Indígenas Embera Chami. Foto cortesía de: Nuevo Nacimiento.

“Tejemos para recordar”

Lisandro Nacavera, líder de la comunidad Embera Chami de Risaralda, vive junto a 21 familias en el edificio en Bogotá de Nuevo Nacimiento, fundación que los resguarda mientras se resuelve su reintegro o reubicación.

2015/05/26

Por María Alejandra Peñuela

Lisandro Nacavera lleva más de diez años en Bogotá y llegó desplazado por la violencia. Según cuenta, la guerrilla llegó a su resguardo exigiendo sus tierras y su trabajo: “Nos vinimos a la capital porque pensamos que aquí nos iban a oír más fácil y también porque era más seguro. La guerrilla llegó a nuestra comunidad por la riqueza, por el oro. Ellos fueron cogiendo terreno y se volvieron dueños de todo el bosque, el agua y todo lo que había debajo del suelo. Algunos salimos vivos y otros muertos, porque ellos lo tenían que conquistar todo”. 

Oír hablar a Nacavera es como oír un recuento de la época de la conquista: un grupo más fuerte y ambicioso destruye a otro ya sea matándolo o sometiéndolo. El líder Chami continúa: “Ellos (la guerrilla) siempre nos utilizaban para que les cargáramos el mercado o para que fuéramos a la montaña y los que no aceptaban eso eran personas que no servían. Y ahora aquí estamos”.

 

Antes de que Nacavera saliera de su resguardo había unos 300 indígenas combatientes en la guerrilla, según recuenta, quienes asistían a las reuniones de su comunidad para luego hacerles llegar a los combatientes armados todo tipo de información sobre sus costumbres y hábitos cotidianos. “Ya no éramos capaces de sobrevivir allá”, dice Nacavera, “si uno salía a la ciudad decían que uno trabajaba para los paramilitares y si uno traía algo de mercado, decían que para qué tanto. Estábamos dentro del territorio, pero secuestrados, porque teníamos que hacer lo que ellos decían”. 

A Nacavera le cuesta vivir en la ciudad porque como él afirma, “Un embera sin territorio no es embera”. Cuando habla de su reubicación lo primero que dice es que quiere un sitio donde pueda ser completamente libre, donde pueda ir al río cuando le plazca y pueda ir al monte a cazar sin pedir permiso. “Allá (su territorio) nunca se va a acabar nada, si yo cultivo, siempre voy a tener todo”, dice mientras señala unos pequeños cuadros tejidos en chaquiras con diseños del maíz, las montañas y los animales.

Para la comunidad Embera Chami, la riqueza está en el territorio, pero para muchos esa riqueza solo existe en un imaginario creado por las mujeres y sus tejidos: “Las mujeres embera son las generadoras de nuestra cultura. Son ellas las que siempre están hablando con los niños y niñas en nuestra lengua. Aquí no se ha perdido la lengua, pero si el entendimiento de algunas cosas. Cuando le hablo al niño del resguardo él me pregunta: ‘¿Qué es resguardo?’. Si le hablo de la cacería o del río, me dice: ¿en dónde se ve el río acá?”. En un intento por preservar la memoria de su tierra, las mujeres han empezado a tejer unos pequeños cuadros y pulseras que representan su cultura: “La artesanía que usted ve acá no está en ningún otro lado, ni siquiera en internet, todo lo sacan ellas de su memoria”, afirma Nacavera. 

Olga, una de las mujeres de la comunidad Embera Chami en Bogotá, cuenta que fue su tía quien le enseñó a tejer. Aunque los materiales con los que trabaja aquí son otros, las representaciones gráficas siguen siendo las mismas: figuras que representan el mundo espiritual, representaciones de la naturaleza y el imaginario de su resguardo. Be (maíz en embera) es una de las figuras más recurrentes en los pequeños recuadros y Olga dice que es lo que más recuerda de cuando era niña. En las figuras en forma de rombo está tejido el cosmos y las usan para enseñarles a los niños desde muy pequeños la medicina alternativa: “El jaibaná (sacerdote) ve todas esas figuras y colores en sus rituales y nos enseña eso desde muy pequeños. Estas figuras nos ayudan a saber qué ríos son peligrosos y cuándo es peligroso meterse a la montaña, pero también nos permite saber cuándo hay abundancia de cacería o de pesca”. 

 

Mientras Nacavera señala unas pequeñas casas artesanales, comenta que aunque parecen casas de dos pisos son solo de uno: “Estas casas que usted ve acá son solo de un piso, aunque parecen de dos. Lo que pasa es que nos tocaba hacerlas altas para que los espíritus no nos atacaran de noche.” La comunidad Embera Chami entierra a sus familiares debajo de sus casas y la creencia es que sus espíritus se transforman en animales salvajes que en las noches tratan de atacarlos. “Teníamos unas escaleras muy largas que recogíamos por la noche para que los espíritus (aribara) no se pudieran trepar. Ahí en la casa manteníamos el fogón, con su buena leña y el perro flaco del embera que nunca falta”, se ríe. “Allá no teníamos paredes como aquí, allá era todo abierto”. 

 

Muchos de los niños embera chami que viven hoy en Bogotá nunca han estado en su territorio. El único vínculo que tienen con su cultura y su resguardo es a través de estas imágenes tejidas. Cuando los niños entran al salón a jugar con las casa artesanales, les preguntan cómo se llaman esas casas en embera, algunos contestan, pero otros solo responden “casa”. Apagan la luz como forzándonos a salir del salón y un niño insiste en quedarse, así que otro se devuelve y le grita: “pues quédese con el demonio”. En seguida el niño se levanta y sale corriendo. Al parecer no toda la cultura se ha perdido.

Según la Unidad para las Víctimas de las 21 familias que están hoy en esta fundación, seis retornarán a su territorio en un periodo de dos meses, nueve serán reubicadas en Bogotá y el resto aún no saben si quieren retornar o ser reubicadas. La unidad explica que en estos casos uno de los principios rectores del proceso es la voluntariedad de las familias y que son ellas quienes eligen retornar o ser reubicadas.

Por ahora y mientras estas 21 familias permanecen en Bogotá se ha iniciado un proceso con el colegio Agustín Nieto Caballero para que los indígenas puedan estudiar sin ser obligados a tomar clases de religión, mientras que con los más pequeños, que aún están en el jardín, se ha empezado un proceso de educación conjunta con las mamás. Sin embargo, en temas culturales y de tradición esta comunidad parece estar en riesgo, pues aparte del proyecto cultural que está emprendiendo esta fundación, no parece haber en el horizonte otros proyectos que fortalezcan su tradición cultural.  


*Por razones de seguridad algunos nombres de la crónica no están completos.

**Esta nota fue modificada con las respuestas dadas por la Unidad para las Víctimas.

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