el punto de mira de un francotirador. El trabajo de Zoran Naskovski sobre Belgrado durante los bombardeos de la otan resulta tan frío como eficaz. El artista traspone en internet secuencias de la televisión serbia tomadas durante los bombardeos para recrear otra perspectiva desde una ‘zona cero’ al tiempo que contemplamos los pequeños rótulos anunciando el bombardeo aéreo en la esquina de las pantallas donde a su vez se muestra una pelea de gallos y un servicio religioso. La pieza de Emily Jacir, titulada Material para una película incluye 67 fotografías sacadas de una edición árabe de Las mil y una noches acompañada de una filmación de la artista disparando una ronda de tiros contra mil libros en blanco con un arma calibre 22. La pieza está dedicada al escritor palestino Wael Zuaiter, quien hace treinta años se embarcó en la traducción completa de Las mil y una noches al italiano y que, como se muestra en la película Munich, de Steven Spielberg, fue asesinado por agentes israelíes en represalia por su supuesta participación en la preparación del ataque contra los atletas israelíes durante las Olimpiadas de 1972. (Contrario a lo que sugiere la película, el catálogo de Storr señala de manera enfática que Zuaiter no estuvo implicado en el asesinato de los deportistas en cuestión). Emily Jacir presenta además imágenes del ejemplar de Las mil y una noches –perforado por las balas– que Zuaiter llevaba consigo cuando fue asesinado. Su trabajo logra lidiar con trasuntos históricos y políticos sin el menor elemento predecible. Se trata, pues, de una de las grandes artistas mujeres en la Bienal. Otra, por supuesto, es Sophie Calle.

Calle es una presencia clave en la Bienal. Su trabajo, en el pabellón francés, es un espectáculo maravilloso en el que se expone a sí misma tras ser enviada a freír espárragos por su novio a través de un correo electrónico. La instalación multimedia documenta la respuesta que 107 mujeres profesionales le dieron a ese correo: el estilo y la gramática del ex se ven severamente juzgados por una editora-correctora y por una escritora de novelas románticas; su eficacia la pondera una ejecutiva publicitaria asesorada por una filósofa; una consultora de protocolo encuentra sus modales los de un perfecto inepto; una diseñadora de crucigramas reordena el mensaje; una abogada, una policía y una juez lo evalúan; una clown, una bailarina oriental, una cómica y la actriz Jeanne Moreau lo parodian y representan. No sorprende, pues, que una lora llamada Brenda, la única presencia no humana en la serie, termine por comerse la indigesta carta. Así, avanzamos por el pabellón como por dentro de una iglesia con múltiples capillas y efigies dedicadas todas a la mujer abandonada y a las estupendas 107 mujeres francesas que ayudaron a que Sophie Calle pudiera digerir el mensaje del hombre que terminaba con el consabido “Prenez soin de vous” (“Cuídate”). “La idea surgió muy rápido, dos días después de recibir el correo” dijo la artista. “Le mostré el mensaje electrónico a una amiga cercana preguntándole cómo debía contestarlo. Entonces se me ocurrió realizar una investigación a través del vocabulario profesional de varias mujeres”. En últimas, “el proyecto reemplazó al hombre”, dice la encantadora Calle; la artista también hace su presencia en la exposición general con un video de su madre agonizante quien, a sabiendas de la exposición en la Bienal, accedió a que una cámara registrara sus últimos momentos. En ambos casos, el trabajo, a todas luces autobiográfico y voyeurista, magnifica lo personal e íntimo de tal manera que provoca una reacción profunda en el espectador.

Ahora bien, fue el mismo Storr quien sugirió que, dado su paso por el MoMa, estaba en muy buena posición para tratar con el arte latinoamericano. Y en efecto, América del Sur está ampliamente representada en la Bienal. La experiencia de Storr condujo a la inclusión de León Ferrari, uno de los artistas de mayor edad en la Bienal. Sus dibujos conceptuales, por ejemplo, Cuadro escrito de 1964 y sus Cartas a un general, con frecuencia son pasados por alto. Esta Bienal pone las cosas en su sitio con una muestra integral de su obra. Otro gran argentino presente es Guillermo Kuitca, el coreógrafo de la bailarina alemana Pina Bausch, que se ha convertido en uno de los más apreciados dibujantes en el ámbito mundial. Aquí se muestra una estupenda instalación suya consistente en enormes lienzos circulares que Kuitca denomina sus diarios. Entre otros latinoamericanos presentes cabe mencionar a Leonilson; el maravilloso Proyecto Morrinho de las favelas; a Elaine Tedesco, Paula Trope, Waltercio Caldas, Iran do Espírito Santo, y por supuesto tres artistas colombianos: Rosario López, Óscar Muñoz y José Alejandro Restrepo.

La obra de estos tres artistas se exhibe en el Arsenale. Las fotos de gran formato de cajas de caña de Rosario López, desparramadas a lo largo de un paraje en la costa peruana, parecen esculturas modernistas pero quizá sean viviendas de obreros. En la bien realizada instalación, las cajas se ven detrás de un bloque de junco de dos metros de altura con un pequeño orificio cubierto por la tapa de un enorme canasto. Su pieza se titula Abismo, quizá aludiendo a la vasta desolación de los parajes y de las abandonadas viviendas que, sin embargo, contrasta con la serenidad de las imágenes. El video proyectado en cinco pantallas de Óscar Muñoz muestra la producción de retratos de alto contraste similares a los que a veces se ven en los obituarios de prensa o en documentos fotocopiados. En los videos, los retratos aparecen sobre una superficie ligera y porosa a la luz expuesta al sol. Los retratos los crea un pincel lleno de agua. Tan pronto como se hace la primera marca, esta empieza a evaporarse al entrar en contacto con la superficie caliente. Para cuando aparece el rostro, claro, ya está a su vez esfumándose. Muñoz, que hace tiempo ha mostrado interés por el retrato, establece en esta pieza un lenguaje que se ajusta bien a tiempos de pérdidas y desapariciones. La fluidez fílmica de la mano del artista produciendo las imágenes refuerza el impacto de esta importante pieza. José Alejandro Restrepo cuelga una sábana sobre la que hace una doble proyección de una Virgen con sudario renacentista y fotografías de jóvenes hombres. El trabajo de Restrepo cabe dentro de la categoría de piezas que, en la Bienal, recurren a un lenguaje pictórico explícito para comunicar su contenido.

La excelencia de muchas de estas piezas hace que la exposición francamente valga la pena y es a la vez un tributo tanto al concepto de curaduría como al de ejecución de las obras.

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