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¿Para qué diablos sirve la crítica de arte?

La crítica de arte parece haber perdido credibilidad. En Colombia, por lo menos, se la ve cada vez menos en periódicos y revistas. ¿Qué le pasó? Arcadia les preguntó a tres expertos españoles que estarán en Medellín a principios de abril para hablar de eso: el estado de la crítica. Tres puntos de vista (el crítico, el periodista y el teórico) sobre un trabajo al que pocos se le miden.

2010/03/15

Por María Alejandra Pautassi

El crítico: Fernando Castro Flórez

Es blogger a pesar de sí mismo (en diciembre del año pasado prometió dejar de escribir, pero su blog se sigue actualizando) y una de las voces más mordaces, directas y punzantes en el mundo del arte español. Es crítico de arte del ABC Cultural, miembro del consejo editorial de varias revistas especializadas, teórico –tiene dos libros publicados–, y es profesor de Estética en la Universidad Complutense.

¿Cree que el crítico de arte debe hablarles a las masas?

No creo que el público sea algo así como la “masa”. En realidad, hay públicos, en plural, personas con conocimientos de distinto nivel y, sobre todo, diferentes inquietudes y pasiones. El crítico debe buscar a sus lectores, intentando, como pedía Baudelaire, ser parcial, apasionado y político. Si intentamos hablarles a todos terminamos diciendo palmarias obviedades.

¿Usted cree que la entrada a los museos debería ser gratuita?

Estoy totalmente convencido de que los museos de titularidad pública deberían ser gratuitos, especialmente porque generalmente se mantienen gracias a los presupuestos del Estado. Además, su principal función debe ser la educativa y prescindir de ese filtro económico.

David Rimanelli, editor de Art Forum, dice: “En mi opinión, cuando un crítico de arte respalda a un artista, se convierte en una herramienta de marketing”...

No estoy para nada de acuerdo. Puede que el que la pronuncia se tome a sí mismo por un propagandista, pero, en mi caso, tan solo doy mi opinión e intento argumentarla. Me dedico a la dimensión teórica del arte para evitar ser parte de otros ámbitos del mercado.

Damien Hirst formó parte del grupo de inversionistas que compró su obra For the love of God. ¿Qué opina al respecto?

Creo que ese artista es el perfecto ejemplo de todo lo que no me interesa. Hirst es marketing en estado puro, un producto apoyado por un publicista y, lo peor de todo, un maestro de la banalidad. Lo único que hace bien es vender humo y, por eso, no me extrañó que formara parte de la campaña de generación de plusvalías de su propia obra.

¿Lo entusiasma la producción de las nuevas generaciones de artistas en el Viejo continente?

Me gusta esta paradoja de nuevo-viejo que presenta la pregunta. Creo que en Europa y en Estados Unidos el talento escasea. Siento mayor atracción, desde hace años, por lo que hacen los artistas latinoamericanos, que no son tan manieristas ni tan estrategas, en términos generales. Encuentro mucha más energía y radicalidad en creadores “periféricos”.

¿Teórico, crítico, o no hay diferencia?

Pueden cohabitar sin asesinarse. Con todo, el crítico actúa atado a los acontecimientos y, sobre todo, espoleado por la prisa mediática. El teórico es un corredor de maratón que incluso puede tomar la decisión de seguir corriendo, aunque sea a paso más lento, para llegar a la meta.

¿El nuevo turismo artístico ha desplazado al crítico?

El mismo crítico, como el curador, forma parte de esa movilización total del turismo. La industria turística transforma no solo el papel de la crítica sino la estructura esencial del mundo.

Usted es muy crítico del establishment artístico. Pero ¿no cree que usted acaba formando parte de él?

Soy una parte de la salsa del guiso. Y me gusta pensar que mi estructura es la de la pimienta. Otros dirán que no llego ni a la condición de crema o que en realidad soy grasa. Aprendí, cuando era estudiante de Filosofía, que la crítica debe ser inmanente. No me gusta el misántropo ni el resentido; abomino la cultura de la queja y, especialmente, los discursos que meten miedo desde la tonalidad apocalíptica. Creo que con un poco de humor podemos afrontar el reto de la crítica que es algo tan sencillo como decir lo que se piensa sin hacer concesiones.

 

 

La periodista: Laura Revuelta

Aunque empezó como redactora del ABC Cultural, ha sido colaboradora de revistas especializadas como Salón Kritik, conferencista y, durante los últimos cinco años, jurado del Premio ABC, uno de los más importantes en España y Europa.

¿Hay que ser un erudito para hablar de arte?

No hay que ser un erudito, pero tampoco todo lo contrario. Es necesario tener conocimientos para que la opinión esté avalada y no se confunda con el mero gusto personal. También hay que tener un riguroso conocimiento de lo que se habla, pero no hay que utilizar esta “virtud” como arma arrojadiza contra nuestros interlocutores para que la comunicación se convierta en un ejercicio fallido y unilateral.

¿Se puede hacer una “crítica práctica”, dirigida al público general, si los conceptos del arte hoy en día son tan complicados?

No solo se puede sino que se debe. Por eso comentaba que es necesario saber y entender de lo que se habla, ya que como críticos tenemos la obligación de transmitir nuestros conocimientos y criterios que se apoyan en los mismos. 

¿Usted cree que la entrada a los museos debería ser gratuita?

Creo que es una buena medida, sobre todo para acercar el arte contemporáneo al público en general. Todas las decisiones en este sentido son positivas.

