Gabriela Pinilla en su estudio

Las pinturas de Gabriela Pinilla

La mezcla es perfecta: ingenuas y perversas a la vez. Así son las imágenes de la artista Gabriela Pinilla, que se expondrán en Bogotá a partir del 25 de agosto. Y en el origen de su iconografía, una obsesión: David Lynch.

2010/09/21

Por Humberto Junca

La tesis de Gabriela Pinilla, Cartillas para aprender Historia, fue una excentricidad académica. Dice la artista: “Cuando estaba terminando arte en la Tadeo enseñaba en una escuela de carreras industriales y allí me di cuenta que los conocimientos históricos de los estudiantes eran pésimos. Pensaban que Galán y Gaitán eran el mismo. Por eso me dio la locura y diseñé unas publicaciones en forma de cartilla sobre dos personajes que admiro: María Cano y Camilo Torres Restrepo.” Diagramadas como una cita a la heroica gráfica comunista, con colores planos y representaciones simplificadas de fuerte trazo, estas cartillas fueron terriblemente polémicas: algunos profesores las tacharon de panfleto. “Casi no me dejan graduar —asegura Pinilla—, pero lo logré y para descansar del alboroto lo primero que hice fue alejarme de cualquier intención política y me puse a pintar a mis abuelas y a mis tías a partir de unas fotos viejas que encontré en un álbum familiar”. Sin el afán de la tesis, la artista se sumergió por completo en la historia de sus parientes y conocidos y se dedicó a intentar lo imposible: con mucha paciencia, dibujar sin calcar, a mano alzada y “pintar bien” (clásicamente, capa sobre capa). “Cuando tenía quince años —recuerda Pinilla—, pintaba vírgenes impresionistas, llenas de manchones, en dos minutos, porque soy terriblemente impaciente; pero ahora puedo durar diez horas haciendo una mano”.

El próximo 25 de agosto en la Sala Alterna de la Galería Santa Fe del Planetario de Bogotá, Gabriela Pinilla inaugura Los búhos no son lo que parecen, su más reciente proyecto, conformado por pinturas de fotogramas sacados de nueve películas (y una serie de televisión) de David Lynch. “Cuando estaba haciendo los retratos familiares —asegura emocionada Pinilla—, vi Blue Velvet y me impactó tanto que dije: ‘Tengo que hacer un cuadro de esta película’. Escogí a Dorothy Valens (Isabella Rossellini) saliendo desnuda de entre los arbustos porque me parecía muy bonita la luz y el color de la escena. Luego, viendo un documental sobre la película, me enteré que esa fue la parte más criticada, la que más repulsión le produjo a los espectadores. Así comencé a buscar todas las películas, series de televisión y proyectos de Lynch; me volví fanática”.

Al hacer estos retratos de películas y pasar del álbum familiar al cine (o al video), la artista muestra cómo las películas se han vuelto “familiares” y cómo la relación entre el séptimo arte y la pintura es cada vez más estrecha. Acaso ¿no se derivó el cine de la fotografía, de la misma manera en que la fotografía se derivó de la pintura? Pero hoy su cercanía es notable y no es solo que los espectadores prefieran ver películas en casa en televisores de pantalla plana colgados en la pared, como si fueran pinturas. Hay fanáticos del cine que pintan como haciendo películas: Francis Bacon (un favorito de Lynch) admiraba a Eisenstein y a Buñuel, y quería recrear en el lienzo los juegos de plano-contraplano y la acción y el movimiento típicos del cine. A la vez, hay pintores que seducidos por el tiempo, cambian pinceles y paleta por una cámara y se vuelven cineastas: las películas de Robert Bresson, Peter Greenaway o el mismo Lynch son como pinturas en movimiento y poseen una profundidad, una “personalidad” ausente en la mayoría de los productos de la industria cinematográfica. El caso de David Lynch es notable: estudió arte en The Academy of Fine Arts de Pennsylvania, donde conoció los experimentos surrealistas de Magritte y Ernst que cuestionaron el culto ciego a la razón y a la idea de progreso, en una época en que la fabrica se usó para el exterminio masivo. La primera guerra mundial puso en crisis a Europa y los artistas mas agudos señalaron lo absurdo del momento. Por eso los surrealistas hicieron eco de lo irracional, de los sueños y las pesadillas del hombre moderno. Ellos se dieron cuenta de que las cosas no son lo que parecen y que hay razones (y sinrazones) ocultas detrás de todo: de los discursos, de las pinturas, de las películas. Cuando Magritte pintó una pipa y debajo de esta escribió “Esto no es una pipa”, evidenció la mentira detrás de la pintura. Cuando Buñuel y Dalí rechazaron (tanto en la grabación como en el montaje) cualquier imagen o idea que pareciera tener una explicación racional para realizar Un perro andaluz (su violento cortometraje rodado en 1929), mostraron en vertiginosa ambigüedad los juegos de apariencias detrás del cine y el poder persuasivo de la imagen en movimiento. Como discípulo juicioso de los anteriores, David Lynch ha sido un crítico agudo de la sociedad norteamericana y de su cine (esa industria capaz de vender las más grandes mentiras, con toda facilidad). “Lynch —dice Pinilla— toma los elementos básicos de la vida soñada en Norteamérica, el pueblito pintoresco, el cafecito, las señoras que hacen tortas, y les da la vuelta… todo esto resulta siendo el maquillaje que tapa un caño negro y podrido”. Las películas de Lynch pueden ser vistas como la lucha entre el bien más puro e ingenuo y el mal más aterrador; así como estas pinturas de Gabriela Pinilla son ingenuas y “malvadas” a la vez (además de su tema, han sido elaboradas en medio de una lucha entre el “pintar bien” y el “pintar mal”). Y las relaciones continúan, pues Lynch ha pasado del gran formato y las súperproducciones, a trabajar con cámara de video y a subir en Internet sus proyectos realizados de manera doméstica; mientras Pinilla ha pasado de pintar el álbum familiar (lo propiamente doméstico), a pintar las películas de Lynch.

Los búhos no son lo que parecen (título tomado de una frase que dice un gigante en un sueño en Twin Peaks) además de ser un curioso caso de apropiación y un homenaje que vincula cine y pintura, señala, por la manera en que ha sido realizado, una actitud contemplativa constante que nos invita a observar más allá de la superficie de la imagen. El resultado es doblemente inquietante: Pinilla le hace espejo a Lynch al retratar los personajes de sus torcidas historias mientras que, como otra “pintora de provincia”, celebra lo torcido y desencajado de la imagen en pinturas que semejan ser de otro tiempo. No están cargadas de ironía, no son obras seriales o conceptuales, ni son un juicio a la pintura misma o a la historia del arte. Sin pretensiones artísticas y políticas y como resultado de un proceso dispendioso y lento, parecen estar más cerca de la artesanía o la pintura popular que de la academia. Son ejercicios pacientes de observación, dibujo y aplicación de color que debido a sus “errores” poseen una ingenuidad encantadora; pero además, como han sido escogidos y realizados con tanto esmero y convicción, es inevitable sospechar que ocultan algo más.

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