La muestra 'Expedición chucua' se realizó el año pasado en el Museo Santa Clara, en Bogotá. Cortesía Celsia.

El ámbito de lo sagrado

La obra del artista antioqueño Ricardo Cárdenas, hoy expuesta en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, se pregunta por la naturaleza, sus ritmos y revelaciones, así como por su relación con los hombres. A propósito de su reciente exposición en el Museo Santa Clara, compartimos esta reflexión de la poeta Piedad Bonnett, que aparece en el libro sobre el artista publicado por Celsia.

2017/04/27

Por Piedad Bonnett* Bogotá

Ricardo Cárdenas sabe que el arte plástico, en su búsqueda de profundizar nuestra relación con la realidad, de cualquier tipo que esta sea, apela a todo
lo que en ella es susceptible de convertirse en forma: línea, color, volumen, textura. Pero también sabe que, como afirma el escritor Yves Bonnefoy en un bello ensayo sobre la relación entre la poesía y la música, “la forma es la vida del concepto”. Partiendo, pues, de esa conciencia, en Expedición chucua (palabra chibcha que significaba “humedal” para los muiscas) —cuyo tema es la devastación que la naturaleza, y concretamente los humedales, sufre a manos del hombre— logra que el espectador, en el instante mismo de la percepción, se maraville y se conmueva con los hallazgos formales del artista, con la belleza contundente de las piezas expuestas —un humedal, una nube, un nido—, pero también con el modo en que la idea encarnó en esas formas.

Al tema del humedal no ha llegado Ricardo Cárdenas por obra del azar, o de manera programática, como tanto artista de hoy, impelido más por un mandato tácito del momento que vive el arte que por una necesidad genuina, sino porque es un hombre en conexión profunda con la naturaleza, con apego a la tierra, algo muy propio de la cultura antioqueña. Y porque de esa naturaleza, de sus ritmos y sus revelaciones, se alimenta cotidianamente. Ella ha sido siempre el motivo de sus reflexiones artísticas, y también lo fue esta vez, aunque en una geografía particular, que no es la suya: la de la sabana de Bogotá, cuyos humedales recorrió con la mirada curiosa de los investigadores de la Expedición Botánica, y donde encontró tanto la exuberancia deslumbrante de su flora y fauna como el desastre ocasionado por el descuido, la negligencia, la ignorancia o la ambición económica.

Como bien sabemos hoy, los humedales de la sabana —desdeñados durante años por considerar que se trataba de tierras inútiles—son importantes reservas naturales con una riqueza enorme de flora y fauna, fuentes de agua dulce que garantizan la biodiversidad y por las que pueden pasar más de 70 variedades de aves migratorias. Cuando la voracidad urbanizadora los arrasa, lo primero que sucede es que estas aves disminuyen notoriamente y el equilibrio natural se pierde.

Este mundo de enorme riqueza vegetal y animal, cruzado por la herida dolorosa de la inconsciencia del habitante urbano, no ha sido recreado por Cárdenas, sin embargo, de manera naturalista, porque a pesar de que cierta voluntad figurativa atraviesa su obra, prima en él el gusto por la abstracción, y por tanto el deseo de dar prelación a la forma, de buscar lo que en la naturaleza es geometría, estructura, equilibrio, ley física. Como lo reconoce este artista una y otra vez, en el origen de su obra está el dibujo, una pasión que lo acompañó desde que era un niño e ingresó al Instituto de Bellas Artes de Medellín. “Para el artista dibujar es descubrir”, dice John Berger, quien añade que es también un acto de apropiación que comienza en la mirada y que lleva al artista a aproximarse al objeto, “hasta que termina, como si dijéramos, dentro de él: los contornos que uno ha dibujado ya no marcan el límite de lo que ha visto, sino el límite de aquello en lo que se ha convertido”. En Ricardo Cárdenas, todos los dibujos tienden, antes que a representar el objeto, a convertirse en líneas. Cuando los observamos intuimos en ellos no solo la mano que dibuja, sino la mirada que trató de desentrañar la esencia de lo visto y lo reconvirtió en forma.

