Una de las obras del evento. Crédito: Sol Astrid Giraldo.

Las brasas de un infierno Tropical

Crónica de una visita a 'Barbacoa Tropical' un exposición de arte transgresor de 2016 en el Hotel Tropical de la Calle Barbacoas de Medellín, un espacio ubicado en plena zona roja de la ciudad.

2017/02/15

Por Sol Astrid Giraldo

Cuando el artista Jorge Alonso Zapata instaló su estudio en la buhardilla del Hotel Tropical hace algunos meses, encontró pintada en sus paredes la frase: “Bienvenida Valentina”. Seguramente, especulamos sus visitantes,  había vivido allí antes una pareja que le daba así la bienvenida a una niña recién nacida. Podría pensarse en un refugio sobre pies de barro al asomarse por la ventana y contemplar abajo en todo su esplendor, rudeza y complejidad a la calle Barbacoas, ese recodo sinuoso adonde Medellín ha arrojado sus más intensas contradicciones.

Hace más de una década Zapata viene registrándolas en una crónica visual incisiva y paciente. En sus cuadros de apariencia naif, colores planos, contrastes chillones y figuras simples de bordes definidos ha fraguado una atrevida taxonomía de lo inclasificable. Sin comentarios ni juicios, se despliegan allí los expulsados y excluidos de la ciudad, espacios y cuerpos-detritos al Este de los relatos oficiales paisas: majas desnudas con pene, hamponcitos apuñalados en estallidos rojos, amores ambiguos que se compran y se venden, derroche de cuerpos deseados y deseantes, en minifaldas, tacones y escotes, que nunca ingresarían a las sofisticadas pasarelas de Colombia Moda. Allí comparten este espacio abigarrado con lisiados y amputados, perros basuriegos, vendedores de frutas, niños detrás de una pelota, adolescentes con morrales. Todos parecen poder vivir unos al lado de los otros sin dramas ni moralejas.

Siempre me pareció que Jorge, quien en el pasado trabajó como investigador forense, tiene una mirada limpia que le ha permitido no engolosinarse o desbordarse al catar estos subterráneos mundos paralelos, y más bien se ha conectado con ellos desde una irrebatible empatía. Pero esto solo puede entenderse a cabalidad cuando se camina con él por estas calles marginales entre dos de los mojones más oficiales y monumentales de la ciudad: la serpiente de cemento y progreso que ha pretendido ser el Metro y la Catedral Villanueva de Medellín.

Todo cielo necesita un infierno. Todo infierno nace de un cielo. La divina catedral tiene  a sus pies este averno vibrante: la calle Barbacoas, tan procaz que en estas afueras eclesiásticas osa tener forma de calzoncillo, nombre por el que también se le conoce. Ella es una refutación social y visual al orden sacro-político que quiso instaurar a principios del siglo XX una de las últimas construcciones románicas del mundo. Mientras en todas partes se estaba rompiendo con la arquitectura tradicional para saludar al modernismo y la estética industrial, en Medellín la incipiente clase empresarial apostó sus nuevos capitales a una edificación de solidez medieval, acorde con su pathos mental. Con esta imponente mole se quiso hacer un auto-homenaje. Hoy, el tiempo ha tomado su revancha, y los drogadictos de la zona raspan con paciencia y saña sus ladrillos: literalmente se están fumando la catedral. Y para completar, desde su atrio ahora se alcanzan a divisar las brasas del infierno, habitado por los desclasados y de-generados: Barbacoas, ”el corazón gay de Medellín”, con moteles y bares donde se encuentran y comercian  cuerpos dudosos, y nadie hace preguntas.

Maja desnudo de Jorge Alonso Zapata.