David Rimanelli, editor de Art Forum, dice: “En mi opinión, cuando un crítico de arte respalda a un artista, se convierte en una herramienta de marketing”...

Sí, estoy de acuerdo con esta afirmación, pero ha sido así siempre. Tal vez ahora con mayor incidencia, dado el poder de los distintos medios y portales de comunicación. De igual modo, los curadores también repercuten en la valoración de un artista determinado. Lo hacen con el poder de decisión que tienes de incluir o no a un artista en una de sus exposiciones. Evidentemente, la opinión crítica puede y debe repercutir, para lo bueno y para lo malo, en la carrera de un artista en concreto.

Damien Hirst formó parte del grupo de inversionistas que compró su obra For the love of God. ¿Qué opina al respecto?

Esta es la metáfora perfecta de la perversión del arte contemporáneo.

¿Qué legitima una obra de arte hoy: la crítica o el mercado?

Depende de para quién y para qué. El mercado hoy ha cobrado una especial relevancia, pero es la crítica la que debe recolocar las cosas. Separar el grano de la paja. No dejarse obnubilar por el resplandor de las cotizaciones del arte contemporáneo. Al menos, esto es lo que debería hacer el ideal al cual aspiramos.

¿Cuál es el papel de los medios de comunicación masivos en el arte?

Debería ser el de la divulgación desde la crítica. El de acercar, hacer más comprensibles las complejidades del arte contemporáneo al público, no solo más especializado sino también al que pudiéramos llamar o considerar como profano.

¿La pintura morirá con las nuevas tecnologías?

La pintura no muere sino que se transforma. Hay muchas maneras de pintar o de aplicar los modos de la pintura a través de las nuevas tecnologías. Además, hoy por hoy no existen distinciones de géneros.

 

 

El teórico: Alberto Ruiz de Samaniego

Cuando lo encargaron del Pabellón de España en la última Bienal de Venecia, el diario El País de Madrid dijo que era “más profesoral y especulativo que un comunicador pragmático”. Referencias a Heiddegger, Nietzsche y Adorno salpican sus textos, y en definitiva, es el más académico de los tres. Es doctor de Filosofía de la Universidad de Vigo y profesor de Estética allí mismo, ha publicado varios libros y escribe principalmente en revistas especializadas.

¿Usted cree que el crítico de arte debe hablarles a las masas?

Conviene pensar que la crítica no es una labor negativa: la idea principal es la de poder crear y compartir espacios, entender los criterios del otro, proponer los propios, conversar.

¿Usted cree que la entrada a los museos debería ser gratuita?

Es una pregunta a la que no se puede responder de modo genérico. Habría que analizar el contexto en que se sitúa cada museo, cuál es, asimismo, su dinámica de trabajo, su operatividad comunicativa y social. En fin, su ubicación geopolítica. No es lo mismo tener un museo en un pueblo de Colombia que en París.

David Rimanelli, editor de Art Forum, dice: “En mi opinión, cuando un crítico de arte respalda a un artista, se convierte en una herramienta de marketing”...

Las obras de arte no necesitan llevar escritos que las avalen. El trabajo del crítico tiene que ser el de proponer y cuidar el espacio de encuentro, de diálogo, de disensión con el público. Si la propuesta de un artista es acertada y fuerte, no hay que preocuparse, será el mercado y las estructuras expositivas las que se modificarán, como ya ocurrió con la fotografía, las instalaciones o las performances.

Damien Hirst formó parte del grupo de inversionistas que compró su obra For the love of God. ¿Qué opina al respecto?

Es una información que me deja por completo indiferente.

¿Qué legitima una obra de arte hoy: la crítica o el mercado?

El valor de mercado existe, pero no puede ser ni el único ni el más elevado de los componentes de una obra. La crítica influye en el modo de hacer más intensas las lecturas de la obra. El crítico aporta un punto de vista más sin imponer situaciones desde dinámicas de poder.

En el diario El País se dijo que usted es “más profesoral y especulativo que un comunicador pragmático”. ¿Qué debe ser un crítico de arte?

El crítico es quien reconstruye en otro proceso la vitalidad generativa de una obra. No es necesario ser un periodista ni, por supuesto, un vocero, sino tan solo corresponder a una obra en la densidad de experiencia que contiene, o incluso ampliar las lecturas del mundo que ofrece. Reducir y comentar sus contenidos será siempre un empobrecimiento. Toda simplificación es odiosa, tanto en el arte como en su disfrute.

¿Se puede acceder al arte sin bagaje teórico?

Ya no nos podemos permitir ser ingenuos. Pero me interesa, en este punto, tratar de pensar en la posible instrumentalización de este tipo de propuestas. Posiblemente, la pregunta fundamental ante la obra de arte ya no sea la de su condición de verdad, sino la de su posibilidad de colocación y venta. Podemos también preguntarnos en qué medida esto ha eliminado toda posición ideológica, convirtiendo la práctica del consumo en la única y perversa ideología dominante.

Las bienales hoy en día son: ¿arte, mercado o generadoras de turismo artístico?

Ese es un proceso que ya fue analizado con lucidez por Adorno y Horkheimer en su Dialéctica de la Ilustración, y lo caracterizaron bajo la expresión, ya conocida y peyorativa, de la industria cultural. Las bienales tienden a ser grandes espacios con sus múltiples –y a menudo no reconocidas– operaciones político-financieras. Es evidente que desde esta perspectiva las obras de cultura se utilizan más que nada para validar otros intereses no específicamente artísticos.

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