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Mujercitas

El centro Cultural Skandia de Bogotá inaugura este mes una exposición de dibujos y pinturas de Rossina Bossio, una artista bogotana de tan solo 23 años cuyo imaginario es tan perturbador, que hasta reconocidos portales web han declinado albergar las imágenes de su obra.

2010/03/16

Por María José Montoya D

El cuadro se llama La peregrina. Es una niña, pero no. Es un cuerpo voluminoso y sexual, pero no. Su rostro enigmático se pierde en un punto del infinito, entre indiferente y atento. Y su vestido, que podría estar puesto sobre la imagen de una santa del siglo XVII, es transparente. Bajo las florecitas del bordado que se diluyó, unas piernas infantiles soportan un sexo que esconde el cinturón de la falda que es un crucifijo. Atrás, sobre su cabeza, casi se expande una aureola: y en su cuerpo hay una edad inconcebible entre lo inocente y lo siniestro. Así pinta Rossina Bossio.

La palabra perverso sirve bien para describir el trabajo de esta artista colombiana, tan joven y tan suave que es difícil creerla dueña de los cuadros que hace: un trabajo íntimo que explora la figura humana y, con ella, los alcances de la corporalidad para transmitir la tensión, las emociones y los conflictos que rodean lo prohibido. El tabú de los cuerpos. Otras palabras que bien podrían servir son belleza y perturbación; ironía y erotismo. Y buen humor. Aquí hay un gozo angustioso que es difícil de aprehender.

Bossio, que creció en una familia protestante y llena de mujeres, y que fue educada en colegios católicos para niñas, tuvo años de entrenamiento en el fervor religioso y en los discursos, colores, texturas y modos que rodearon “lo femenino” en los días de su infancia. Y hoy sabe desarmarlos: se ha puesto en la tarea de rebelarse a las prohibiciones de la representación religiosa protestante, por un lado, y por el otro, se ha extralimitado en el trazo de la feminidad católica, y de los vestiditos rosados en los que se enfunda la inocencia de las niñas en Bogotá.

Buena parte de su obra penetra el mundo de los lugares comunes que se asocian con los discursos de género para cuestionarlos y logra composiciones que inquietan y violentan los usos tradicionales de la feminidad, la infancia, la sexualidad y los comportamientos sociales aceptados. Es pintura crítica soportada en una formación rigurosa, que la ha llevado a producir en corto tiempo series prolíficas de retratos, fotografías y dibujos en cuyo trabajo ha ganado un dominio técnico considerable.

Así, por las rutas del trabajo del óleo en cuadros que a veces abordan grandes formatos, Bossio también anda libre de las corrientes, tan comunes en nuestros días, del uso de nuevos medios o del performance -con excepción del performance inevitable que es vivir-, en la elaboración de su trabajo.

Para su primera exposición independiente en 2007, trabajó sus imágenes en sesiones con modelo o a partir de fotografías, alrededor de las cuales elaboró los cuadros: óleos sobre madera en los que su neurosis realista por entender la piel, las texturas y la expresión de sus modelos acabó por darle también representaciones sicológicas con las que no contaba. De pronto la gente le decía que percibía el carácter singular e interior de los personajes en sus pinturas, y ella se preguntaba cómo la exterioridad trazada con minucia y desarrollada en claroscuros les sugería a otros características menos materiales y más subjetivas que las de la epidermis, y cómo le permitía entregar emociones completas, casi personas completas, a partir de un breve atisbo de luz. De ahí su amor al Barroco, especialmente al Barroco español y latinoamericano, y al poder de iluminar desde la oscuridad, y de oscurecer lo que parece ser siempre brillante.

Así, el nivel técnico de la artista se ha convertido, a fuerza de ejercitarse, en un valor agregado en las representaciones de las que es capaz. Y no le sobra como bagaje para el desarrollo de su estilo, ni como un componente de legítima y bien ganada originalidad en un universo superpoblado, como el nuestro, de montajes en los que se enredan el alambre y el video, y de los que uno sale muchas veces preguntándose si el artista sabrá dibujar (y no es que importe, pero uno se lo pregunta).

?Para lo que sí le han servido los nuevos medios a Bossio ha sido para mover su obra y darse a conocer. La artista, que estudió tres años Artes Visuales en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá y acabó su pregrado en la Escuela Regional de Bellas Artes de Rennes, en Francia, ha ido acopiando sus propias bases de datos de contactos y amigos, con quienes poco a poco se ha ido formando un espacio de diálogo. Sus exposiciones, montadas en espacios no convencionales, salvo por una exhibición en la fundación Santillana y por las dos exposiciones que presenta actualmente en Skandia y en el Club El Nogal, la han obligado a moverse por su cuenta, a enfrentar bodegas desocupadas en dónde colgar sus cuadros, y a lograr el suficiente poder de convocatoria para engrosar el campo de su recepción.

Tiene 23 años y unos ojos dulces y una educación que les promete a los incautos una señorita que sabe tomar el té y vérselas con las tías y, sin embargo, los espíritus bienpensantes han tildado su obra de pedófila. Otros se han escandalizado frente a los cuerpos con que reflexiona, y se han alarmado con sus masas de color intranquilas. De alguna manera, sus pinturas y sus fotos tienen una preocupación que acaba por dejar ver que es tan arbitrario desvestir un cuerpo como vestirlo: ahí pone las líneas difusas que supone el control social y moral de la sexualidad y que imponen los rótulos violentos y políticamente correctos del género.

Bossio ignora las censuras con que Flickr amenzó su cuenta. Según el portal, el contenido de sus imágenes no es sano para todo tipo de observadores, por lo que la obligó a filtrar las imágenes de contenido polémico. Ella simplemente dejó de aportar material a este espacio. Bossio también ha dejado de lado el miedo de pensar si se podrá vender sus cuadros. Sabe que no todas las galerías son amigas de sorprender con tanta bravura a sus clientes. Bossio insiste en entregarse a su propio aprendizaje en la configuración de una fuerte voluntad de estilo y en el esfuerzo por no dejar de lado sus preocupaciones, quizá tan personales como los conflictos de cualquiera, y quizá ya capaces de hablar para otros ojos, diferentes de los propios. Los cuadros que exhibe en Skandia corresponden a su trabajo en Francia. Pero sin duda el talento de Bossio promete polémica de la que nos gusta: esa que roza lo escandaloso y acaba por hacer trizas alguna declaración de principios.

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