Por allí se mueve tranquilamente Jorge, quien como un cancerbero en bluyines, nos adentra en las fauces de este mundo paralelo a la vista de todos. A su paso relajado, saluda a “El Gallero”, un personaje atractivo, con los ojos hundidos y la sonrisa de Anthony Hopkins, quien hace mandados y pipas de bazuco en este exilio que escogió para enterrar hace muchos años una pena de amor. Habla también con  “Marina”, colega de la calle, quien pinta ciudades idílicas con sus dedos torcidos cuando tiene tubos de colores. Es una travesti de tetas descomunales caídas hasta la cintura. Se quedó varada en esta esquina quién sabe desde cuándo. Hoy pasa el tiempo recordando recuerdos falsos o verdaderos de sus andanzas hace algunos años por Italia, esas que le dejaron palabras cultas que escupe confusa y suavemente por su boca desdentada. Jorge nos invita a tomar el tinto más barato de la ciudad salido de una olla comunal cuyo contenido se renueva varias veces en el día. Desde que volvió a Barbacoas (ha vivido aquí por varias temporadas) quería hacer una exposición en el Hotel Tropical, junto al artista Omar Ruiz, y a Fernando Valderrama con quien comparte su estudio.  

Las entrañas

Este, más que un hotel, es un palimpsesto, como la calle, como los cuerpos que por allí transitan. Con su piel decó de antigua dama,  resiste, muta,  persiste como un  faro tuerto en un océano marginal. Comenzó siendo un hotelito familiar, barato y limpio al que llegaban muchos costeños. Cada noche de su vientre modesto se elevaban animadas parrandas vallenatas salidas de los acordeones de los músicos que venían a grabar sus trabajos en las proverbiales disqueras de la ciudad. Uno de ellos, que ya las paredes no recuerdan, fue el proverbial Alejo Durán. Hoy, son otros los huéspedes, los tiempos y los ritmos. El Tropical es uno de los tantos sitios donde los travestis llevan a sus clientes para encuentros fortuitos y a contra-reloj. Sin embargo, en la azotea, donde se lavan y secan las sábanas impregnadas de fluidos y sudores, aparece aquí y allá el saquito del uniforme de la guardería de un niño, colgado al lado de una blusa de encajes negros. Objetos protagonistas de una de las tantas historias tropicales que nadie sabe, que a nadie le interesan, que sin embargo suceden, existen, se acumulan mudas y gritonas.

El incendio

Un mediodía del año pasado, el calor sobre las tejas de zinc o algún corto circuito o los componentes inflamables de las pinturas, o todo al tiempo, provocaron un fuego voraz que arrasó con la buhardilla de Jorge, muchos de sus lienzos y toda la obra que había realizado Valderrama durante 10 años de labor constante. Este suceso no les quitó las ganas de hacer la exposición, sino que, al contrario, las reforzó. Decidieron entonces intervenir este espacio quemado, fragmentado, memorioso, y para ello convocaron a artistas de la ciudad. El incendio, mueca del destino, se convirtió por esta decisión en una acción artística que permitió ver las entrañas complejas de este ángel caído, ahora de alas chamuscadas.

Cuando se anunció el evento por las redes sociales, algún interesado sugirió que, por motivos de seguridad, los organizadores esperaran a los asistentes en el atrio de la Catedral para luego conducirlos a la zona roja. Sin embargo esto no se hizo. Quizás en el fondo existía la idea de que parte de la acción se trataba precisamente de transgredir esa frontera invisible que existe entre el cielo cuadriculado de la ciudad normal y el despeinado infierno de sus márgenes. Quizás te podían atracar, quizás no. Muchos llegaron, a ninguno le pasó nada.

Paradojas

Las pinturas vibrantes de Jorge Zapata siempre establecen una paradoja cuando son colgadas sobre las paredes blancas de las galerías. La vida de esas calles, su fauna explosiva, su impertinencia, entra en tensión con el ambiente controlado y aséptico del cubo blanco. Este, termina amansando y exorcizando inevitablemente su desparpajo. Lo que esta dentro del marco es natural: un pedazo de selva urbana intrincada, un ecosistema vivo y orgánico, en la geométrica disposición museográfica  muere congelado, disecado y exotizado.  Se convierte apenas en curiosidad del zoológico para ver detrás de las rejas tranquilizadoras de los códigos del arte. Otra cosa fue asistir  al nacimiento de la Venus equívoca que es su Maja desnudo de las olas de las sábanas sucias del Tropical. Su cama pintada sobre un lienzo se posa aquí sobre la cama real que la inspiró, en un experimento realidad-representación digno de Kosuth. Tautología que continúan los visitantes cuando se acuestan sobre la cama donde pueden tomar el punto de vista del hombre que lee el periódico en el cuadro. Y si miraban por la ventana también podían ver abajo una horda de procaces y alegres majas vestidos caminando atrevidos por la calle de las transgresiones.

