Fotografía del performance de Álvaro Herazo, Reporter con interferencias, de 1984.

Ida Esbra, la excluida del álbum fotográfico de Colombia

Al igual que decenas de mujeres, Ida Esbra ha sido omitida de los libros de fotografía en Colombia. Esta holandesa, migrada a Barranquilla en los cincuenta y fallecida en 2009, fue pionera en recorrer los senderos de la fotografía documental y artística, dos territorios en los que consiguió producir una obra significativa y audaz.

2015/12/11

Por Halim Badawi* Barranquilla

En Colombia, la historia de la fotografía se ha construido de una forma particularmente misógina. Si la historia del arte ha señalado a las artistas mujeres como “menores”, “artesanas” o “pintoras de domingo”, la historia de la fotografía ni siquiera las ha señalado, ya sea para bien o para mal; simplemente ha preferido ignorarlas. La situación local parece ser el reflejo aumentado de la historia de la fotografía universal, construida (salvo pocas excepciones) de forma sexista y patriarcal, privilegiando al varón, aunque existan serios indicios de que, detrás del telón oficial, se esconde un amplio repertorio de creadoras anónimas, silenciosas, talentosas y críticas.

Prácticamente no aparecen mujeres en las historias de la fotografía publicadas en el país, y cuando lo hacen, las interpretaciones suelen quedarse cortas. El libro Crónica de la fotografía en Colombia, 1841-1948, publicado por el Taller La Huella en 1983, no reproduce una sola fotografía tomada por una mujer, aunque la mujer constituya el leitmotiv de fotógrafos hombres, como Benjamín de la Calle, que retrató hábilmente, algunas veces por encargo, las costumbres femeninas de Antioquia: novias en traje, niñas en primera comunión y hasta una comparsa de mujeres vestidas como odaliscas, dispuestas a complacer el imaginario masculino del exotismo orientalista.

En las 333 páginas del libro Historia de la fotografía en Colombia, publicado por el Museo de Arte Moderno de Bogotá en 1983, y que reprodujo la nada despreciable cifra de 614 fotografías históricas, solo hay cuatro tomadas por mujeres: una extraordinaria fotografía de guerra por Amalia Ramírez de Ordóñez y tres por Hermi Friedmann, esta última señalada por un crítico de 1985 como “artesanal”, el epíteto preferido por el lenguaje sexista para menospreciar el trabajo femenino. Sin embargo, nadie entiende cómo en este libro no aparece, por ejemplo, ni un solo trabajo de Carolina Cárdenas, una de las primeras fotógrafas modernas en la historia de Colombia.

Por su parte, en el libro Historia de la fotografía en Colombia, 1950-2000, publicado por Eduardo Serrano en 2006, aunque empiezan a reproducirse fotografías tomadas por mujeres (que habían ganado visibilidad desde los ochenta), el autor se queda corto para valorar e interpretar sus trabajos en términos visuales e históricos. Una mujer de nombre extraño, Ida Esbra, a quien Serrano dedica menos de un párrafo, es valorada por haber retratado fotográficamente a un grupo de artistas hombres: el colectivo El Sindicato de Barranquilla. Serrano introduce a Esbra en el capítulo “La tradición del retrato” y sitúa su importancia en relación con sus retratados, enunciando y significando como una traductora locuaz de los artistas hombres de su generación.

Indudablemente habría que analizar el trabajo de Esbra, ignorada por las historias oficiales de la fotografía, más allá de la lectura subalterna frente a la generación de conceptualistas a la que pertenece, y también habría que empezar a romper con las interpretaciones estrechas y bipolares, reproducidas hasta la náusea por algunos curadores de los ochenta, y que han derivado en un prolongado silencio, en un olvido insólito.

Triple, 1977, fotografía, gelatina de plata.
Triple, 1977, fotografía, gelatina de plata.

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Ida Esbra nació en Holanda en 1929 y se estableció en 1959 en Barranquilla, aquella ciudad cosmopolita de la posguerra, tropical y moderna, a orillas del Caribe colombiano, con una vanguardia intelectual que incluía en sus filas a Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor, Alejandro Obregón y Noé León, en medio de un largo etcétera.

Entre 1960 y 1970, Esbra colaboró como fotógrafa documental en las investigaciones sobre temas afrocolombianos dirigidas por la antropóloga bogotana Nina S. de Friedemann. Del equipo hacía parte una nómina nada despreciable de fotógrafos y antropólogos de universidades colombianas y norteamericanas: Richard Cross, Jaime Arocha, Ronald Duncan, Leonor Pacheco, Deborah Pacini Hernández, Gloria Duncan, Steve Church, Nicolás Bright, Robert Friedemann, Nancy Friedemann y Greta Friedemann. Por ejemplo, Nina publicó, con imágenes de Cross, el bello libro Ma Ngombe: guerreros y ganaderos en Palenque (1979), un clásico de la fotografía etnográfica latinoamericana.

Haciendo parte del equipo, Esbra documentó visualmente, entre 1975 y 1989, las condiciones de vida de las comunidades afrodescendientes de Rebolo, un barrio al sur de Barranquilla; y también, a través de cientos de fotografías, documentó las tradiciones del Carnaval de Barranquilla, algunas de ellas publicadas en el libro Carnaval en Barranquilla (1985), de Nina S. de Friedemann, para el que también trabajó el fotógrafo Nereo López, recientemente fallecido. Aunque el archivo fotográfico de Esbra fue destruido parcialmente por las inclementes condiciones ambientales del Caribe, las fotografías y negativos de esas series lograron conservarse en el archivo de Nina S. de Friedemann, legado por la familia de la antropóloga a la Biblioteca Luis Ángel Arango, en 2000.

