Fuente desviada de Rafael Ferrer.

Protestar con arte

Desde el Museo del Barrio de Nueva York, llega a la sede de Bogotá del Banco de la República una exposición que documenta cuatro décadas de performance político en América Latina.

2011/01/25

Por Micah Malone

Las exposiciones sobre hechos históricos pueden ser un hueso duro de roer; no es cosa fácil transportar a un espectador a un suceso del pasado a través de documentos, sin que éste pierda la capacidad de apreciar su contexto y significado. La tarea puede llegar a ser monumental para artistas y también para curadores. Y es que en años recientes, acciones y performances han sido grabadas de una manera tan profesional y especializada que casi parece la producción de una película de cine. Pulcras fotografías a todo color, videos de alta definición y proyecciones fílmicas impecables con frecuencia dejan a veces en segundo plano el performance original que pretenden registrar. Con frecuencia, el infortunado resultado de esto son readymades hechos de manera exclusiva para galerías y museos. Por eso es bueno saber que la exposición “Arte no es vida: acciones por artistas de las Américas, 1960-2000” no incluye obras que impliquen este tipo de producción a gran escala.

 

Esta extensa exposición incluye a más de cien artistas y colectivos de Sur y Centroamérica, Cuba, Puerto Rico y República Dominicana, quienes trabajararon en sus propios países, en Estados Unidos o en Europa. Ayudados de fotografías granuladas en blanco y negro, de objetos triviales y secuencias inestables de video, la exposición resalta el trabajo de artistas que fueron capaces de proponer enfoques novedosos, informales y poco pretenciosos, para documentar acciones muy ambiciosas.

 

Si bien la muestra cuenta nombres conocidos como Félix González-Torres, Alfredo Jaar, Helio Oiticica, Santiago Sierra, Ana Mendieta y Lygia Clark, el grueso de sus artistas serán una novedad, incluso para los más entendidos. El principal argumento de la curadora Deborah Cullen para justificar la muestra es que, a pesar de los entornos tan díficiles en que muchos de estos artistas vivieron, de todas formas hay una barrera inexorable entre sus padecimientos y el arte que en medio de ellos produjeron. Bebiendo de aquellas estrategias del arte conceptual norteamericano y europeo que clamaba por des-enfatizar el objeto artístico a favor de gestos temporales, los artistas de “Arte no es vida” intentaron cimentar sus actos en medio del clima político presente en sus respectivos lugares de origen, mientras que sus pares neoyorquinos se mostraban más bien inclinados a producir trabajos autoreflexivos en los que cavilaban sobre la naturaleza del arte en sí.

 

Porque insistir en la acción sociopolítica con frecuencia puede parecer propaganda política en contraposición al arte. Sin embargo, un comentario así se torna francamente irrelevante cuando la acción en cuestión tiene una fuerza política latente tan mordaz como del Siluetazo. Trabajando en Argentina durante la “Guerra Sucia”cuando la violencia originada desde el estado cobró la vida de 30.000 personas a finales de la década de 1970 y comienzos de la de 1980, este colectivo dibujó sobre papel miles de siluetas de cuerpos que luego pegaban en las plazas públicas de muchas ciudades. Eran siluetas que representaban a los “desaparecidos”, ese eufemismo con el que se aludía a toda esa gente perdida que, según el gobierno, no estaba ni viva ni muerta. Las fotos en blanco y negro muestran activistas produciendo los dibujos, e incluyen una particularmente inquietante en la que se ven dos policías de pie frente a una serie de siluetas ya instaladas.

 

Pero también hay aproximaciones más ligeras al tema. Un grupo de artistas y críticos cubanos que se autodenominan “Todos Estrellas” conformaron un equipo de béisbol como reacción a las frecuentes interferencias en la vida cotidiana del régimen opresor de Castro. Gratamente desprovistas de la menor afectación, las cinco fotos en blanco y negro entre las que se cuenta una del equipo entero y otra que retrata un pasaje de un partido en 1989, se hacen subversivas justo por lo que no registran: la capacidad o la energía que, en efecto, implica poner en entredicho un poder autoritario. También resulta muy gracioso el esfuerzo que hace Rafael Ferror por re-direccionar en 45 grados la trayectoria del chorro de una fuente pública. El pie de foto señala que sentarse sobre la fuente fue el más eficaz y sencillo método para lograr el cambio de dirección del agua.

