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Hay cosas que nunca cambian

De ser salón de pintura, el Salón BBVA se convirtió este año en una muestra de arte contemporáneo con pretensiones teóricas, una curaduría acertada y cierta confusión en la exhibición de las obras. Análisis de una exposición que estará abierta hasta el 12 de febrero en la Casa de Moneda.

2010/03/15

Por Humberto Junca

Hace unas semanas se inauguró el Salón de Arte BBVA 2006 en la sala de exposiciones temporales de la Casa de Moneda en Bogotá. El salón, abierto hasta el 12 de febrero, sorprendió tanto a participantes como a espectadores al cambiar tanto su nominación como sus reglas de juego y premiación. Dejó de ser el Concurso Nacional de Pintura BBVA para aceptar todo tipo de medios, eso sí, enmarcados dentro de “lo contemporáneo”. Los artistas, convocados ahora sin límite de edad, no participaron con obras puntuales sino con portafolios, es decir, con procesos (se supone) de largo aliento o al menos con un conjunto coherente de trabajo artístico. Se reemplazó al usual “jurado de selección” por la figura del “curador”. Además, se destinaron veinte millones de pesos para la adquisición de varias de las obras participantes que pasarán a hacer parte de la colección de arte del BBVA Colombia. Así mismo, uno de los artistas participantes fue premiado con un viaje de dos semanas a España para realizar “visitas profesionales”.

Todos estos cambios dan fe de un agresivo plan para hacer seductor un salón puesto en aprietos por el Premio Botero; pero es el giro que parece confundir “jurado de selección” con “curador” algo que debe ser visto con detalle. El arquitecto Carlos Betancourt, museógrafo de la Biblioteca Luis Ángel Arango y quien finalizó recientemente una maestría en Administración de Arte en la Universidad de Columbia, fue escogido para hacer una curaduría a partir de los 520 portafolios enviados a la convocatoria abierta del BBVA, siguiendo ese modelo mixto empleado en el Museo del Barrio en Nueva York. “Una diferencia notable está en las visitas que realicé a los talleres de los artistas”, dijo Betancourt cuando le pregunté por la diferencia entre curar y seleccionar. De acuerdo, un jurado de selección opera como un “colador” que señala aquellas obras que mejor cumplen con unos parámetros definidos por terceros (si es un salón de pintura, un salón de arte joven o un salón sobre el color rojo), separando “lo bueno” de “lo malo”, con una distancia que no existe en el caso del curador. Este último diseña (idealmente) todos los parámetros de su muestra, de su proyecto a partir de características o maneras o detalles capturados por él en un conjunto cerrado de obras, cuyo proceso ha visto de cerca.

Así, el curador en diálogo con sus artistas define el nombre del evento, el porqué, el cúando y el dónde. A riesgo de sonar excesivamente conservador, un curador sí selecciona, pero difícilmente deja que otros le indiquen el punto de partida (los nombres inscritos en una convocatoria, por ejemplo). Su labor es casi política, pues en la mayoría de los casos señala particularidades en lo que vemos y lo que entendemos, haciendo evidente estructuras de poder que van más allá de lo puramente estético. De ahí la importancia que adquirió la figura del curador en la década pasada, alguien capaz de distinguir en Kassel, La Habana o Nueva York, lo bueno de lo malo, incluso. Ahora la fiebre ha llegado a Colombia, donde para todo se nombran curadores, que como en la Bienal del MAMBO, a veces se comportan como jurados de selección.

Volviendo al Salón de Arte BBVA, Betancourt escudriñó entre el numeroso grupo de partida (sobre el cual no tuvo control), preseleccionó cuarenta portafolios, visitó talleres en varias capitales del país, analizó, subdividió y se quedó con veinteséis artistas y un colectivo. Así dio cuerpo a la exhibición “Topologías: materia en tránsito”, que, sin duda, revitalizó un evento y un fin de año aburrido e irregular.

Betancourt fundamentó teóricamente sus intereses curatoriales escogiendo un hito del ejercicio artístico llamado “Lo informe”, propuesto por Rosalind Krauss e Yves Alain-Bois para una polémica exposición del mismo nombre realizada en el Centro Georges Pompidou en París, en 1996; y la teoría del “Cuerpo sin órganos” propuesta por Gilles Deleuze y Felix Guattari en Mil mesetas. Apoyándose en ambas, el curador abordó la relatividad de un conjunto de obras que, se supone, demuestran que nada existe en estado absoluto, que todo está en continuo cambio y movimiento. Obras moldeadas desde fuera por fuerzas climáticas, sociales, políticas, económicas que creemos externas, ajenas y que nos hacen ser lo que somos.

Betancourt organizó los siguientes subgrupos dentro de la muestra: biomasa, cuerpos y ecosistemas; simulaciones; desmaterialización del medio; territorio; paisaje cultural; ciudad y espacio e información. En estas subdivisiones, que por supuesto están conectadas e incluso se confunden entre sí, ubicó las obras escogidas, que, de hecho, también se confunden en el espacio físico, y no porque estén en continuo cambio o desplazamiento; sino por su semejanza y cercanía. Los objetos y dibujos de Mateo López se cruzan con los objetos y dibujos de Nicolás París. Los mapas de Luis Hernández Mellizo parecen hacer parte de los ovillos y mapas de Milena Bonilla. Las fotos de Víctor Muñoz se mezclan con los documentos de María Inés Gallego y la imagen de Ana Adarve. Los dibujos digitales de Sebastián Suanca parecen ser una sola cosa con el interactivo de Hernando Barragán.

Pese al confuso montaje, es innegable la buena selección de Betancourt. Y sí, muchas de las piezas utilizan el fragmento, la deformidad, el cambio, la horizontalidad; vinculándose a esa parte del arte hija de la crisis espiritual-existencial y física-atómica que desde mediados del siglo pasado “desmaterializa”el objeto artístico como fin en sí mismo, al preferirlo como huella de su propia constitución (y cambio) y privilegiar su proceso, a veces semicontrolado de formación o de deformación. Los clínicos y orgánicos dibujos con gasa de Libia Posada; el color, el clima y el misterio de la “tan bogotana” fotografía (manipulada digitalmente) de Adarve; los exquisitos, delicados y maniáticos dibujos/collages puntillistas de Carlos Montoya y la serie de carteleras con los mapas de Colombia de Mellizo (primarias pero no por eso elementales), hacen que esta exhibición de arte contemporáneo merezca ser vista.

Con todo, de los treinta artistas participantes es Gabriel Antolinez quien cumple mejor con la ambición de Betancourt. Su obra Nata dorada es la única que se relaciona y genera nuevos sentidos y tensiones con la arquitectura y la información del edificio que la alberga. La Casa de Moneda, una casa colonial que además de la magnífica colección de arte colombiano del Banco de La República (no se pierda la nueva pieza de Doris Salcedo), exhibe en las salas de la colección numismática la historia de la moneda en Colombia: desde los objetos de trueque indígena cargados con poder mágico (collares de caracoles, chaquiras de hueso y arcilla, piezas de orfebrería, esmeraldas, mantas, pedazos de sal), el recorrido describe la búsqueda de El Dorado y sistemas de saqueo empleados por los conquistadores como el rescate o el rancheo, hasta la implantación en la Colonia de una nueva economía y del papel moneda. En medio de toda esa carga, Antolinez siguió el consejo de Betancourt y replicó un elemental juego de materiales y fuerzas físicas que había presentado en el 2004 en la Universidad Nacional: empleó la fuente de piedra del patio central de la Casa de Moneda, el agua de la fuente, finas hojillas de oro y unos oxigenadores de pecera. El artista llenó la fuente y cubrió la superficie del agua con las hojillas imitando una piel dorada perfecta que flota y que cuando se prenden los oxigenadores, dificulta el paso de las burbujas que ascienden desde el fondo. Se producen así ampollas cada vez más grandes hasta que lentamente se rompen la tensión superficial y la impresión de asfixia, perforando, rasgando y arrugando las hojas del precioso material. Esta instalación efímera (que en un comienzo es bella, ordenada; pero que cuando respira, tiembla y ebulle, se rompe a sí misma) se documentó en un video que usted puede ver en “Topologías” y que ha sido adquirida para la colección de arte del bbva Colombia, lo cual demuestra que hay cosas que nunca cambian.

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