De manera simultánea a su valioso trabajo testimonial, Esbra desarrolló un trabajo fotográfico en línea conceptual, depurado, diáfano y sugestivo, que ejerció un valioso complemento a los trabajos en performance, grabado, instalación y fotografía de sus coterráneos Delfina Bernal, Álvaro Barrios, Eduardo Hernández, Antonio Inginio Caro y del mismo colectivo El Sindicato (Efraín Arrieta, Alberto del Castillo, Aníbal Tobón, Ramiro Gómez y Carlos Restrepo). Esbra también hizo parte, desde una posición no siempre orgánica, del Grupo 44, un colectivo de conceptualistas de la época establecido en Barranquilla, cuyo manifiesto fundacional fue publicado en el Suplemento del Caribe en 1978.

Como artista-fotógrafa, Esbra tuvo una obra tan meritoria como olvidada. Una fotografía suya, Triple (1977), recibió el primer premio del Salón de Artistas Costeños Icetex. En esta, unos tarros metálicos de aceite vegetal, desechados, son ubicados en el primer plano de la imagen, y forman una especie de montaña de desperdicio, un paisaje de basura, que anticipan ciertas preocupaciones ecológicas que se consolidarían tiempo después en el arte colombiano. No sin cierto sarcasmo, ocupando las dos terceras partes de la imagen, aparece el cielo, romántico y dramático, con tres nubes arreboladas. Este tipo de efectos entre un primer plano macizo, en este caso de basura, que sirve de línea de horizonte y que corta abruptamente las nubosidades románticas, encuentra un paralelo significativo en los trabajos de los fotoconceptualistas antioqueños Luis Fernando Valencia (por ejemplo, en la serie Kodak Safety Film, en la que aparece un cielo cortado por el borde negro del negativo) y Jorge Ortiz (en las series Cables y Boquerón, en las que el cielo es cortado por un muro opaco), efectuados durante esos años.

De la serie Puertas y calados, 1977, fotografía, gelatina de plata.
De la seriePuertas y calados,1977. Fotografía, gelatina de plata.

En la serie Puertas y calados (Ca. 1979), Esbra dignifica la arquitectura popular de Barranquilla y le concede un cariz poético, mostrándonos, en cada elemento arquitectónico, una frialdad nostálgica, aséptica y enigmática, en contravía de las representaciones tradicionales del Caribe colombiano, caracterizadas por la calidez, la exuberancia y el colorido estereotipado. En la fotografía Metamorfosis (1974), una de las más bellas de la historia de la fotografía colombiana, Esbra infla unos globos de colores sobre las areneras de Salgar (Atlántico), construyendo una escenografía extrañada, deshumanizada, inverosímil, algo onírica. Esta obra participó en el XXIV Salón Nacional de Artistas de 1974, que ganarían Éver Astudillo, Juan Antonio Roda y Carlos Rojas. Según el jurado, que incluía a Alejandro Obregón y Enrique Grau, ambos pintores modernistas caribeños, “la participación en el campo de la fotografía fue escasa y claramente derivativa”.

Esbra no solo desarrolló una obra fotográfica autónoma; también, trabajos colaborativos con otros artistas conceptuales de la región. A ella debemos la documentación visual de toda suerte de performances y happenings de la época, como los de Álvaro Herazo: La información es poder (1984) y Reporter con interferencias (1982/1984). Así mismo, Esbra tomó las fotografías icónicas del colectivo El Sindicato, registró algunas obras efímeras de Alfonso Suárez y realizó una obra en colaboración con el cartagenero Eduardo Hernández, Torsos (tres piezas de 1978). Algunas de sus obras fueron expuestas individualmente en la Galería Interamericana de San Juan de Puerto Rico (1977) y en el Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá (1975), y ganó tanto el Salón de Artistas Costeños Café Almendra Tropical (1977) como el II Salón Regional de Artistas Zona Norte (1978), en el que recibió un premio en fotografía, que le sirvió para participar en el XXVII Salón Nacional en Bogotá.

Mientras la tendencia internacional es la revaloración de los sujetos sociales marginados por la historiografía del arte, todavía la historia de la fotografía colombiana tiene un largo camino por transitar. La obra de Ida Esbra, fallecida en 2009, recorre simultáneamente los senderos de la fotografía documental y artística, dos territorios en los que consigue producir una obra significativa y audaz. Actualmente, en el Musée d’Orsay, en París, está abierta al público la exposición ¿Quién les tiene miedo a las mujeres fotógrafas? 1839-1945, en la que se exhiben los extraordinarios trabajos de Gisèle Freund, Marianne Brandt o Madame d’Ora. Esta exposición se une a publicaciones recientes como A History of Women Photographers (2010), de Naomi Rosenblum, que incluye los extraordinarios trabajos de Lotte Beese, Florence Henri o Claude Cahun. Sea este el momento único y feliz para empezar a revalorar a todas aquellas mujeres que hemos decidido enterrar en el subsuelo de la historia.

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