La instalación de Paris cubre toda la primera planta de NC-arte. Foto: Guillermo Torres.

La lenta explosión de una semilla

Desde el 20 de febrero, el artista Nicolás Paris expone su segunda muestra individual en Bogotá. La instalación convierte al espacio cultural NC-arte en un experimento para contemplar cómo opera la naturaleza, en “un salón de clase para la dislexia”.

2016/02/25

Por Christopher Tibble

Cerca de donde vive el artista Nicolás Paris hay tres casas idénticas. Un día, hace tres años, el bogotano se enteró de que la familia de una de ellas había decidido levantar el suelo para reemplazar la madera. Empezaba a podrirse. Visitó entonces a los dueños con la intención de pedir los tablones viejos, sin saber muy bien qué quería hacer con ellos, pero se encontró con una escena distinta, poética, de donde germinaría la idea del proyecto que ahora ocupa el espacio cultural NC-arte, en el barrio La macarena.

“Cuando entré a la casa vi que debajo del piso había tierra muy fértil. Olía a tierra húmeda. Había insectos, plantas, arañas, juguetes, monedas, canicas. Pensé ahí mismo en cómo tantas familias habían pasado sus días conviviendo con todo un ecosistema debajo de ellos. Pensé en cómo en la vida diaria hay muchas capas de coexistencia, la manera en que las casas no solo son arquitectura para humanos, sino para distintas especies.  Fue una experiencia muy importante”, dice París en la entada del espacio cultural, donde desde el 20 de febrero expone Petricor, su segunda muestra individual en Bogotá.

Petricor, según el texto curatorial, es un término proveniente de dos palabras griegas: petra (piedra) e ichor (el fluido que recorría por las venas de los dioses). Paris explica el término, acuñado por dos científicos en 1964, de una manera más sencilla: “es el olor de la lluvia sobre la tierra seca”. Y es un olor que permea toda su instalación, que consiste, de alguna manera, en la recreación de ese recuerdo: Paris recubrió toda el primer piso de NC-arte con la madera de seis casas insertando a su vez 17 centímetros de tierra abonada debajo de los tablones y un intricado sistema de riego por goteo.

En algunas partes del suelo, además, la madera está ausente. Y es ahí, en los espacios en los que la tierra está expuesta a la vista del espectador, donde la instalación surtirá mayor efecto, pues en el transcurso de los próximos dos meses germinarán todo tipo de plantas, algas y hongos. “Con este trabajo quería llevar al límite las posibilidades del montaje –afirma Paris–: el arte es un ejercicio de comunicación pero también lo entiendo como una herramienta. Quería lograr un ambiente donde se pueda contemplar cómo opera la naturaleza y a partir de ahí poder usar el espacio como una metáfora para entender la manera en que nos comunicamos”.

Para Paris, Petricor funciona como un aula de clase, una perspectiva anclada en los trabajos que ha llevado a cabo como profesor de escuelas rurales. “En esos colegios, en los que participaba gente de todas las edades, la agricultura se volvió una herramienta de conocimiento constante. Usábamos las cosechas, las siembras y los cambios climáticos para entender procesos y a su vez lograr objetivos académicos  –asegura el artista, para quien el arte contiene ese ejercicio lúdico–: Creo que toda obra funciona como material pedagógico que invita a hacer conexiones”. En el transcurso de los próximos meses habrá una serie de talleres con invitados.


Todas las plantas de la pequeña huerta son de sombra. Foto: Guillermo Torres. 

Pero el bogotano, nacido en 1977, no cree que se le debería hacer una lectura única a su instalación. Considera, de hecho, que su labor consiste en presentar un espacio que sugiera nexos. Es el espectador quien, desde su “estructura de conocimiento”, termina por completar el significado de la obra: “Petricor es una plataforma de procesos de especulación que no controlo, como pasa con los ecosistemas”.

Y, curiosamente, por la naturaleza evolutiva de la muestra, Paris considera que por momentos él también se convierte en un espectador: “Me gusta la idea de la pedagogía inestable, donde se crean situaciones donde las estructuras concebidas se pueden derrumbar en cualquier momento. Soy el artista pero en cualquier momento me puedo volver parte del público, y entonces el protagonista pasa a ser otro. Eso me llama la atención”.

Como espectador, pero también como artista, Paris reflexiona sobre posibles significados mientras recorremos la muestra. Habla, por ejemplo, de cómo una cuadrilla de tierra funciona de la misma manera que el universo. “Acá algo se está moviendo. Un ciclo de vida va a comenzar y para mí no existe diferencia entre diez centímetros cúbicos de tierra y la galaxia. En términos de lo fractal, lo que sucede es exactamente lo mismo. La forma como crece un árbol es exactamente igual a como crecen nuestros pulmones”.

También reflexiona sobre el juego entre el orden y el caos, la manera en que la planificación de la muestra, y el cuidado que requiere su evolución, dialoga con el impredecible crecimiento de las plantas, como si un orden previo fuera necesario para permitir la eclosión del caos. “La muestra necesita acompañamiento, tiempo invertido para que termine explotando. El artista italiano Bruno Murari decía: un árbol es la lenta explosión de una semilla. Mi labor acá es tener un poco de paciencia, cuidar el espacio para ver qué sucede”.


El segundo piso está pensado para una serie de charlas, pero también hay obras de Paris. Foto: Guillermo Torres. 

Luego, hacía el final, me confiesa que montar la instalación fue complejo. La construcción duró seis semanas y contó con unas 20 personas, incluidos carpinteros, agricultores, obreros. “El montaje está concebido para pensar con el cuerpo. Tiene más sentido cuando se camina y así está relacionado con la escuela peripatética griega, donde no existían aulas con pupitres y los estudiantes mirando a un tablero, sino que caminaban en un patio y así engranaban ideas y producían conocimiento”.

Al final del recorrido, diseñado en la forma del número nueve, hay un video que contiene un plano secuencia del suelo del Jardín Botánico de Bogotá y un texto que Paris trabajó a cuatro manos con el escritor Álvaro Robledo. “Por el video pasan insectos, hormigas. Se trata de bajar la mirada, hacer un zoom, encontrar en la ciudad la masa de tierra. Para mí su proyección cumple la función de llegar a esa reflexión”. Mientras la imagen del suelo permanece estática, las frases del texto aparecen, desvanecen y dejan mensajes como este:

La bellota saldrá de su coraza
y continuará con la transformación
que la energía le ha deparado en el tiempo y el espacio.

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