Crédito: Sol Astrid Giraldo.

Si los cuadros de Zapata siempre son paradojas en los museos, otra potente paradoja se establece cotidianamente en el corredor del hotel, habitualmente decorado con láminas populares: collages dulzarrones donde se amalgaman sin mucha sutileza casitas sobre la pradera, ovejas, patos, colinas y arroyuelos.  Paraísos de papel para los que bailan el baile de los que sobran. Seguramente las parejas que se sumergen apresuradamente en las habitaciones para consumar sus transacciones erótico-comerciales no se detienen a observar estas “obras de arte” donde se sueñan montañas, ríos, vacas, gallinas, senderos florecidos, cercas pulidas… Y sobre todo, casas con techo. Talismanes del arraigo en el mar de los nadie, en las playas de la nada. Recordatorios contundentes de que, en cambio, éste hotel es precisamente el lugar donde las praderas mueren y de que no todos tienen derecho a la imagen.

La intervención, sin embargo, ahora trastoca la estética kitsch del corredor. Y las paredes ciegas que se niegan a reflejar a sus habitantes con sus exorcismos de pétalos y campiñas, hoy abren los ojos a lo que tienen al frente en la serie  Alter ego de Liliana Correa. En estas fotografías que suplantan los habituales paisajes bucólicos, aparecen ahora otros personajes como Nicholl y Andrea, quienes se comen retadoramente una manzana roja mientras miran un libro de Magritte. Quizás ésta es la que se tragó Eva en el paraíso. La verde de la famosa pintura surrealista que cubre la cara de El Hijo del Hombre del pintor belga, espera su turno sobre la banca en este guiño socarrón a la historia del arte. Las dos chicas con sus dientes feroces, cuerpos ambiguos e ininteligibles además de la manzana destruyen con sus dentelladas bombines, sacos negros y masculinidades cuadriculadas. También  lo hace Yulitza cuando sacude el polvo de un torso descabezado de mármol. En la fotografía, pasa un plumero sobre el gran pene neo-grecoromano, mientras con su mascarada femenina construida con cabellos lisos, escotes profundos, tacones de aguja y medias veladas, posa desafiante, como una refutación a esos músculos y potencia viril cargados de tradición y patriarcado.

Crédito: Sol Astrid Giraldo.

Las fotografías de Juan Fernando Ospina de un travesti vestido de encaje negro que se pasea retando con su cuerpo la calle, los collage eróticos-religiosos de Abraxas, los intrincados rincones urbanos de Saúl Álvarez, son algunas de las otras excursiones bidimensionales a  las entrañas de este denso edificio. Omar Ruiz prefirió, en cambio, insertar carne viva en sus nichos. Cuerpos, cubiertos por un acrílico opaco y rayado, emergieron como los fantasmas del deseo atrapados en este laberinto y realizaron preguntas por la esencia de lo erótico, la imposibilidad de que los cuerpos se desnuden del todo, la persistencia terca de las marcas culturales en la piel, los géneros como una construcción y ficción, la agresión de la desnudez, la concupiscencia de la mirada.

