Foto: Justo Pastor Velázquez Peña

Una vida capturando tragedias

Durante 30 años el fotógrafo Justo Pastor Velázquez guardó los negativos de sus fotos de Armero. Este año los reveló para unirse en un homenaje con el artista plástico Leonel Castañeda. Hasta el 5 de diciembre se puede encontrar en el Centro de Memoria Histórica la exposición ‘Caja Negra’. Conozca la historia completa aquí.

2015/11/13

Por Mónica Jaramillo Arias

La historia de Justo Pastor Velázquez conmueve porque ha estado marcada por la tragedia. Ha padecido la violencia y el castigo de las fuerzas de la naturaleza. Y a pesar de que su vida tiene ingredientes para conmover al más escéptico, hasta hace poco Velázquez había permanecido como un ser anónimo. Detrás de él se esconden, no solo por las memorias sino por archivos documentales que él mismo creó y guardó, un cúmulo de acontecimientos capaces de impresionar a cualquiera.

Velázquez ha sido víctima de tragedias desde su infancia. En 1958, su padre fue asesinado por los grupos insurgentes. Y aunque para él poco cuenta que hayan sido guerrilleros o paramilitares, lo cierto es que quedó huérfano de padre a la temprana edad de un año. Perdió también a varios familiares en ese mismo conflicto, y una década después, se vio obligado a abandonar su tierra natal tolimense, como otro desplazado más de la violencia.

A sus 11 años llegó a Bogotá y a los 18 encontraría lo que sería su oficio. Mientras trabajaba en un taller de fotografía manejando el inventario, el joven tolimense se dio cuenta de que lo suyo era capturar realidades detrás de un lente. Con perseverancia logró convertiste en profesional y durante años trabajó para diaros como Q’hubo, El Mundo de Medellín y agencias internacionales. No obstante, el golpe definitivo que cambió su vida lo recibió en 1985, el fatídico año en el que presenció dos momentos cruciales de la historia colombiana.

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Convertido en un fotógrafo profesional, a Velázquez le tocó cubrir los lúgubres escombros que quedaron de la toma y retoma del Palacio de Justicia.  Sus fotos, las cuales vendió por una buena cantidad de dinero a las agencias, no tardaron en darle la vuelta al mundo. Pero esas imágenes y portadas, tuvieron para él un sabor amargo. Fue en tales momentos cuando se cuestionó, una y otra vez, el sentido y humanismo de su trabajo. "Además de perder los derechos de todo el material que estaba produciendo, me sentí como un vampiro que se alimentaba de la sangre y del dolor de la tragedia”.

A partir de ese día, Velázquez prometió no volver a entregar ninguno de sus negativos a los medios de comunicación, como tampoco volver a fotografiar eventos trágicos. Pero tan solo una semana después se volvió a encontrar de frente con la muerte.  El 13 de noviembre de 1985, tuvo que acudir a la catástrofe de Armero para auxiliar a su cuñado. La destrucción y desolación del suceso lo conmocionó tanto que durante treinta años fue incapaz de ampliar los negativos de los dos rollos ASA 400 que fotografió con la cámara Canon que no ha abandonado desde los 18 años.


Justo Pastor Velázquez Peña. Foto: Carlos Julio Martínez.

Hoy, cuando se cumplen tres décadas de una de las tragedias más dolorosas del país, Velázquez decidió dar a conocer las fotografías al mundo. No para ganar fama, ni dinero –aunque lo necesita– sino para que sus registros sirvan de reflexión ante un suceso que, según asegura, si el gobierno hubiese sido más precavido, no habría ocurrido.

Por otro lado, otro desafío con el que se enfrenta es el de poder reencontrarse con la difícil labor del fotógrafo profesional de los años setenta y ochenta; pues, ese ser que se pasaba horas y horas en un cuarto oscuro revelando y amplificando negativos, es actualmente obsoleto y ha quedado opacado por la revolución de las tecnologías digitales. Una figura que al parecer ha quedado petrificada en el tiempo, de la misma manera como lo están los sucesos de sus fotografías y las tragedias que ha tenido que vivir. 

La noche blanca


"Todos sabíamos que algo iba a pasar pero no cuándo ni cómo", me cuenta Velázquez con el tono de la angustia vivida. El hecho es que por casualidad sus hermanas mayores y sus sobrinas, que vivían en Armero, habían ido a Bogotá para visitar a su madre. Sin embargo, su cuñado Luis Gabriel "Lucho" Vanegas se encontraba en el pueblo con el resto de su familia. Como todos sabían que algo estaba sucediendo allá, la comunicación telefónica iba y venía constantemente. Hasta que a eso de las 10:30 p.m, Lucho les contó que estaba cayendo ceniza y la llamada se cortó para siempre.

