La artista Beatriz González fue curadora del Museo Nacional durante 14 años.

“La misión del Museo no es permanecer lleno de gente, sino preservar la memoria del país”

La ministra de Cultura puso el dedo en la llaga al pedir que se debatiera la actual narrativa de la historia del país que presenta a los visitantes el Museo Nacional. Arcadia entrevista tanto a la artista Beatriz González, curadora del Museo durante 14 años, como a la actual curadora, Cristina Lleras. Sus visiones opuestas sobre cómo debe contarse esa historia abren la puerta a uno de los debates intelectuales más interesantes del momento.

2011/05/24

Por Humberto Junca

Usted era artista plástica. ¿Cómo llegó, cómo se vinculó al Museo Nacional?

Yo llegué al Museo Nacional dos veces. La primera vez fue en 1976 cuando Emma Araujo reemplazó a Teresa Cuervo. Ella resolvió hacer tres juntas con gente notable: una de historia, una de arquitectura y otra de arte donde estaba yo. Ahí descubrí el Museo Nacional. Antes me burlaba de los próceres y de la historia, era una transgresora. Pero una vez dentro del Museo, me puse a estudiar la colección, me metí al archivo a hacer inventarios y entre otras cosas descubrí a José María Espinosa y sus dibujos tan maravillosos. El Museo conservaba de Teresa Cuervo un orden escrito en letras de bronce: en el primer piso se leía “Museo de Arqueología”, en el segundo piso, “Museo de Historia” y en el tercero, “Museo de Bellas Artes”. Nosotros respetamos esas letras de bronce y esas divisiones junto con el Salón Principal, en el segundo piso, donde se exhibía lo mejor del Museo relacionado con la nacionalidad. En ese entonces, vino Ulrich Lober, director del Landesmuseum de Klobenz, inteligentísimo historiador y museólogo, quien nos asesoró museográfica y museológicamente y nos dirigió en el montaje de las salas. Recuerdo que nos dio hasta conferencias sobre cómo debían ser los catálogos. Esa fue una época muy bonita. Pero luego, en 1982 llegó Belisario y botó a todo el mundo, botó a Emma, acabó con todo el equipo, nombró a su jefe de prensa director del Museo y todos nos fuimos. Fue en ese momento cuando él se llevó quince cuadros de la colección del Museo —entre ellos Playa de Macuto de Andrés de Santa María y Vista de Cartagena de Generoso Jaspe— para el Palacio de Nariño. Belisario fue el primero en irrespetar ese lugar sagrado que era el Salón Principal, pues allí montaron exposiciones internacionales como El Humor Francés o El Arte Ruso del Siglo xviii y XIX. La decadencia del Museo fue tal que solo en esa década tuvo nueve directores. Después de Belisario, Barco es nombrado presidente y me ofreció la dirección del Museo. Yo le dije que sí quería cambiar el Museo pero que no tenía el perfil de directora, que el Museo necesitaba un director arquitecto para pararlo; así de una terna que me presentaron, escogí a Olga Pizano como directora, mientras yo me dediqué a pensar su contenido. Por ejemplo, antes había una sala dedicada a los presidentes de la República: como en un álbum de monas estaban todos los retratos presidenciales; yo decidí desbaratar todo eso para que cada presidente estuviese rodeado de los objetos e imágenes de su época, en su sala correspondiente y dentro de su propio contexto. Empecé a trabajar el Museo como si fuera un tejido, porque este es un Museo de triple carácter: es un museo de historia y es un museo de arte, pero nace como un museo de ciencia.

 

¿Por eso el aerolito del primer piso?

Claro, ese lo puse yo ahí. Es terriblemente simbólico: viene del Big Bang; cayó un viernes santo —ahí está la religión— de 1810, el año de la independencia. Entonces, ahí está todo. Esa es una de las piezas que más me enorgullecen a mí. Y no lo han podido quitar porque pesa mucho.

 

¿A qué se refería la ministra de cultura cuándo dijo, en entrevista con este medio, que echa de menos la narrativa del Museo Nacional?

A lo que se refiere la ministra es a que yo había hecho un guion que era coherente y que ahora se ha intervenido tanto que perdió su narrativa. Cuando llegué al Museo por segunda vez, me propuse hacer un guion muy serio. Cuando lo presenté, fue la primera vez que el Museo tuvo un guion escrito, y por sugerencia de la directora fue revisado y aprobado por la junta del Museo conformada en ese momento por los historiadores Fernán González, Pilar Moreno de Ángel, Álvaro Castaño y Carlos José Reyes. El modelo de ese guion lo tomé de catálogos del Louvre y de la National Gallery de Londres. Un buen guion curatorial se debe hacer primero escribiendo la narración y luego escogiendo las obras, las piezas, los objetos que correspondan a cada acción. Se parece a los guiones de las películas.

