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Los días felices de Juan Mejía

Este 30 de abril se inaugura en la Galería Valenzuela & Klenner la muestra Happy Days

2010/03/15

Por Humberto Junca

Además de artista plástico Juan Mejía es profesor universitario y ha publicado tres libros que recopilan algunos de los ejercicios de sus estudiantes. Colecciona discos. Le encanta leer y escribir. Y en su obra refleja sus pasiones. Por ejemplo, en el año 2002, sentado en una silla frente a una mesita de madera sobre la cual había una jarra de agua, un vaso y una lámpara, leyó durante días y en voz alta La educación sentimental de Gustave Flaubert, con perfecta entonación, pausadamente, proyectando con nitidez la voz. Lo acompañaba una planta sembrada en una matera y un aparato que medía la humedad del ambiente. Ese performance que tituló Érase una vez un pedazo de madera se derivó de una instalación que hizo años antes con un bonsái, una pintura al óleo de gran formato del Pinocho de Walt Disney camino al colegio (con sus textos escolares y manzana en mano en compañía de Pepe Grillo) y un papel con la lista de los libros que había leído completos hasta la fecha. “Esa lista sigue —dice Mejía—. Cada vez que termino un libro lo apunto ahí”.

Volviendo al 2002, en el XI Salón Nacional de Artistas Jóvenes, sobre 24 metros cuadrados de pared blanca, Mejía transcribió a mano, con letra imprenta y marcador negro, sobre renglones trazados a lápiz La obra maestra desconocida de Honorato de Balzac. Es un cuento largo sobre un hombre llamado el maestro Frenhofer. Es un tipo que lleva diez años pintando lo que él considera va a ser su obra maestra y lo hace oculto en su taller. Finalmente, un par de pintores más jóvenes van a visitarlo con mucha expectativa y encuentran solo un montón de marañas, una cosa completamente enredada. Esa historia sencilla está llena de reflexiones en torno a la creación y fue un texto muy importante para todos los pintores modernos. Hasta Cézanne y Picasso hicieron ilustraciones de esa supuesta obra maestra”.

Mejía hizo dicha transcripción juiciosamente, letra a letra, comenzando con el título en mayúsculas y terminando con la fecha en que fue escrita y el nombre del autor. De este modo vinculó literatura, lectura, escritura, apropiación, cuerpo y acción en una especie de grafiti incómodo en un Salón de Arte Joven. “Lo que más me interesaba era la idea de que escribir todo eso en la pared era como dibujar o pintar un mural que los espectadores, como en el relato de Balzac, no iban a entender. Yo me imaginaba a la gente en el salón diciendo: “Pero, ¿dónde está la obra? ¿Quién es el autor? ¿Qué es esto?. Ese proyecto también era una maraña de cosas”.

Este mes de abril es un mes movido para Juan Mejía. El pasado sábado 18 se inauguró la II Trienal Poligráfica de San Juan de Puerto Rico, en la que participa (dentro de la curaduría de Jens Hoffman sobre libros y arte) como coautor junto a Giovanni Vargas con Monte de Piedad, una instalación de 186 pinturas sobre madera que guardan el formato, la escala real, las áreas y los colores de portadas de libros copiadas sin fotos, figuras y textos, como si fueran falsas composiciones abstractas. Y el próximo 30 de abril inaugura en la Galería Valenzuela & Klenner de Bogotá su nueva exposición individual

Happy Days. Según el artista, el título de la muestra así, en inglés, hace referencia tanto a esa vieja comedia de televisión norteamericana de jóvenes rocanroleros, como a la obra de teatro de Samuel Beckett; cruzando “la alta” y “la baja cultura” en una expresión importada, inevitablemente light. La exhibición estará conformada por esculturas de pequeño formato realizadas con materiales reciclados; una publicación gratuita ilustrada por él que compila 18 cuentos (escritos por artistas invitados) que llevan el título de la muestra; y una serie de dibujos que elaboró a partir de la acumulación y repetición de modelos, patrones, módulos y sistemas. En uno se lee “Happy Days” junto a dos ancianos que Mejía copió de las portadas de los discos Led Zeppelin IV y de Aqualung de Jethro Tull. Otros dibujos muestran payasos o mariposas o números o fragmentos de torsos de fisicoculturistas, todos sobre pliegos de cartulina bristol de colores, como las que se emplean en el colegio. Le pregunto por qué exhibir errores o hacer cosas que nunca haría un “artista serio”. Él responde: “Me gusta exponer sin temor lo no perfecto, lo no acabado. Por eso me interesa tanto el universo escolar y el académico; por lo formativo. Ese punto donde el sujeto se debate por adquirir una forma. Como el mundo del adolescente que no es ni niño, ni adulto. O como un muñeco de madera que quiere convertirse en niño de verdad. Esa lucha entre lo que moldea y lo que es moldeado tiene que ver con lo que produzco. Lo que hago es como una metáfora de eso que no es, pero quiere llegar a ser”.

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