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Inútiles máquinas melancólicas

Tiempo ha pasado desde cuando la chatarra de Feliza Bursztyn fue mirada con espanto por el establishment cultural de los años 60. Hoy, las máquinas absurdas parecen haber seducido el imaginario de una nueva generación de artistas, con Ícaro Zorbar a la cabeza. Ellos saben de dónde viene su tecno-melancolía.

2010/03/16

Por Humberto Junca

La aparición de la escultura móvil fue uno de los cambios más dramáticos en el arte del siglo XX. Cuando empezó a cambiar de posición o estado frente a los ojos del espectador, inevitablemente se convirtió en un personaje. Pero antes que en el arte, ese curioso desplazamiento de objeto a sujeto se dio en esa rama de la juguetería que se mezcló con la relojería, y produjo todo tipo de muñecos de cuerda y cajitas de música (el comienzo de la robótica).

No es coincidencia que este mes, el artista bogotano Ícaro Zorbar emplee como parte de su más reciente muestra, pedazos de cajas de música y aparatos de rotación continua. Zorbar, apasionado por viejos electrodomésticos que reproducen y amplifican el sonido (tocadiscos, parlantes y grabadoras), ha montado en el primer piso de la Galería Casas Riegner un extravagante y precario conjunto de cosas que giran, alumbran, suenan, proyectan, se desgastan o marchitan. La exposición, titulada “Estuvimos ahí”, está compuesta por obras que se entrecruzan en el espacio mientras se van extendiendo entre cables, por un piso cubierto de cartones: en la más visible (Canción para un Amor Posible), unas rebanadas de zanahoria, con todo y tallitos, giran sobre tapitas de plástico con agua, ubicadas sobre pequeños y lentos motores atornillados a parlantes, conectados a tocadiscos que giran sus respectivos vinilos. Gracias a unos pedacitos de cinta pegados sobre estos últimos, los electrodomésticos amplifican tercamente el mismo surco una y otra vez (Órbita Cero). Dice Zorbar: “Me encantan las cosas que giran porque parece que tuvieran vida. Ese loop que se genera en cada tocadiscos es como un piso sonoro que produce un ambiente constante. Además, mientras se repite, la aguja se va comiendo el disco y tarde o temprano va a dejar de sonar. Esa desintegración, esa caída, es vital. La caída del héroe es lo que posibilita la tragedia. Sin caída, no hay historia para contar.” ¿Acaso Ícaro Zorbar se identifica con el mito del hijo de Dédalo? Al menos en dos de sus más notables trabajos la caída es fundamental: en el año 2007, en una muestra de jóvenes artistas colombianos curada por María Iovino para el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires llamada “Sincronía”, Zorbar expuso su Ventilador: una casetera desbaratada impulsa fuera de ella la cinta de un cassette que reproduce el área trágica de una ópera. A medida que avanzan los lamentos sostenidos de la cantante, la longitud de la cinta aumenta mientras es elevada por el viento producido por un ventilador de mesa cercano. Finalmente la canción acaba y la cinta termina en el piso. De forma similar en Nadie, Zorbar ubicó en lo alto de un muro un walkman con un cassette roto, que estando en play, dejaba caer la cinta con la canción Nadie me Quiere interpretada por Nat King Cole. Esa cinta magnetofónica sonaba y caía al suelo “como bailando un bolero, mientras el walkman la vomitaba”. Ícaro trabaja la tragedia y la caída de sus objetos/sujetos, debido a recuerdos personales, domésticos: “le debo mucho a mi abuelo desbaratando el reloj de la casa; y me le quito el sombrero porque toda la vida lo vi tratar de arreglarlo sin éxito. Es que en mi familia existe esa idea muy colombiana de que no se mandan a arreglar las cosas sin intentar arreglarlas en casa. Otro ejemplo: el primer recuerdo que tengo de mis papás es el de despertarme escuchando a La Fania grabada en un cassette que a mi papá se le enredaba a cada rato. Él, entonces, abría la grabadora, sacaba unas tijeritas chiquitas, de las chinas y chic, chic, cortaba la cinta. Luego pegaba los pedazos con cinta pegante ¡y seguía sonando La Fania! Esas son mis verdaderas influencias”.

