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Los omitidos de siempre

El Museo Nacional expone siete altares de comunidades negras colombianas. ¿Es esta una exposición políticamente correcta? ¿Un mea culpa por la discriminación racial de la historia oficial de la alta cultura? ¿Es casualidad que la Ministra de Cultura sea negra? La crítica de arte Paula Silva da su versión del asunto.

2010/03/15

Por Paula Silva

En 1993 Fred Wilson desorganizó sistemáticamente la colección permanente de la Sociedad Histórica de Maryland, en Baltimore. Mining the Museum fue el proyecto que catapultó su reputación como artista internacional. Después de este ejercicio que buscaba poner en evidencia las estrategias institucionalizadas de la discriminación racial y cultural de las comunidades afrodescendientes en Estados Unidos, la labor de museógrafos y museólogos no volvió a ser igual.

Velorios y santos vivos —la exposición que presenta el Museo Nacional en su sala de exposiciones temporales hasta el 2 de noviembre— es un ejercicio de reivindicación similar al que logró Wilson hace 15 años. Wilson trabajó buscando, a través de la reubicación de objetos de las comunidades afrodescendientes en las salas del museo, revelar la manera como esa institución narraba una historia discriminatoria y deliberadamente ignorante de la participación de los grupos afroamericanos en la historia de ese país.

La exposición del Museo Nacional parte de la misma premisa: la conciencia de que esta institución nos ha enseñado durante más de un siglo una historia oficial que cuando no omite la mención de la historia afrocolombiana, ejerce su discurso desde la discriminación.

En 1991 (solo dos años antes del proyecto de Wilson) la nueva Constitución de Colombia reconoció que se debía proteger a las comunidades afrodescendientes. Una premisa coherente con el creciente compromiso global por parte de los Estados de poner en marcha políticas de reivindicación y reconocimiento de las diversas etnias que pueblan el planeta. Cabe preguntarse entonces ¿por qué el Estado colombiano (a través del Ministerio de Cultura, el Museo Nacional, la Dirección de Etnocultura, la Facultad de Antropología y el Grupo de Estudios Afrocolombianos del Centro de Estudios Sociales (CES) de la Universidad Nacional de Colombia) se ha demorado tantos años en lograr este tipo de proyecto?

La investigación que cimienta la exposición seleccionó siete comunidades afrocolombianas de diverso origen, y dadas las diferencias en su proveniencia y costumbres, se seleccionaron los ritos funerarios como elemento unificador. La muestra consiste en siete altares que ponen en evidencia procesos de sincretismo religioso, producto de la violenta imposición cultural que ejerció Europa en sus colonias. Aquí conviven tradiciones originarias de África occidental con plegarias católicas, rituales relativos a los Orishas (deidades africanas) como a los santos católicos por igual.

Sin embargo, un significado más profundo subyace la elección del objeto de estudio de la investigación: todas las comunidades seleccionadas están en situación de riesgo. Todas están ubicadas en zonas donde el conflicto armado tiene una presencia que solo ha acrecentado con el correr de los años generando desplazamiento forzoso, desapariciones y asesinatos y desarraigo cultural. Hay aquí un reconocimiento de la imposibilidad de procesar un duelo cuando no hay un cuerpo o cuando la celebración de ritos fúnebres puede poner en riesgo la propia vida.

Al entrar en la sala, el fuerte olor de los centenares de flores que adornan los altares y el estallido de color de cada uno ya pone al espectador en una situación poco habitual en la solemnidad propia de las salas de exhibición. El proceso de observación del espectador se convierte en un proceso de respeto y reconocimiento, de encuentro con un otro desconocido, ignorado y violentado.

Durante la inauguración se consagraron los altares y se realizó un rito religioso que pretendía que los asistentes (primordialmente los no afrodescendientes) conocieran la riqueza cultural y la identidad religiosa de esas comunidades. No obstante, dentro de los estereotipos culturales que hemos aprendido y sancionado, parecía que el público asistente al evento esperaba danzas rituales y rezos en lenguas ajenas, y no manifestaciones de inconformidad política e ideológica acompañadas de plegarias provenientes de imperantes ritos católicos. Resulta claro que la discriminación racial después de la abolición ha estado acompañada de la condescendencia y una práctica superficial de la corrección política. Estas comunidades mantienen el uso de la palabra negro para autodenominarse precisamente para evitar que se olviden esos patrones xenofóbicos y para poner en evidencia que la corrección política no radica en un uso políticamente correcto del lenguaje sino en ser capaces de reconocernos en otros.

El texto del catálogo de la exhibición pone de manifiesto asuntos de los que no se enterará el espectador: en primer lugar, que los miembros de las comunidades participantes en la muestra hicieron un estudio de los objetos de la colección permanente del Museo y de la museografía de los elementos arraigados en la historia afrocolombiana que presenta la institución; hicieron finalmente recomendaciones al museo de cómo reorganizar la colección bajo una idea de inclusión, reconocimiento y no discriminación. Esto mismo fue lo que hizo Wilson en Baltimore hace una década y media, que es más tiempo del que han estado expuestos esos problemáticos discursos en el Museo Nacional.

En segundo lugar, que sin reparos se adjudica la responsabilidad de la escasa, pobre y miope exhibición de la presencia de comunidades afrodescendientes en la historia colombiana a la persona encargada de la museografía de dos o tres salas y que el Museo no comparte la responsabilidad implícita en haber aceptado la exhibición de discursos discriminatorios durante varios años. Si el ejercicio de la museografía cambió en 1993 para inclinarse hacia una verdadera exposición justa de la historia, no solo no se enteró el museógrafo de estas salas sino que el Museo mismo tampoco lo hizo.

Sin embargo, las omisiones y conflictos en el discurso que ha presentado el Museo Nacional en relación con lo afrocolombiano durante tanto tiempo no son culpa de un solo museógrafo, ni tampoco competen exclusivamente a la institución que tiene a su cargo la exposición de la historia de la nación. Esto es solo un reflejo de una condición generalizada en una sociedad en la que se acepta que paramilitares borren de la iglesia de San Bernardo del Viento murales en los que se representaban pasajes bíblicos en carne de personajes afrodescendientes, en la que estereotipos colonialistas todavía priman sobre la interacción racial y en la que uno de los principales ex jugadores de fútbol, de origen afrocolombiano, aparece en Cromos afirmando que le gustaría ser blanco, así fuera por breve tiempo.

No es posible ignorar que la celebración de esta excelente pero tardía exposición coincide con la presencia de una Ministra de Cultura de descendencia afrocolombiana, pero es necesario preguntarse si todavía hace falta una mayor presencia de comunidades indígenas, gays u otras tantas confinadas a la marginalidad para empezar a generar —desde el arte y las prácticas culturales, sus instituciones o cualquier otra instancia— dinámicas reales de inclusión y respeto de las diferencias.

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