“En esa época no había celular, ni internet, se dependía únicamente del teléfono "fijo", de los telegramas, de la radio y de la televisión, que se comunicaban mediante gigantescas antenas con los satélites. Gracias a eso –asegura Velázquez, sabíamos que algo grave estaba pasando, por la radio regional de allá; pero nada más”.

Invadido por la angustia que le entró a sus hermanas, Velázquez y "los hombres de casa", como le decía a sus hermanos, emprendieron viaje hacia Armero esa misma noche. Él tenía la intención de responder por las pertenencias de su hermana, pero como ya llevaba por dentro el instinto del fotógrafo, en un acto automático, agarró su cámara y sus credenciales con el propósito de entrar más rápido al lugar de la tragedia, pero también “con el deseo de fotografiar todo lo que hubiera”.


Panorámica tomada desde un helicóptero.

En un viejo Jeep de la familia Velázquez consiguió llegar a Armero. Al arribar al municipio de Guayabal, encontró el primer obstáculo: “No se podía pasar porque el barro ya había cubierto toda la carretera”. Así que se bajó y buscó información sobre lo que estaba pasando; pero solo escuchó gritos, llanto. “Aparecía una que otra persona llena de barro, pero no sabían explicar nada de lo que había ocurrido".

Esa madrugada, en medio de la oscuridad, el fotógrafo recorrió lo que más pudo por alrededor del barro y la ceniza volcánica. Allí tomó sus primeras imágenes. Pero le tocó esperar a que amaneciera para comprender toda la tragedia. Era aterrador: el barro alcanzó tres veces el tamaño de las casas y la avalancha bajó durante seis horas. Los muertos se apilaron en las iglesias y las escuelas.


Al otro día, registró la tragedia y rescató gente. En un acto de viveza consiguió subir a un helicóptero estadounidense para tomar panorámicas de la destrucción. Desde arriba, Velázquez vió la tragedia en toda su dimensión. "Fue una vaina tan inhumana –expresa, mortificado–: que desde ese momento no me quise contaminar".

El momento crucial, sin embargo, surgió al ver a otro fotógrafo. "Ambos estábamos en una loma desde donde se veía todo el pueblo y la tragedia. Allí había una señora con sus dos hijos, medio desnudos, agarrándose de las manos y los brazos por el miedo a perderse. En ese momento apareció un colega español y los empezó a fotografiar exageradamente. Al parecer sin importarle la tragedia que ellos atravesaban".

“Yo me quedé mirándolo y me ví reflejado en él. Me sentí nuevamente como un vampiro humano, robándoles la energía a esas personas para poder vivir, para poder alimentarme. Eso me dejó pensando, y fue precisamene ahí cuando decidí que debía cambiar el rumbo de mi vida. Ya no quería vivir más tragedias”, concluye con un dejo de amargura.

Desde ese momento se dedicó durante dos meses a las víctimas de la tragedia. Recorrió muchos lugares buscando a la familia de su cuñado; pero ninguno apareció. Buscó a más o menos 40 personas. Fue a parar a Bucaramanga. Mariquita, Honda, La Dorada, Puerto Boyacá, Medellín, Valledupar. Visitó hospitales, la Cruz Roja e incluso tenía una lista de personas y números que la gente le iba dando en el camino. Pero a esos tampoco los encontró.

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En sus fotos también alcanzó a registrar señores enmascarados y con niños en sus brazos. Velázquez considera que esas figuras podrían ser los responsables de los miles de niños que desaparecieron ese día. Una tesis soportada por el hecho de que esa mañana el olor a azufre y descomposición todavía no había aparecido en su plenitud, por lo que no era necesario cubrirse la cara con pañoletas.

Su cámara registró todo tipo de momentos. Como cuando los sobrevivientes, ayudados por los pocos auxiliadores presentes, acudían a unos helicópteros de la Cruz Roja en sábanas, pues no había camillas. Me cuenta que no se puede quitar de su memoria los cádeveres. La mayoría se encontraban en ropa interior y desnudos porque la tragedía sucedió de noche.

En síntesis, su labor fotográfica recoge a grandes rasgos lo ocurrido en Guayabal, Lérida y Armero. Las imágenes fueron tomadas entre la 2:00 a.m. del 14 de noviembre y el atardecer del próximo día.

Antes de 1985 Velázquez no se imaginaba otra vida. Solo conocía el periodismo de las tragedias. Vivió el terremoto de Popayán en 1983, la  toma del Palacio, y generalmente se dedicaba a cubrir prensa roja en los periódicos. Después de Armero, no volvió a participar en agencias ni en noticias. Se convirtió en fotógrafo de planeación distrital, trabajó con empresas y hacía uno que otro proyecto especial.

También se dedicó a recorrer Colombia y varios países de América Latina. Visitó la Sierra Nevada de Santa Marta, estuvo con los indígenas, y en sus multiples correrías también fotografió a Machu Picchu en el Perú.

Estas son algunas de sus fotografías: