Viento del sur, cielo claro, también conocido como Fuji rojo, de la serie 36 vistas del monte Fuji, ca. 1830–32.

Hokusai sigue vivo 150 años tras su muerte

El icónico artista japonés creó algunas de las obras más ubicuas de su país, inspiró a Van Gogh, cuenta con un emoji y estará en salas de cine colombianas los días 15, 16 y 17 de septiembre.

2017/09/14

Por ÁLVARO ROBLEDO

Katsushika Hokusai (1760-1849) es probablemente uno de los pintores japoneses más reconocidos en la actualidad. Tal vez no sepamos quién fue en vida pero sin duda reconoceremos al menos un par de sus obras: La gran ola de Kanagawa y El fuji rojo. La gran ola es una imagen ubicua en el mundo contemporáneo: está en salvapantallas, bolsos, relojes, camisetas e incluso tiene un emoji propio que podemos ver cuando ponemos la palabra mar en Whatsapp. Incluso, el 15, 16 y 17 de septiembre se proyecta en salas de Cine Colombia un documental dedicado a la carrera del artista.

La gran ola de Kanagawa, de la serie 36 vistas del monte Fuji, ca. 1830–32.

Hokusai fue un hombre de su época, es decir del Japón de los siglos XVIII y XIX, y aunque parezca una obviedad decirlo, pues todos somos hijos de nuestro tiempo, él sí que logró retratar a las claras las costumbres y la vida de Edo (la actual Tokio) en una larga serie de estampas que son conocidas como Ukiyo-e, imágenes del mundo flotante, que suman más de 30.000. Hay quienes dicen 50.000.

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El mundo flotante era otro nombre que se le daba a los barrios de placer en Edo, lugar de encuentro de mercaderes, actores, intelectuales, artistas, bonzos, editores, prostitutas, geishas y aristócratas de incógnito, cansados de las rígidas formalidades de la vida diaria. Recordemos que para ese momento el Japón vivía de puertas cerradas al mundo bajo una dictadura militar que duraría más de 250 años, y que en total sumaría siete siglos. Era un mundo terriblemente jerarquizado en el que no existía ninguna opción de movilidad social: se nacía y se moría perteneciendo a la misma clase. Era sólo en este mundo flotante donde era posible, durante unas horas, que el prohombre y el villano bailaran y se dieran la mano.

Hokusai se dedicó a pintar las escenas de este mundo flotante, pero no lo hizo de la misma manera que sus contemporáneos, fue más allá: en vez de sólo retratar a los actores o las prostitutas famosas del momento, como lo hacían los demás, él decidió pintar escenas de la vida cotidiana: unos niños jugando, unos campesinos que corren a guarecerse de una tormenta, un árbol con nieve. Fue uno de los primeros artistas que decidieron registrar el paisaje y la naturaleza, además de animales y plantas, incluso personajes del mundo sobrenatural.

Cerezos en flor en Yoshino, de la serie Nieve, luna y flores, ca. 1833.

En sus famosas 36 vistas del monte Fuji (que luego aumentaría a 100) se dedicó a retratar la montaña sagrada de los japoneses, el lugar más alto del archipiélago, desde todos los puntos de vista y a todas las horas del día, algo que no se había hecho hasta entonces. De aquí que sea reconocido como uno de los precursores del arte moderno, pues tuvo un gran impacto en la filosofía y en la manera de ver el mundo que tendrían los impresionistas y postimpresionistas. Van Gogh fue otro artista tras ver ese caudal de japonerías, como las llamaban en su momento, que comenzaron a llegar a Holanda a finales del siglo XIX.

Hokusai, que traduce estudio de la estrella polar, por su fijación con el buda que es representado por ese cuerpo galáctico, no paró de dibujar desde los 6 años hasta su muerte con 90. Decía que sólo después de los 73 había comenzado a entender un poco el movimiento de las cosas y que sólo después de los 100 (decía que viviría hasta los 110) podría pintar como los dioses. En ese momento, un punto o una línea que saliera de su mano, cobraría vida.

Desfiladero Mishima en la provincia Kai, de la serie 36 vistas del monte Fuji, ca. 1830–32.

Fue a él a quien también se le atribuyó el cuño de la palabra Manga. En su caso hacía alusión a 13 volúmenes, libritos de ilustraciones cuyos protagonistas eran la gente común y corriente de Edo realizando tareas cotidianas, además de la flora y fauna que se veían en los alrededores y en particular cerca del río Sumida, que atraviesa Tokio, donde vivió toda su vida. A sólo unos pocos años de su muerte, sus Manga ya eran internacionalmente famosos, pero se diferenciaban de la forma actual de este tipo de cómic, pues eran sólo dibujos al azar, sin historia, distintos a lo que conocemos hoy.

Poco antes de morir, tras una vida de la que no conocemos mucho, pues está oculta en misterios, le decía a su hija Oei, también una pintora de gran nivel y su sucesora, quien quizás pintó varios de los dibujos que se atribuyen al maestro, que tenía que recordar siempre una cosa: le dijo que siempre que estuviera triste o que la vida pareciera no tener razón debía mirar al cielo y a las nubes y que todo así cobraría sentido. Ése fue también su legado, por el que hoy, tras más de 150 años de su muerte, tenemos que recordarlo.

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