'Colombia' de Antonio Caro.

El arte de obrar por la paz

La Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia está promoviendo varias acciones para apelar por diálogos constructivos en medio de la tensión política nacional. Un texto sobre el poder conmemorativo y simbólico del arte en Colombia abre preguntas necesarias: ¿hemos estado de espaldas a lo que ha dicho el arte en los últimos cincuenta años?

2016/10/12

Por Gabriel Mario Vélez*

Hoy la referencia a la paz satura los canales de comunicación, así como la mente de cada uno de los colombianos. Una situación que se produce, no sólo por la concentración de los hechos históricos que acontecen, sino porque en efecto se trata de un concepto que no es abstracto, sino que modula la vida cotidiana y determina la manera en que se enfrenta la existencia, tanto individual como colectiva. Por eso mismo se convierte en un verdadero llamado de atención la reciente confrontación de posiciones, la misma que como ha podido comprobarse en los días posteriores al plebiscito, no puede reducirse a un sí o a un no.

El arte en su historia, al igual que la paz, ha vivido situaciones de crisis. Pareciera incluso que en el arte dominara la crisis por encima de los estados de apaciguamiento. Si consideramos una de las crisis que sigue teniendo relevancia en la contemporaneidad y que posicionó a unos al lado del concepto para defender la autonomía que lo distanciara del vínculo directo con la representación de la realidad, mientras que otros parecieran defender la literalidad; nos damos cuenta que tampoco puede aplicarse la fórmula simple del si/no. En los matices se concentra buena parte de las perspectivas más consistentes. Es cierto que el arte ha sido revolucionario, cambiante, en pos de la transformación, pero al mismo tiempo ha propiciado la construcción de identidades, lo que necesariamente ocurre por la densificación, cuando los fenómenos se agrupan y dan tiempo para una asimilación colectiva.

Si consideramos a un artista tan “chocante” como Antonio Caro, nos encontramos con un sujeto que permanentemente se ha enfrentado con el sistema, que lo confronta y se declara en pie de lucha con quienes se hacen visibles como parte del mismo –del sistema–; que ha espectacularizado sus disputas al punto de hacerlas sospechosas. Si revisamos por ejemplo la obra defienda su talento (1972), primero, resulta difícil reconocer que se trata de una obra –de arte–. Luego nos preguntamos si podemos clasificarla en alguna de las categorías tradicionales o contemporáneas. Acaso si la obra se materializa con el dibujo que ilustra la acción de golpear en la cara a un jurado de selección; o es una acción performativa, cuando sabemos que en efecto el artista le propinó una cachetada a uno de los jurados del XXIII Salón Nacional de Artistas tras enterarse que no había sido seleccionado. Un gesto grosero y reprochable, pero que a la manera del Excusado de Duchamp, se midió con precisión para causar el revuelo y la resonancia que ciertamente suscitó en el seno del sistema del arte nacional.

Pero, a la par de tanta incertidumbre, en una de las obras más divulgadas de Caro se identifica el tema y el contenido con apenas una mirada rápida: Colombia, escrita en la misma tipografía y color de Cocacola. Enunciado cuyo vínculo podría interpretarse, tanto como crítica a los efectos perversos de los medios de comunicación y la comercialización de la que somos víctimas, así como el halagüeño gesto de reconocimiento a un entorno cultural, que como el norteamericano se ha imbricado de manera íntima con la identidad colombiana.

Guardando las proporciones, esta misma polarización la vive el país en medio de un camino de incertidumbre y desasosiego, cuando la Colombia que identificamos como nuestra patria y nuestra casa no pareciera encontrar la solución a una crisis que dura ya más de 50 años. Una Colombia que se escribe con vísceras y carne (a la manera cruda y terrorífica del artista caleño Rosemberg Sandoval) y le cuesta reconocer que en el terreno de la carne todos somos iguales, a pesar de las diferencias que se expresan con el verbo y las acciones.

