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La taza en la que tomamos café

¿Sabe usted quién diseñó la taza en la que toma su café? ¿El poste de luz que ilumina su calle? Todos los objetos que utilizamos a diario fueron pensados por alguien... ¿Qué es la escuela de Ulm? ¿De veras fue tan importante como para dedicarle una exposición? Todo parece indicar que sí, pero...

2010/03/15

Por Humberto Junca

Los objetos que nos rodean, grandes o pequeños, caros o baratos, han sido pensados así por alguien. Detrás de cada forma y material hay una intención, un interés particular. Cuando compramos un reloj o una silla porque nos gusta, aceptamos una forma de ver el mundo o desearlo. Sin embargo la historia de los modelos y de los gustos, la historia de las cosas producidas en masa por las sociedades de consumo y de quienes las pensaron, es tan reciente como desconocida.

De ahí la importancia de Los modelos de Ulm: el diseño de la Nueva Alemania, exposición itinerante inaugurada en 2006 en Brasil, que intenta acercarnos a una de las escuelas de diseño alemán más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. Curada por Marcela Quijano, diseñadora industrial colombiana, esta exhibición que se encuentra abierta al público hasta el 27 de octubre en la Casa de Moneda en Bogotá, presenta exitosos productos, documentos y entrevistas de los involucrados y hasta ejercicios de clase de esta escuela fundada en 1953 en una pequeña ciudad del sur de Alemania, Ulm, asociando su nombre a la historia del diseño.

Hasta finales del siglo XIX quienes decidían cómo debían ser las cosas de todos los días eran arquitectos, ingenieros, artistas o artesanos. Esto cambió radicalmente en 1919, cuando Walter Gropius fundó en Weimar la primera escuela de diseño del mundo, la Bauhaus, al unir la escuela de Bellas Artes con la de Artes Aplicadas. Entonces, se diseñaron telas, lámparas, muebles, aparatos, edificios, con una nueva estética elegante, sencilla, racional y geométrica que buscaba la economía en la producción, eliminando cualquier tipo de ornamento recargado y utilizando nuevos materiales. Así, los modernos diseños de la Bauhaus se convirtieron en obras de arte; y Gropius sentó las bases del diseño industrial y del diseño básico gracias a un programa educativo innovador que profesionalizó lo que antes era mera ornamentación, uniendo lo funcional con lo estético. Además, la Bauhaus intentó independizar a sus profesionales de los materiales, temáticas y maneras que las esferas de poder les obligaban hasta entonces a utilizar. Al menos, por un tiempo; porque pese a sus esfuerzos la Bauhaus terminó en Berlín compartiendo techo con el gobierno nazi, hasta su clausura en 1933. Entre líneas, muchos discuten todavía dónde terminaba exactamente la Bauhaus y comenzaba el Nacional Socialismo; al fin y al cabo ambos movimientos se nutrían del orgullo germano, alentados por la industria y la idea de “unidad” y de “pureza”, generando unos esquemas que se remontan incluso (como lo anota la guía de estudio de Los modelos de Ulm) a la Gesamtkunstwerk, obra de arte total (unión de todas las artes), que Richard Wagner propuso al llevar a escena obras rebosantes de germanidad como El anillo del Nibelungo.

Después de la guerra

En 1948, cuando ya había terminado la Segunda Guerra Mundial y en medio de una Alemania quebrada física, moral y económicamente, una pareja de activistas, Inge Scholl (cuyos dos hermanos menores fueron fusilados en 1943 por repartir volantes en contra de la guerra) y Otl Aicher difundieron desde su pequeña y destruida ciudad natal la necesidad de reeducar a la juventud, como base para una renovación social. Dos de sus lemas eran: “La cultura es de carácter político” y “Comencemos aquí, en Ulm”. Cinco años más tarde junto al artista suizo Max Bill, enamorado de la Bauhaus, fundaron con apoyo del estado la Hochschule für Gestaltung Ulm (HfG Ulm) o Escuela Superior de Diseño de Ulm que retomó en sus primeros años el plan académico de la Bauhaus (incluso llevaron a Gropius, quien en ese entonces vivía en Estados Unidos, a dar el discurso inaugural) capacitando a sus estudiantes en cinco áreas: diseño industrial, comunicación visual, construcción, información y cine; con un curso básico inicial que compartían los estudiantes de todas las carreras y que bajo la rectoría de Bill fue totalmente artístico (línea, composición, forma, color, transparencia, movimiento). Luego, en 1957, el suizo se retiró y fue reemplazado por el docente Tomás Maldonado (pintor de origen argentino), quien propuso un curso básico con bases científicas, metódicas (topología, equilibrio, simetría, teoría de la percepción, módulos) y creó los “Grupos de Desarrollo” que funcionaban dentro de la Escuela como laboratorios donde los alumnos, bajo la supervisión de sus profesores, llevaban a cabo trabajos (procedimientos sistemáticos planificados que nada tenían que ver con la inspiración) para empresas públicas y privadas. Bajo la dirección totalmente racional de Maldonado se implementaron nuevas materias: ergonomía, teoría de la ciencia, métodos de programación, cibernética, generando así un currículo que se multiplicó en escuelas de diseño de todo el mundo en las décadas siguientes. La Escuela de Ulm tuvo un total de 640 estudiantes de los cuales el 5% fue latinoamericano, sobre todo brasileños y argentinos (hay dos colombianos en sus registros: José Gámez Orduz y Germán Tobón). Por eso, Quijano cree que El modelo de Ulm fue el programa más popular en los centros de formación de diseño en América del Sur. Por ejemplo, la Facultad de Diseño Industrial de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, fundada en 1974, estaba integrada por egresados de la Escuela Superior de Diseño de Offenbach, que a su vez seguía los parámetros de Ulm. Desafortunadamente, en 1968 cuando se probaban otros módulos pedagógicos bajo una visión más de procesos y corporativa (geometría experimental, materiales, diseño programático, rediseño de objetos, beneficio al entorno humano) el gobierno alemán le retiró los subsidios, y provocó el cierre definitivo de la escuela y el final de su modelo educativo.

La exhibición en la Casa de Moneda registra desordenada y fragmentariamente el ascenso y caída de este enorme experimento pedagógico que trató de unir arte, ciencia e industria, pasado y presente, en la confusa, dividida (en 1961 comienza a construirse el muro de Berlín) y ostracista Alemania de posguerra. Al lado de trabajos básicos de composición bidimensional y modelos tridimensionales (fascinantes las maquetas de formas sinusoides desarrolladas por el profesor de Morfología y Geometría de Poliedros, Walter Zeischegg), están algunos de los objetos producidos masivamente y diseñados en Ulm: el famoso Taburete de 1955 (muy Bauhaus) de Max Bill, Hans Gugelot y Paul Hildinger; la Vajilla Apilable TC 100 diseñada como trabajo de grado por Hans Roericht en 1959; o el Equipo (de sonido) Compacto SK4, también llamado “El ataúd de Blancanieves” diseñado por Hans Gugelot y Dieter Rams para la Braun AG en 1956. Como estos objetos aparecen lejanos e inútiles, como ruinas dentro de sus estrechas urnas de vidrio, su exhibición a media luz acentúa la tragedia. En una larga franja informativa que ilustra simultáneamente las luchas dentro de la Escuela Superior de Diseño de Ulm y lo que sucedía por fuera, hay una frase cruda y lapidaria tomada de un discurso pronunciado por el Ministro Presidente Fillbinger el mismo año en que esta fue clausurada: “Queremos hacer algo nuevo y para ello debemos liquidar lo viejo”. La política no sabe nada de diseño. |

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