Por lo mismo, sus dibujos parecieran nacer de una pregunta inicial: ¿cómo es? Lo constatamos cuando afirma, por ejemplo: “Hay varias razones por las cuales siento gran interés por los nidos. Me intriga cómo una estructura construida con elementos frágiles e inestables logra convertirse en un espacio habitable que soporta las inclemencias del clima por la forma como son dispuestos”. Después de hacerse esta primera pregunta y de la “repetición casi
enfermiza de una misma idea o dibujo”, según sus propias palabras, es como si en Cárdenas hubiera una necesidad imperiosa de pasar del dibujo a la escultura.

El libro Las formas de lo natural.

El maestro en Ingeniería de Manufacturas que Ricardo es, el arquitecto que habría podido ser, el matemático y el físico que hay en su espíritu, salen a relucir en su creación. Y también el orfebre que con maestría y profundo conocimiento de la reacción de los metales les insufla una vida nueva, a medio camino entre su frialdad intrínseca y la vulnerabilidad de la materia viva a la que aluden. Con la misma pasión del alquimista, Cárdenas transforma una cosa en otra, de modo que lo que por naturaleza es rígido adquiere milagrosamente movimiento, lo que es pesado da una milagrosa impresión de levedad, y lo que es áspero al tacto, lo que hiere y puya, adquiere la textura del algodón y provoca la caricia.

El resultado de la composición de las tres piezas es indudablemente poético. En parte por su capacidad de síntesis, de decir del todo a través de la parte, de aludir metafóricamente al paisaje; y en parte porque hay algo lírico en los juncos del humedal, que nos remiten a lo profuso e incontenible de la naturaleza; en la nube, captada en su movimiento, su libertad, su condición efímera; y en el nido, que evoca el ave ausente, su sabiduría intrínseca, su labor cuidadosa y sistemática, el origen mismo de la vida. La levedad de estos elementos contrasta con el peso de aquello a lo que aluden: el ataque depredador a su belleza y su equilibrio, a la condición sagrada de la naturaleza. Y vale la pena, aquí, que nos detengamos en la palabra “sagrada”: en primer lugar, porque la sabiduría intrínseca del nido, de la nube, del humedal, y en general de la naturaleza —de las montañas, por ejemplo, que ha trabajado con anterioridad—, nos hace pensar, precisamente, en un orden supremo, en una instancia que nos sobrepasa, cualquiera que sea el nombre que queramos darle. En segundo término, porque sabemos que para la cultura muisca los cuerpos de agua eran sagrados, y por eso mismo fueron convertidos en centros ceremoniales, en lugares que servían para celebrar las distintas etapas y rituales del hombre.

Y finalmente, porque no es gratuito que el espacio de la exposición sea el Museo Santa Clara, que desde el siglo XVII fue una iglesia con su convento, donde lo que impera es el arte religioso, pero también el boato, la ornamentación, la solemnidad, todo lo que el espíritu del catolicismo ha usado desde sus orígenes para honrar y alabar a la divinidad. El contraste, pues, se da entre lo abigarrado de las paredes del museo, su cálido colorido, su condición de joya patrimonial, y la sencillez y humildad de otra forma de lo sagrado: la de la representación de la naturaleza, que durante siglos fue alabada por su belleza y también temida por su poder, pero que el hombre contemporáneo, por su mayor conciencia ecológica, reverencia y cuida cada vez más.

Expedición chucua es una obra necesaria, que muestra que Ricardo Cárdenas es un artista fiel a sus obsesiones, que trabaja su materia con honestidad y pasión. Y que tiene la virtud, no siempre corriente en estos tiempos, de suscitar en el espectador asombro, curiosidad y genuina emoción.

*Poeta y escritora.

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