 

¿Usted hizo el guion sola?

 

No. Siempre me asesoraba. El primer asesor que tuve fue Álvaro Tirado Mejía; después me asesoró Gonzalo Sánchez. Para temas como la guerra de los Mil Días, conté con la colaboración de Malcolm Deas y Carlos Eduardo Jaramillo.

 

¿Recuerda los capítulos de ese guion? ¿Sabe qué tanto ha sido modificado?

La narración arrancaba con el aerolito y se iba desarrollando del primero al tercer piso, verticalmente. Tracé el recorrido ceñida a la arquitectura tan apropiada que ofrecía el edificio. Las primeras salas se iniciaban con el hombre precolombino y terminaban con el descubrimiento y la conquista. Esos capítulos fueron desarrollados por expertos del Instituto Colombiano de Antropología. En el segundo piso destiné la mejor sala de todas —como un altar de la patria— a Nariño, Bolívar y Santander, aclarando en el texto curatorial que nuestros fundadores son muchos. Esa, la Sala Fundadores de la República, ya no existe. Las salas siguientes estaban dedicadas a la Colonia y a la Ilustración. Luego había otra que tenía que ver con la Independencia y la República y comprendía desde el Grito de Independencia hasta la muerte de Bolívar; ahora, esa sala trata el tema de cómo se ha enseñado la historia, mezclando obras patrimoniales con telenovelas. La tercera sala, Federalismo y Centralismo, es la única que se ha conservado según mi guion. En el tercer piso, la primera sala narraba la Regeneración y la guerra de los Mil Días; hoy está bastante intervenida: pinturas muy buenas como las de Garay se reemplazaron por copias de arte europeo hechas por pintores cuando eran estudiantes y colocaron un espacio dedicado a la industria del fique y los sombreros, con muy mala museografía, como si esa industria hubiera iniciado durante la Regeneración. La segunda sala iba de 1910 a 1948 y la convirtieron en sala de exposiciones temporales. Y la última que estaba dedicada a los artistas de la modernidad —Obregón, Wiedemann, Botero, Grau, Negret y Ramírez Villamizar— se convirtió en una sala dedicada a los años 50 y 60, donde pusieron el escritorio de Laureano Gómez junto a neveras, vestidos de baño y licuadoras… Aún no han podido subir un carro rojo y negro que tienen parqueado en los jardines del Museo. En La Rotonda, un espacio atractivo arquitectónicamente, se montaron solo obras de gran formato, como una historia del arte resumida desde Vásquez Ceballos hasta Luis Caballero; ahora han colgado, por compromiso con el pintor, obras de la donación Botero.

 

¿Cuánto tiempo se invirtió en el diseño de ese guion?

Duramos once años diseñando, ensayando…, pero sobre todo investigando. Porque curaduría es investigación. Y había que conocer muy bien qué tenía el Museo y había que preservarlo. Por ejemplo, restauramos la obra completa de Espinosa y la obra completa de Torres Méndez. Realmente yo vivo muy orgullosa de ese trabajo y por eso me duele lo que está pasando hoy. Cuando estudiaba museología me decían que las funciones del museo debían ser cinco, como los dedos de la mano: coleccionar, conservar, estudiar, interpretar y exhibir; luego en los ochenta Stephen Weil, un británico, las redujo a tres: preservar, estudiar y comunicar. Mi tesis es que hoy el sabio balance entre estas tres funciones se perdió: ya no es importante preservar, ni estudiar; porque ahora todo es comunicar. Hoy lo más importante es que el Museo llegue a la mayor cantidad de gente posible y como para eso hay que ser divertido han vuelto el Museo un parque de diversiones a lo Walt Disney; incluso le han pasado por encima al edificio del Museo Nacional: la antigua prisión adaptada por Manuel de Vengoechea a semejante majestad de museo ya no se puede ni ver. El edificio es la obra número uno del Museo. Es una obra de arte, es una belleza; pero ya no lo dejan ver: le cubren las columnas con letreros, le tapan las cerchas, lo llenan de paneles con televisores para que la gente no vaya a pensar que en el Museo no hay nada y que todo es aburrido. Como en la exposición que está ahora montada en la Sala de la Independencia sobre la figura del héroe, sobre cómo se enseña la historia, con un montón de pinturas una encima de otra, letreros por todos lados, afiches, telenovelas… y uno no distingue nada.

