Los degenerados

Sexo y sexualidad no son la misma cosa. El sexo es privado y la sexualidad pública porque es a través de ella que nos relacionamos con los demás. Cinco artistas colombianos abordan el tema.

2010/06/22

Por Jaime Cerón

En el mundo del arte existen centenares de historias que relacionan a muchos artistas (generalmente varones) con la homosexualidad a través de los siglos, pero es un asunto sobre el cual la historia del arte suele guardar silencio, por suponer que el arte no se puede relacionar seriamente con la sexualidad. Con seguridad, un alto porcentaje de esas historias no lleguen ser relevantes como claves de acceso a las obras, porque el consabido credo de la sensibilidad especial de los artistas homosexuales no es más que un lugar común. Sin embargo, en otros casos, la dimensión política que se desprende de la sexualidad es el motor que da sentido al trabajo de varios artistas, por lo cual llega a ser su canal privilegiado de comprensión, y ahí ese silencio conduce la historia o teoría del arte a la miopía.

En Colombia, el primer artista cuya obra estuvo claramente estructurada por su sexualidad fue Miguel Ángel Rojas. Porque a pesar que Luis Caballero haya “confesado” abiertamente su condición sexual, su obra parece subsidiaria del discurso hegemónico, principalmente por la manera como la ha discutido la critica y la historia del arte. Volviendo a Rojas, son muy significativos sus proyectos fotográficos realizados en los cines rotativos en los setenta, porque junto a su riqueza y complejidad formal, dan cuenta de los “no lugares” en donde tenía que refugiarse la homosexualidad en Bogotá y de la clandestinidad en la que era vivida. Esos cines oscuros y sórdidos podrían compararse, aunque parezca absurdo, con la película Brokeback Mountain, porque los vaqueros protagonistas solo podían expresar su sexualidad en la mitad de la nada.

Muchos de los artistas —tanto los heterosexuales como los que pertenecen a otras sexualidades—, que han trabajado durante la primera década del siglo XXI, han vivido de otra manera su condición sexual. Sin embargo, en su trabajo han asumido posiciones críticas.

Quienes han trabajado más insistentemente de esta manera en los últimos años son Santiago Monge, Juan Pablo Echeverri, Catalina Rodríguez, Guillermo Riveros y Andrea Barragán. A pesar de pertenecer a tres generaciones, tienen en común la exploración de sus sexualidades en relación directa con la imagen del cuerpo, lo cual inscribe su trabajo en la órbita del autoretrato. Sin embargo, antes que pensar en revelar su cuerpo lo que hacen es aproximarlo a representaciones culturales que interrogan las fronteras de identificación sexual mediante el uso de maquillaje, vestuario, accesorios, gestos y poses. Por eso recurren frecuentemente a la fotografía o al video, los cuales parecen rendir su testimonio para verificar la realidad potencial de los cuerpos que construyen con sus fantasías.

Andrea Barragán, la más joven de este grupo de artistas, ha concebido un personaje inter-género al que llama Seguei. Es un personaje que se resiste a asumir alguna identidad de género y que opta por cruzar continuamente las fronteras de las identificaciones femeninas y masculinas para enredar sus referencias. En este ejercicio parece explorar la dimensión masculina de la feminidad, aunque se niega a ubicarla en un lugar fijo. Catalina Rodríguez, quien comenzó a trabajar desde finales de la década del noventa, también ha explorado este tipo de cruces en obras como su instalación de video Envidia de pene. En esta muestra la parte media de un cuerpo —que parece revelarse como masculino—, que extrae de su bragueta un objeto fálico, blandido orgullosamente hasta caerse, revelando que no es otra cosa que un banano. Sin embargo, en su proyecto de video Di, explora la dimensión contraria para construirse imaginariamente como una princesa que vive en un castillo, pero que no encaja con el estereotipo corporal ni étnico.

Al preguntarles acerca de la diferencia que encuentran entre los conceptos de género y sexualidad, tienen algunas diferencias, pero coinciden en que el género se revela más fácilmente como una convención cultural, mientras que la sexualidad tiende a tomarse por algo que emerge del cuerpo. El género ha sido más cuestionado, por la limitación de ofrecer solo dos categorías posibles, lo cual ha abierto paulatinamente otras opciones. La sexualidad, en cambio, parece ocultar que también es una convención cultural, por eso parece ser la arena adecuada para el trabajo de los artistas. Al preguntarles por su interés en la sexualidad, coinciden en querer cuestionar una sexualidad específica, incluso extraña (más allá de que sea o no la de ellos en “la vida real”).

Juan Pablo Echeverri ha realizado un amplio volumen de proyectos que han dado todos los rodeos posibles al momento de explorar patrones de identificación del cuerpo en relación con la sexualidad, desde machos heterosexuales hasta lesbianas, siempre en relación con el autorretrato. Santiago Monge ha explorado simultáneamente los arquetipos que sostienen la masculinidad y la feminidad, para poner de cabeza a la sexualidad normalizada y leer entre líneas todos sus componentes culturales. Y en muchas ocasiones recurre al autorretrato. Guillermo Riveros, en cambio, ha utilizado de manera exclusiva su cuerpo para realizar sus obras. Explora diferentes situaciones imaginarias que hacen que la fotografía se acerque a la ficción.

Para estos artistas el cuerpo sigue siendo un termómetro que mide el nivel incrustación de las representaciones de género y todas sus cargas ideológicas en el campo social. Por eso la opción que han asumido tiene que ver con des-generar y re-sexualizar el cuerpo para recordarnos que así como no existe un dios verdadero, tampoco existe una sexualidad natural. Y cada cual se afilia a lo real de la mano de sus fantasías.

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