"Renault 12" de la Galería de Memoria "Somos Tierra".

Objetos que cuentan historias

Mayo es el mes de la Memoria en Bibliored. La Biblioteca El Tunal lo celebra con una desconcertante exposición que abre muchas preguntas.

2013/05/17

Por Laura Romero, Bogotá

En la amplia plazoleta a la entrada de la Biblioteca El Tunal, en la localidad de Tunjuelito, en Bogotá, un viejo Renault 12 color verde loro recibe a los visitantes. Sus rayones y abolladuras dan cuenta de largos años de recorridos. Con las llantas delanteras montadas sobre una plataforma, pareciera estar emprendiendo el camino cuesta arriba, si no fuera porque del capó abierto sobresale una enorme maraña de palma africana seca. En plena ciudad, el Renault 12 y la palma que carga cuentan una silenciosa historia que poco tiene que ver con lo urbano.

Esta es la primera obra de la exposición Somos tierra, realizada bajo la iniciativa de la Fundación Minga y la Fundación Manuel Cepeda, organizaciones para la promoción de los derechos humanos, en asociación con Agenda Caribe.

El texto que acompaña al Renault 12 explica que el montaje alude a la situación de los transportadores informales en el Magdalena, Cesar y Norte de Santander, quienes a pesar de la violencia en el cruce de caminos, ponen en riesgo sus vidas para transportar alimentos a sus comunidades o ayudar a las personas a huir del conflicto armado. La palma también tiene su explicación: muchas de las tierras despojadas a los campesinos por los paramilitares han sido sembradas de interminables hileras de palma africana para producir agrocombustibles, un negocio rentable y barato que requiere paciencia y muy poca mano de obra.

Ya dentro de la biblioteca, la exposición continúa su inquietante narrativa: una estatua de un metro de la Virgen María, vestida con el icónico traje largo blanco y el manto azul, ha perdido de manera violenta la mitad superior, que se descompone en un montón de añicos sobre una pared blanca tras la figura. El texto que la acompaña cuenta que los paramilitares que dominaban Tibú y el Tarra, en el Catatumbo, instalaron en la plaza una virgen que fue decapitada por la gente del lugar. Y esto a pesar de que esa misma virgen era también objeto de devoción para el pueblo. La estatua decapitada adquiere entonces para quien la mira un poderoso simbolismo: se convierte en el acto supremo de rebeldía, una protesta triunfal ante el intento de apropiación de algo sagrado por parte del paramilitarismo.

Herida, una delgada balsa de madera de casi tres metros de largo, rellena de tierra y cubierta de cal y de claveles rojos, es otra más de las obras expuestas, que evoca la muerte y los ritos fúnebres. Luego, “Nidos” reúne nidos de gallinas, un pilón –la herramienta para descascarar el maíz y el arroz– y una artesa para amasar las arepas, que representan la vida cotidiana y el trabajo perseverante de los campesinos.

Si bien todas las obras están acompañadas de un texto curatorial, el nombre del artista no aparece por ninguna parte. Hay que buscar un folleto explicativo en el que finalmente se puede leer, tras los agradecimientos, en letra pequeña, una ficha que reza “Coordinación artística: Francisco Bustamante”.

Pero ¿es él quien concibió las obras? ¿Es él el creador? ¿Es él el artista? Francisco Bustamante dice que no. La exposición es el resultado de un trabajo colectivo. Tras dictar talleres a las víctimas del conflicto armado y a la gente que vive en la región de Montes de María –en Bolívar y Sucre–, y en el Catatumbo –en Norte de Santander–, fue la misma gente la que identificó los objetos que para ellos lograban representar su identidad, su historia, su narrativa. El artista, en este caso, no es más que un catalizador de las ideas de la comunidad: su nombre desaparece, como desaparece la idea de una técnica personal. Bustamante simplemente reúne los símbolos que la comunidad desarrolla en los talleres, en un intento de entablar un diálogo entre las víctimas y la sociedad y reconstruir la memoria del conflicto. De eso se trata: de un “acercamiento para romper el silencio” a través de recorridos por los lugares emblemáticos de la región y del trabajo reflexivo de la gente.

Bustamante asegura que la exposición no pretende documentar el conflicto, como tampoco exponer explícitamente el horror de la violencia. Pero sí busca dar voz y visibilizar a las víctimas. “Más allá de una narración histórica o de rescatar lo brutal e indiscriminado del conflicto, la galería busca resaltar la dignidad de las víctimas”, dice Bustamante. Somos tierra, el título de la exposición, es de por sí bastante ilustrador en el intento de reafirmar una identidad y poner en primer plano una voz que parece hablar desde la lejanía para decir “aquí estoy, existo y soy de esta forma”.

No cabe duda de que es una exposición cargada de peso político. Los textos que acompañan las obras son explícitos y no dejan mucho lugar a la libre asociación: le indican a quien los lee cómo debe interpretarse la obra.

¿Es, entonces, este montaje, arte verdadero? “Cuando se determina que un símbolo solo significa una cosa o ante el exceso de literalidad, la representación pierde fuerza y se esconde la complejidad de lo que se quiere comunicar. En el caso de la guerra se acaba por esconder sus resistencias y transformaciones”, dice el crítico Lucas Ospina.

La pregunta sobre cómo transformar la tragedia en arte había sido ya planteada por el escritor Julian Barnes en su artículo sobre La balsa de la Medusa, célebre pintura de Théodore Géricault, en el que reflexiona sobre la necesidad de “buscar algo que está más allá de la simple compasión e indignación”, pues la obra de arte que sobrevive es “aquella que perdura más que su propia historia”.

La mirada de esta exposición muestra a las víctimas como un otro marginado. Le da voz a las víctimas y las hace visibles pero vale la pena preguntarse con Lucas Ospina: ¿hasta qué punto las víctimas quieren seguir siendo llamadas víctimas? ¿Posicionar en el rol de víctima no es igualmente violento? Quizás seguiremos manteniendo en el margen a aquellos a quienes llamamos víctimas mientras el único punto de contacto sea el artificio de una representación que tiene decidida su lectura de antemano.

 O quizás poco importa si se llama arte o no, y esta exposición es un poderoso ejercicio terapéutico en el que la creatividad y la imaginación de una comunidad ultrajada por la guerra logra encontrar un lenguaje para comunicarse con aquellos que, en un país desdeñoso y fracturado, nunca han querido oírlos. |

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