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Manolo y su ‘parcerx’ deambulan ahora por los recovecos del Tropical. Pequeñxs, esconden sus cuerpos, cicatrices y tatuajes. Dos procaces duendes extraviados. Manolo trabaja en la administración del hotel, y al terminar su turno se queda para ver qué es lo que está pasando en esta fiesta colectiva a contrapelo de las habituales exigencias de secreto y clandestinidad del negocio. De pronto se vieron atrapadxs en las sombras de la terraza, en la boca gimiente y la lengua deseante que lame las paredes chamuscadas de un cuarto sin puerta. Ante la video-instalación de Sebastián Taborda quieren explicaciones. Me ven conversable y preguntan “¿qué es eso? pero ¿qué es eso?”... Luego la pregunta se hace más amplia: “Y ustedes, quiénes son? Hippies? Les repito su pregunta: “y ustedes, quiénes son?”. “¿Nosotras?, más lesbianas que un diablo”, responde su acompañante. Cruce de mundos. Intercambio de credenciales en la oscuridad. Confusión de señales identitarias. ¿Qué venimos siendo todos? El hotel tampoco responde… ruge.

“Ellos son personas de mente abierta”, aventura Manolo quien en todo momento quiere tirarle un cable a tierra a su inquietx acompañante. Infructuosamente porque se ha desconcentrado de nuevo y ahora se esfuerza para no dejarse llevar por sus ganas de tocar a una de las chicas desnudas detrás del acrílico.

Crédito: Sol Astrid Giraldo.

Más tarde hacen una estación frente a un nicho donde no es posible identificar el sexo de los dos performer desnudos que giran y en este momento nos muestran sus espaldas. Cuando voltean y los podemos ver de frente, descubren que la figura del pelo largo tiene genitales de hombre. Ríen y se imaginan que pasaría si ellxs se quitaran las chaquetas y emergieran sus tetas grandes y tatuadas debajo de las amplias y gruesas chaquetas encubridoras. No lo harán. Se esconden. No quieren llamar la atención. En el hotel son los cuerpos con pene feminizados los que brillan y deslumbran con su carne opulenta. En cambio, los cuerpos con vaginas masculinizados se esconden en sus entresijos y tienen grises tareas administrativas. Aquello de que la vistosa etiqueta lgbt siempre girará alrededor de la rutilancia de la “g” parece aquí confirmarse. Siguen su recorrido. No saben qué pasa exactamente, pero huelen un aire desestabilizador. Vuelven a reír  a carcajadas.

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Las parejas que entran se devuelven cuando ven tanta gente. La intervención artística espantó a más de un cliente y las travestis están incómodas. Es que se ha ido en contra del consenso de que todo lo que pasa en la selva se queda en la selva. El artista Wilson Montoya se encarga de zarandear estos límites al máximo. Al asomarse por las ventanas del hotel, veías afuera, sobre las paredes de los edificios del frente proyecciones gigantes de los rostros de las personas que trabajan en el Tropical. Silenciosas, bailaban  el baile de gestos que provoca una cámara sobre un rostro que se siente observado: la tensión extrema del diálogo interno y  los reclamos de la imagen externa. Espejo urbano incómodo donde lo íntimo se hizo público y los rostros devinieron paisajes.

Crédito: Sol Astrid Giraldo.

Aunque según Aristóteles, una ciudad por definición está compuesta por personas diversas, estas diferencias siempre son percibidas como problemas. Los ghettos son una respuesta a la dificultad que tenemos de estar unos a los lados de los otros.  Eso es Barbacoas, eso es el Hotel Tropical, un apartheid en la ciudad de las fronteras invisibles. Y a eso apunta esta intervención artística: a poner el dedo en la llaga de las políticas escritas y no escritas sobre las exclusiones corporales. Fiesta de cuerpos diversos, ininteligibles, en cuya carne pelea lo no resuelto, lo que se calla, lo que no se acomoda. El síntoma que persiste y grita. Cuerpos tan dislocados, descentrados, y ambiguos como el mismo hotel. Cuerpos-preguntas, con sus provocaciones a las estéticas ortodoxas del macho traqueto y la mujer siliconuda como botín de guerra, a las casillas de género, la lógica binaria, los interdictos patriarcales, las sumisiones de la carne. También a los apartheid del arte que esta breve noche se derrumbaron.

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