 

¿Está en desacuerdo con que se replantee la figura del héroe?

No. Eso se puede hacer; pero no así. Algunos historiadores dicen que la guerra de independencia fue una guerra civil y eso está muy bien, yo no me opongo a eso; pero el problema está en cómo se exhiben y se cuentan las cosas. Mejor dicho, yo me estoy volviendo como Erasmo de Rotterdam que odiaba la vulgaridad. Me parece que los televisores con las telenovelas y los vestidos que usaban las actrices y el caimán inflable —que menos mal se les reventó—, todo eso lo puede usar un artista, lo puedo usar yo en una obra de arte; pero eso no puede hacer parte de una narración del Museo Nacional. Cuando le pusieron las pelucas afro a Bolívar y a Santander en la exposición del Bicentenario el público estaba feliz: mire qué chistoso, qué divertido. Claro, están tratando de ser “controversiales”, como dice la actual curadora, están tratando de llamar la atención, de atraer público. Pero no lo hacen bien. Le cito otro ejemplo: en el Museo Nacional tienen ahora un acuerdo con lowe, una agencia de publicidad que les regala el diseño de las exposiciones. Esta firma le presentó a la subdirectora, Liliana González, varios proyectos para la campaña de la exposición conmemorativa del Bicentenario y ella quedó fascinada con la de un creativo argentino que propuso su “Chebicentenario” donde muestra a Bolívar con la camiseta de la selección argentina o a la Pola diciendo: “me voy a tomar un mate”. Aceptaron semejante payasada y la exhibieron, sin vergüenza alguna, en la fachada del Museo en unos pendones inmensos durante el tiempo que duró la exposición. Entonces ahora se están inventando cosas, están como leones, ahora se defienden y dicen que fue que les tocó recibir esa publicidad. Es que con el Museo Nacional, que ha conservado un sinfín de objetos patrimoniales desde 1823, no se puede jugar. Lamentablemente, la actual directora, María Victoria de Robayo, ha sido demasiado permisiva y está dejando acabar con el Museo.

 

¿Porqué se retiró del Museo Nacional?

Yo llevaba ya catorce años y entendí que el Museo necesitaba otras visiones, nueva gente. Nunca pensé que no hubiera gente preparada para dirigirlo, pero me equivoqué.

 

Pero usted misma recomendó a Cristina Lleras, la actual curadora, como su sucesora.

 

Primero, quiero aclarar que la actual curadora del Museo, Cristina Lleras, nunca fue mi alumna, como dijo la ministra. A Cristina la nombró Elvira Cuervo como asistente mía; yo no la nombré. Esta niña, nieta de presidente y todo eso, trabajó muy bien conmigo, me ayudó mucho y por eso la recomendé. Pero yo no me di cuenta de que ella no sabía de arte, no me di cuenta de que no tenía buen gusto.

 

Desde la Constituyente, el Estado busca incluir a todos, incluso a grupos sociales marginales dentro de su política cultural. Por eso en el Ministerio hoy se habla tanto de diversidad, de multiculturalidad. ¿Cómo puede el Museo Nacional acercarse más a la gente, incluso a aquellos que no se identifican con la historia que muestra?

Aunque suene contradictorio la misión del Museo no es permanecer lleno de gente; sino preservar la memoria del país. La misión del Museo Nacional es plantear unos hitos del pasado para que el visitante, sea quien sea, reflexione sobre sí mismo y su presente. Lo que sí es grave, repito, es el afán que tienen ahora de hacer cualquier cosa para llenarlo.

 

¿Cómo solucionar esto?

Pienso que la solución es formar una junta. Pero no una junta patrimonial como la que ya tienen; sino una junta de gente sabia como la que formó Emma Araujo, con historiadores, artistas y científicos que revisen, discutan y aprueben el contenido de sus exposiciones.

 

¿Alguna vez hizo algo que causara controversia dentro del Museo?

En una exposición dedicada a la paz con guion de Rocío Londoño en el 2002, resolví sacar algunos objetos del Palacio de Justicia y exhibirlos al final de la exposición, siguiendo el guion, como ejemplo de la paz fracasada. Recogimos unos muebles, sofás quemados, termos, objetos abaleados, pedazos de ascensor y los llevamos al Museo Nacional. Luego le pedí a Doris Salcedo que me ayudara a exhibir correcta, dignamente, esos objetos. Al Museo, a la institución, le pareció que aquel montaje podía herir ?a mucha gente, a presidentes por ejemplo.

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