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Lugares comunes

Dentro del marco del Programa de Homenajes Nacionales, el Museo Nacional de Colombia inauguró el pasado 5 de junio una exposición dedicada a Carlos Rojas. En esta ocasión permitió que tres investigadores —Julián Serna, Nicolás Gómez y Felipe González— fueran los encargados de realizar la curaduría, de la mano de las áreas de comunicación, museografía y educación del Museo.

2010/03/15

Por Redacción Arcadia

El nombre de Carlos Rojas es sinónimo de geometría abstracta. Quizás no hay pintor colombiano que haya abordado con más rigor la geometría, la medida y proporción; el cuadrado y el ángulo recto. Rojas ejemplifica, a primera vista, ese tipo de arte lógico, equilibrado, frío, totalmente alejado de lo cotidiano; por eso es una verdadera sorpresa visitar su exposición en el Museo Nacional. Uno puede encontrar en los rincones de la sala, en un espacio encerrado casi como un santuario, telas cubiertas de polvo dorado, lodo, pedazos de costal y madera, junto a objetos del culto religioso: relicarios, cruces, retratos de la Virgen y de algunos santos; nada más lejano a la abstracción, nada más fuera de lugar. Sin embargo estos objetos y materiales cumplen una función capital dentro de la muestra.

A través de ellos Julián Serna, Nicolás Gómez y Felipe González, tres jóvenes investigadores de la Universidad de los Andes, abordan la obra del reconocido artista señalando su obra como una derivada del color, las texturas y las formas que le rodeaban, por fuera de lo artístico. Una puesta en escena que se fundamenta en el particular interés de Carlos Rojas en torno a la abstracción, ligada a las propiedades naturales de los elementos de su entorno. De esta manera, los tres jóvenes en colaboración con otros grupos que participaron en la elaboración de esta muestra, esquivan el lugar común de una mera exhibición cronológica dividida en décadas o periodos para convertirla en una exposición antropológica, sociológica, pedagógica incluso.

Así, la curaduría nos ofrece cinco grupos de obras y objetos (estos últimos señalados por los curadores como “guías de lectura”) que se acompañan mutuamente para evidenciar por un lado, el criterio de Rojas —como recolector que era— para elegir los fragmentos de su entorno, y por otro, qué de ese entorno sigue existiendo en las piezas expuestas: desde elementos físicos de la ciudad o de los pueblos que visitaba, hasta fragmentos simbólicos y sensibles de los paisajes que veía, con el fin de dar cuenta —en palabras de sus curadores— “de procesos de conformación de imágenes a partir de su relación con las fuentes visuales, materiales o simbólicas recogidas en lugares que visitaba y pretendía conocer”.

El conjunto de objetos de uso religioso descritos anteriormente, acompañados por canéforas, marcos coloniales o, incluso, máscaras y artesanías precolombinas (narigueras, vasijas, recipientes con decoraciones geométricas, múcuras y cántaros) ha sido llamado Templo y hace mención a un grupo de pinturas que Rojas hace como alusión al oro visto “como distintivo del capital y el poder tanto en dimensiones económicas cómo ámbitos espirituales y religiosos”, titulado En búsqueda del Dorado. Rojas no solo se limitaba a indagar en los espacios físicos que recorría, recolectando elementos y sensaciones, sino que también manifestó una constante preocupación por abordar el espacio cultural. A partir de la pregunta por la forma, por la materia y su contexto cultural, Rojas pretendía, más allá que encontrar algún tipo de pureza, hacer impresiones de las cosas y sensaciones que recogía en una tela a la que se le llama cuadro.

La multiplicidad de propuestas que componen el trabajo plástico de Carlos Rojas, hace imposible hablar de su “estilo” y en cambio más posible hablar de su “actitud”: como recolector de objetos, imágenes, saberes e impresiones. Carlos Rojas leía sobre ciencias exactas, escuchaba música clásica, concreta y colombiana, cuidaba su jardín de bonsáis, estudiando a la vez la conformación geométrica de plantas y árboles. Pero, además, durante varias décadas, cumplió en paralelo una labor como asesor de diseño de Artesanías de Colombia, fue profesor de varias universidades de Bogotá, coordinador de exposiciones y propietario y guardián de una permanente colección de arte y ecléctica colección de objetos y antigüedades.

Lo interesante de esta curaduría es que es una conversación que surge a partir de reflexiones sobre problemas netamente artísticos. Problemas que aún siguen teniendo vigencia en este siglo. No es una obra vista desde los “enfoques contemporáneos” —como el género, la orientación sexual, la política, la situación socio-económica, etc.—, y sin embargo, tiene toda la vigencia del caso. Tal vez porque los encargados de develar lo que aún tiene para decirnos son jóvenes y viven en esa contemporaneidad, o tal vez porque Rojas y su obra tienen más pertinencia de la que jamás hubiéramos pensado.

Es casi inevitable, al entrar en la sala de exposiciones temporales del Museo Nacional, preguntarse por esa pertinencia —para el arte y su narración, para su conocimiento, su reflexión, para la historia, para la memoria—, la de darle un espacio, en medio de tanta contemporaneidad, a algo que en teoría pasó hace algún tiempo. Y no solo con esta muestra, sino también con otras tantas que ha habido en los últimos años: Edgar Negret —también dentro del programa de Homenajes—, Guillermo Wiedemann, Feliza Bursztyn, Bernardo Salcedo, Judith Márquez y Beatriz Daza —actualmente en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño—. Ahora es cuando más se siente la necesidad de revisar el pasado para así lograr entender un poco más el presente, revisar las zonas grises del arte colombiano, para poder reconstruir su propia narración. Lo pertinente de esta curaduría es que lo hace desde Rojas y su entorno, desde la crítica que giró alrededor de él, desde sus intereses más personales, desde sus objetos, mostrándonos que aún tenemos, casi 30 años después, lugares en común con su obra: cosas que aún podemos compartir y que sus trabajos aún tienen para decirnos, desde ellos mismos, desde Rojas y sus paseos, sus recolecciones, sus impresiones, sus colecciones —en su mayoría pasajeras—, su interés en la geometría y en las artesanías.

Todo esto hace pensar en que a veces no es tan importante el a quién o a qué se traiga, sino el cómo se lo traiga, cómo se lo rememore, cómo se lo actualice, para no dejarlo estático y sumergido en un simple homenaje o exposición retrospectiva. El quién es importante en la medida en que dicta ese cómo y ese cómo es el que hoy, de manera aparentemente sencilla, está presentado en la sala de exposiciones temporales del Museo Nacional de Colombia y en una serie de ensayos que “desde la historia y la teoría del arte ofrecen una aproximación crítica a los procesos artísticos en Colombia durante la segunda mitad del siglo XX, atravesados por la figura de Carlos Rojas”, se encuentran recogidos en un catálogo de 190 páginas.

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