Para citar otro ejemplo, hace algunos años el artista Miguel Ángel Rojas exhibía su obra “el David”, una fotografía, clara rememoración de la obra escultórica del Miguel Ángel del Renacimiento. Pero los paralelismos alcanzan honduras más allá de los aspectos formales y del nombre del autor. Porque el italiano elaboró la pieza en mármol para actualizar una disputa que en la Biblia se utilizó para ilustrar la parábola de la lucha desigual entre la nobleza y la inteligencia, en contra de la brutalidad y la monstruosidad, aparentemente imbatibles. Y el artista eterniza en la piedra este conflicto para remarcar que tal dramaturgia nunca desaparecerá. Pero debe acentuarse también que David derrotó a Goliat haciendo uso de su habilidad. Ciertamente Miguel Ángel Bounarroti hizo uso de su obra para referirse a las circunstancias políticas de su tiempo. Así mismo Miguel Ángel Rojas lo hace de manera explícita, porque el David de Rojas no es una personificación escogida al azar, es un soldado colombiano que por causa de la guerra pierde una de sus piernas al pisar una mina quiebrapatas. La obra es, en este sentido, una denuncia, y la fotografía cumple muy bien su propósito; pero comporta también una metáfora, que es la del derrota del horror y la discapacidad. Porque el soldado no sólo sobrevivió, sino que siguió su vida encontrando alternativas para sobreponerse a la discapacidad. En un taxi se gana la vida, el vehículo que en tono jocoso él mismo identifica como el taxi del mocho.

Con este testimonio, cómo no pensar que el presente es posible sin la sombra de la guerra y la muerte. Que el futuro se puede construir entre todos, sin que se pueda evitar el conflicto, porque bien sabemos que no desaparecerá. Pero si hay otras alternativas para gestionar las confrontaciones de ideas y emociones. Y el arte nos puede ofrecer verdaderas innovaciones.

Se me ocurre pensar en la obra de las Sillas Vacías de Doris Salcedo, una acción que se llevó a cabo en el Palacio de Justicia en 2002, 17 años después de la toma armada, cuando los guerrilleros del M19 realizaron una de las acciones más osadas que se pueda pensar en la historia del país, propinando un duro golpe a la legitimidad del Estado. En la misma proporción el Estado respondió poniéndose al nivel de la guerra sucia que le propuso su contrincante. Salcedo, conociendo la hondura de la herida dejada en la memoria de los colombianos, realiza un acto conmemorativo, en el cual el tiempo se convierte en el gesto analógico de vinculación, porque la obra comienza a la misma hora de la toma y termina de igual manera. En este caso la metáfora se revela en la aparente inutilidad de la acción de la artista, porque su gesto consistió en sacar por una de las ventanas del Palacio una seguidilla de sillas usadas cotidianamente por los funcionarios de la rama judicial. Como si la vida fuera un mueble que se inutiliza de la manera más absurda y debiera someterse a los manejos de los que se declaran con el poder para ejercer tal autoridad. Una escena en la que todos los contendientes se parapetan a un lado y otro de los bastiones de sus ideologías haciendo de la fractura que queda en medio una barrera infranqueable.

Pero como lo demostró la artista en la sala de las turbinas de la Tate Gallery en otra de sus obras, Shibboleth, el suelo que costó tanto romper cuando se construyó la fractura, con el mismo esfuerzo, se pudo restaurar.
Para cerrar esta reflexión quiero hacerlo invocando otra obra de total vigencia en la contemporaneidad política del país. Se trata de Aliento obra de Oscar Muñoz. Una pieza que en la descripción explícita esconde muchos de los valores más provocadores e inquietantes. Pues de las muchas interpretaciones que han propuesto, todas tienen en común que ilustra la acción –simbólica– de recuperación de los desaparecidos por culpa de la violencia en Colombia. Pero lo cierto es que la manera en que se realiza el acto de recuperación de la imagen es la que otorga poder a la solución. Para ello es necesario narrar la manera en la que se induce al espectador a convertirse en participante de la obra y a obrar guiado por el artista: el sujeto llega a la sala y se encuentra con una serie de espejos redondos y cóncavos de no más de 15 cms de diámetro y en los que básicamente nada sorprende, pues como es propio de un espejo, reflejan el entorno. Pero si la curiosidad lleva a este sujeto a aproximarse a la distancia en la que se percibe la respiración, primero recibirá el efecto de su propio reflejo en el espejo y luego, si es inducido o por accidente con su aliento cubre la superficie, se encontrará con la aparición fantasmagórica de una imagen que se impondrá sobre el reflejo suyo y que desaparecerá al instante. El descubrimiento del fenómeno activa el juego y casi es inevitable repetir la acción más de una vez.

Es el propio aliento el que insufla la vida.

Así mismo debe ocurrir con la Colombia que por responsabilidad y oportunidad histórica debemos construir. El más fiel reflejo nuestro, pero que a través del propio aliento, el individual, se consigue el prodigio de darle existencia a los demás, a los otros, sin los cuales no podríamos sobrevivir. Es a través de una fórmula semejante que podremos los colombianos cumplir con el propósito de obrar por la paz.   

*Director del Doctorado en Artes, Universidad de Antioquia

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