 

A lo largo de la exposición se ven proyectos con propósitos al parecer indefinidos, respaldados por una documentación que plantea un paralelo definitivamente no líneal. Varias de ellas presentan una sorpresa visual que a su vez suscita una curiosidad también indefinida. Tal el caso de las acciones de Alfred Wenemoser, “Ida Pingala”, en las que miembros de su auditorio se ponen unas máscaras y parecen hacer parte de algún ritual muy elaborado. Los confundidos y casi diríase horripilantes participantes enmascarados, quizá constituyen la imagen visual más emocionante de toda la exposición. Lo mismo ocurre con las imágenes de la enigmática orquestación de Jacobo Borges, “Imagen de Caracas”, en la que innumerables artistas, músicos y cineastas produjeron un happening que duró 20 días antes de que la policía lo clausurara y que es un verdadero tour de force de acción visual.

 

Si bien entender la logística tras los eventos arriba mencionados nos puede parecer innecesario o que no viene al caso, otros trabajos ofrecen una documentación pragmática para ilustrar un guión más bien conciso. Por ejemplo, Silvano Lora talló a mano una canoa a partir de un árbol recién talado y navegó a flote desde República Dominicana hasta Cuba, imitando así el viaje realizado por el líder indígena Hatuey, quien dirigió un levantamiento contra los conquistadores españoles. Las fotografías registran, con lujo de detalles, el árbol antes y después de que el grupo lo derribara, el proceso posterior de la talla y su final lanzamiento al mar. La artista guatemalteca Regina José Galindo aparece representada en dos performances, en uno de las cuales se la ve vestida de negro, en la acera de una calle, alzando una palangana llena de sangre: “¿Quién puede borrar las huellas?” fue la consigna de la protesta de la artista en contra del antiguo dictador de Guatemala, José Efraín Ríos Montt, que consistió en una caminata de la artista del edificio del Congreso de Guatemala al Palacio Nacional al tiempo que remoja de vez en vez sus pies en la sangre de la palangana dejando las huellas a su paso. Da escalofrío pensar en el efecto desconcertante que la sangre fresca debió causar.

 

Si bien el grueso de estas acciones ocurrieron en un lugar y tiempo específicos, unas cuantas más en realidad están seriadas. La chilena Lotty Rosenfeld utiliza una cinta blanca para convertir en cruces las líneas que demarcan los carriles de las calles. A lo largo de los años sus cruces han venido apareciendo en Santiago, Cassel, San Juan, La Habana y Washington DC. Cabe decir que, si bien tal acción durante la dictadura de Pinochet debió tener un efecto poderoso, su continuado empeño ahora parece más próximo a lo que podríamos denominar como un trabajo de carácter puramente artístico. Y lo mismo puede decirse del trabajo del argentino Nicolás García Uriburu, quien viene tiñendo distintos cuerpos de agua de un verde eléctrico desde hace ya varias décadas. El logotipo comercial que aparece en la página web del artista muestra al artista con su balde diseminando su proverbial verde y dice mucho sobre su búsqueda de una marca que lo identifique.

 

El método al que recurren y el foco de atención por el que optan los artistas que documentan acciones en vivo, en últimas nos dice para quién fue hecha la obra. No sorprende, por tanto que, aquellos preocupados por dejar un legado, su legado, encuentren maneras de hacer “obra” con cabida en cualquier parte del mundo. Sea como sea, los mejores de estos trabajos dejan registro de acciones que, aún siendo meros documentos, se sienten urgentes, necesarias y absolutamente específicas en lo que concierne a su época y región de origen. Quizás el arte en efecto esté separado de la vida, pero igual puede provocarla, instar a la reflexión y brindar una dimensión crítica sobre lo que la vida fue y es en determinados lugares del mundo.


¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.