Pero Zorbar no está solo. Junto a él, otros nóveles artistas bogotanos como Adriana Salazar, Carlos Bonil y Angélica Teuta conforman un muy peculiar grupo de creadores, que en los últimos años se ha vuelto notable tanto dentro como fuera del país, justamente por trabajar con aparatos, motores, sistemas de proyección, sistemas ópticos y sonido. Salazar, dedicada a diseño y construcción de máquinas que imitan (o intentan imitar) acciones cotidianas humanas como amarrarse los cordones, fumar o llorar, apunta: “Lo que hacemos tiene que ver con nuestra respuesta a cierta tendencia del arte de fines del siglo XX, a ese rezago de la tradición del arte conceptual que manifestó su total desinterés por el mundo físico, en un intento por separar la práctica del arte y la materia. Por eso, y aunque nuestros procesos sean diferentes, hay una cosa en la que coincidimos: trabajamos con objetos porque el mundo físico existe y es importante, y eso, creo que es una cosa más de acá, es un aporte latinoamericano. Y bueno, también tenemos en común que tomamos la precariedad como potencia y no como un límite. Precariedad que se refiere a la forma como funcionan las cosas acá: de manera torpe, difusa, imprecisa, accidentada”. Nacidos a fines de la década del setenta o a comienzos de los ochenta, estos artistas experimentaron en su niñez y adolescencia, tanto el uso de los aparatos análogos, como el posterior paso a la tecnología digital. “Siempre hemos vivido rodeados de tecnologías a medias… somos un reflejo de nuestro contexto señala Carlos Bonil y esto se pasó por alto en el arte de los 80 porque en los 80 había más plata y luego en los 90 se creía a ciegas en lo high-tech, en lo multimedíatico; pero ahora que no hay plata y a nadie le interesa lo que pasa en un evento como ARS Electrónica, hemos regresado a la chatarra. Mi proceso tiene que ver con la muerte de la tecnología, y con la vida después de esa muerte. Lo que se puede confundir con el reciclaje; aunque no estoy seguro de que mis intenciones sean ecológicas.” Bonil presentó este año en la Bienal de Beijing, un grotesco objeto que imitaba esos sapos muertos empleados en experimentos de laboratorio (los cuales pueden contraer las extremidades por medio de descargas eléctricas) capaz de moverse gracias a un ingenioso juego de émbolos hechos con jeringas. Un muerto viviente.

Es sorprendente el rumbo que han tomado estos artistas; pero es aún mas sorprendente el cambio en el gusto de los coleccionistas y los galeristas que venden sus obras. Al fin, el mercado del arte local está dispuesto a vender y comprar “chatarra”. Pero ¿en dónde está la diferencia entre una buena pieza de chatarra y una mala? ¿Será que depende del lugar de exhibición? ¿O de la labia del curador? Estuvimos ahí produce curiosidad; pero en su mayoría es una muestra abstracta, opaca; no conmueve. Sólo hay una pieza en esa instalación que alcanza el patetismo, la dosis de tragedia de los anteriores desarrollos de Zorbar: Víspera, una pequeña proyección relentizada de una luciérnaga moribunda grabada en video, con y sin nightshot, en medio de la noche en un paseo a los llanos. La bella luz intermitente proveniente del abdomen del asqueroso y agitado bicho, encontrado patas arriba, se sincroniza con un preludio para chelo de Bach que suena apenas perceptible a través de la tela negra de un viejo parlante tirado en el piso, el mismo que como improvisado mosquitero, atrapa la imagen proyectada de aquel alado caído… otro Ícaro.

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