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Mirar otra vez

El prestigioso artista japonés Tatzu Nishu estuvo por segunda vez en Colombia, invitado por la Secretaría de Cultura de Bogotá. Sus delirantes construcciones dan un aura privada a los monumentos públicos. Pero sus obras son efímeras, como mucho del llamado arte público. ¿Qué queda entonces?

2010/03/15

Por Humberto Junca

Muchos piensan que arte es sinónimo de pintura. Y como la pintura es un objeto decorativo que se cuelga en la pared, entonces se tiende a pensar que el lugar del arte está en las paredes (de galerías, museos o viviendas de aquellos con el dinero suficiente para darse el lujo). Sin embargo, existe desde hace décadas un movimiento de creadores que afuera de galerías, mercados e intenciones decorativas, han buscado una relación directa con el ciudadano y han hecho del arte algo capaz de alertar nuestros sentidos al proponernos otro tipo de experiencias. Estos artistas hacen de lo ordinario algo extraordinario. Hacen de un lugar común, una aventura.

Si usted pasa del 19 al 28 de noviembre por la esquina noroccidental de la carrera séptima con avenida Jiménez en Bogotá, va a observar sobre la fachada de la Iglesia de San Francisco una extraña estructura con escalones que llegan 40 metros más arriba, hasta la punta de ese edificio, y finalizan en una especie de guacal gigante. Si usted se atreve a subir y entrar en dicho contenedor, se descubrirá en medio de una habitación amoblada, decorada, entre otras cosas, con una preciosa y enorme cruz-veleta forjada en hierro. La misma cruz que, invisible para el transeúnte desprevenido, corona desde siempre la torre del templo. De tal manera, ese objeto arquitectónico, enorme y lejano, se nos presenta ahora como parte de un mobiliario privado y cercano, dentro de un escenario pensado exclusivamente para nosotros, los participantes de una procesión (ascensión) que derrumba la percepción acostumbrada que tenemos de esa iglesia. Semejante instalación es la peculiar escultura pública realizada por el japonés Tatzu Nishi, uno de los tres artistas internacionales que, junto a Héctor Zamora, de México (quien con catorce toneladas de plátanos armó en el eje ambiental una pintura viva que cambiaba de color), y Giorgio Bevignani, de Italia (quien hizo una intervención en la fachada del Jorge Eliécer Gaitán), ha sido invitado por la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte para inaugurar, junto al artista cartagenero Wilger Sotelo (quien empleó los Eucoles de los paraderos de la 28, la 30, la séptima, la calle 72 y la carrera 13 para exhibir afiches con frases y expresiones poco castizas), la primera edición del concurso Lugares Comunes. Concurso que, paradójicamente, no tuvo la acogida esperada, pues, según parece, los artistas locales no están acostumbrados a participar de este tipo de dinámicas sociales, a no ser que se trate de proyectos decorativos y superficiales con árboles, caballos o mariposas.

Lugares Comunes impulsa básicamente el arte en el espacio público a través de intervenciones efímeras -comenta Leila Ali, asesora de artes de la Secretaría de Cultura-, por eso invitamos a diseñar obras hechas específicamente para un sitio de Bogotá, que tuvieran que ver con su historia, su significado, sus dinámicas, la gente que pasa por ahí… Por tal exigencia fue tan tímida la respuesta”.

Habiendo exhibido en Alemania, Japón, Reino Unido, España, Francia, Holanda, Tailandia, Austria y Norteamérica, Tatzu Nishi, en cambio, defiende con seguridad la importancia de lo que hace: “Al principio trabajé en galerías y museos, pero me aburrí. Cuando cursé mis estudios en la Kunstakademie Muenster, hice una exposición en una importante galería en Colonia. En la inauguración de la exhibición llegó mucha gente, artistas y coleccionistas en su mayoría; pero al día siguiente no fue nadie y después sólo fueron unos pocos críticos de arte y algunas personas interesadas. Así que pensé: ¿Yo qué hago acá? No quiero trabajar para tan poca gente. Por eso ahora trabajo en la calle, para todo el mundo”.

Puede parecer fácil, pero la decisión de Nishi está llena de complicaciones. Sus obras exigen mucho dinero, mucha producción y negociación. En Bogotá el proyecto se ha tenido que aplazar varias veces debido a los permisos exigidos por el IDU, la Secretaría de Tránsito (para descargar el material de la construcción había que hacer un cerramiento en la vía), la Comunidad Franciscana (curiosamente los más dispuestos y solidarios) y la Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura. Y pese a esto, el artista se enorgullece del carácter efímero de sus piezas: “Muchos me preguntan: ¿Por qué hace eso, si al final nadie se queda con nada y usted gana tan poca plata? Tarde o temprano las personas van a entender que el arte no se hace por dinero, ni por un afán de permanencia. De hecho, me gusta mucho que mis instalaciones duren poco. Por eso se pueden aprovechar dos veces, se pueden sentir dos veces: la primera, cuando usted sube al cuarto, se para al lado de la cruz y puede tocarla, y la segunda es cuando usted va por la calle y ya no está la escultura y ve la cruz arriba y dice: ‘Yo estuve ahí al lado de esa cruz en un cuarto que ya no existe’. Cuando alguien ha entrado en uno de mis trabajos y pasa, tiempo después, cerca al sitio donde se encontraba, seguramente va a recordar lo que vivió y seguramente va a sentir algo diferente por ese lugar. Va a sentirlo propio. Y eso es maravilloso”.

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