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Puro cuerpo

Lo que empezó como un experimento artístico se convirtió en un fenómeno de masas. El fotógrafo estadounidense es un agitador social que ha desnudado a miles de personas alrededor del mundo. El popular fotógrafo habló en exclusiva sobre los secretos de su obra.

2010/03/15

Por Felipe Restrepo Pombo

A lo largo de su vida, Spencer Tunick ha desnudado a unas 150.000 personas. Una cifra envidiable que pondría a fantasear a más de un morboso. Pero cuando le pregunto cuál de todos esos cuerpos es el más bello que ha visto, no duda en responder: “El de mi esposa”. Y para probarlo saca un iPhone de su bolsillo y me enseña una serie de fotografías de su mujer desnuda: en la cocina, en el jardín y en el baño de su casa. Ella posa con una candidez desconcertante y él muestra las fotos sin ninguna prevención. Porque para Tunick el cuerpo dejó de ser algo prohibido hace mucho tiempo.

Después de eso pide un café. Estamos en la terraza del hotel Sheraton del Centro Histórico de Ciudad de México. Le pregunto —arriesgándome a que me muestre fotos suyas— si le gusta posar desnudo. Dice que sí ha estado frente a una cámara, pero que espera que nadie vea esos retratos jamás. Descanso con su respuesta.

¿Prefiere fotografiar hombres o mujeres?

Trato de trabajar más con mujeres. Creo que es una cosa de atracción natural. Aunque disfruto mucho fotografiando hombres y a veces desearía solo trabajar con ellos. Pero siento que en la sociedad en la que vivimos, las mujeres están más acostumbradas a posar desnudas.

¿Por qué es más común el desnudo femenino?

Las mujeres están más cómodas con su cuerpo y posan con más tranquilidad. No es una situación que tenga que ver conmigo, es algo que siempre ha ocurrido en la historia del arte. Eso con respecto a los retratos individuales. En los de grupo por lo general hay una mayor cantidad de hombres. No muchos más: el 60% de los participantes —porque no me gusta llamarlos modelos— son hombres.

¿Por qué la desnudez sigue siendo un delito en algunas sociedades?

No lo sé. Yo no estoy particularmente a favor del nudismo. Pero tampoco a favor de la represión. Solo creo que debe haber un lugar, un momento y una manera para quitarse la ropa.

¿Siente que ha contribuido a que el desnudo sea menos escandaloso?

Sí, pero no soy el único. Muchos artistas se han arriesgado antes que yo —en condiciones más adversas— y han logrado que el cuerpo deje de ser un tabú.

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Tunick es uno de los artistas más populares del planeta: a los 41 años ha hecho instalaciones en varias capitales. Todos quieren aparecer en sus fotografías pues saben que se trata de algo histórico. Porque más que un artista, es un fenómeno social.

Pero no por eso es un tipo pretencioso. Al contrario, más que la fama le preocupa otra cosa: su figura. Durante nuestra charla, su asistente, una morena llamada Ashanti, se acerca y le enseña un diario en el que aparece una foto de él. Tunick se queda mirando su propia imagen y sonríe. “Me veo bien, delgado. Por lo general parezco una mezcla entre Adam Sandler y Pedro Picapiedra. Mándale la foto a mi esposa para que se la muestre a sus amigas”, le dice a Ashanti.

Me fijo entonces en su cuerpo. En su adolescencia fue deportista: jugó básquet y fútbol. Pero de su pasado atlético queda poco y le sobran varios kilos.

¿Por qué cree que a la gente le gusta desnudarse frente a su cámara?

Quiero pensar que lo hacen porque quieren hacer parte de mi visión artística. No creo que sea una excusa para quitarse la ropa en un lugar público. Creo que hacen una comunión con mis ideas y que quieren decir algo a través de su cuerpo.

¿Le molesta la interpretación sexual de su trabajo?

Creo que algunos de mis trabajos son sensuales, pero no sexuales. No creo que en el trabajo que yo exhibo haya necesariamente una invitación al deseo. Eso depende del espectador: con lo que cada uno quiere ver. Eso sí, estoy seguro de que la gente que participa en mis instalaciones no lo hace con una motivación sexual. Por ejemplo, hace poco un hombre que participó en uno de los desnudos grupales me dijo que no había mirado a ninguna de las personas a su alrededor. Que todo el tiempo observó el brazalete azul que una mujer llevaba en su tobillo.

¿Por qué cree que la gente se sigue incomodando frente a la desnudez?

Hay quienes creen que el desnudo nunca debería ocurrir y que lo relacionan con lo criminal, lo inmoral y lo violento. Y hay otros que asocian el desnudo con la vida, el amor y el futuro. Ya sabe en qué bando estoy yo.

¿Lo afectaron las imágenes de torturas en Abu Ghraib?

Sentí que era la prueba de que la posición de un cuerpo, cuando está desnudo, puede tener una cantidad enorme de significados. Y que todavía esto nos afecta. Me gustaría saber si esos soldados conocían mi trabajo. Si lo hubieran visto, tal vez pensarían que mis instalaciones —con cuerpos desnudos y apilados juntos— eran muy similares a las suyas.

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Cuando era estudiante de artes, en el prestigioso Emerson College de Boston, Tunick empezó a interesarse en el rock. Sobre todo por un movimiento que apenas nacía al otro extremo de su país, en Seattle: el grunge. El joven se transformó en un fanático del sonido oscuro y distorsionado de bandas como Nirvana y Pearl Jam. Y confiesa que el grunge ha sido una de sus grandes influencias artísticas y que todavía permea, de diferentes formas, su obra.

Después de terminar la universidad, en 1992, se instaló en Nueva York con una idea en mente: fotografiar gente desnuda en lugares públicos. Para eso se especializó en el Centro de Fotografía de Manhattan. En 1994 hizo su primer desnudo grupal: retrató a 28 personas frente al edificio de la ONU. Pero no fue un inicio fácil. En 1999 fue arrestado por tratar de fotografiar a 150 personas en Time Square. En esa ocasión pasó un par de horas en la cárcel. Desde entonces ha sido arrestado otras cinco veces en condiciones similares.

Al principio fue censurado e incluso lo arrestaron. Ahora las cosas son diferentes: las autoridades lo ayudan a hacer su trabajo. ¿Cómo logró este cambio?

En algunos proyectos las autoridades me han ayudado, es cierto. Pero en otros no: todavía tengo que repartir muchos cigarrillos por ahí y, a veces, tengo que dar dinero. Creo que el riesgo sigue existiendo, pero el hecho de que mi trabajo ya se conozca me ayuda para que las cosas se solucionen más fácilmente. Y siempre lo digo: uno o dos días en la cárcel no son un precio tan alto a pagar a cambio de la libertad creativa.

¿Un desnudo es multitudinario es menos transgresor que uno íntimo?

Cuando uno reúne a mucha gente desnuda obliga al público, incluso al más conservador, a cuestionarse sobre el cuerpo. Y a relacionar el cuerpo con la naturaleza. Cuando hay tanta gente junta, el cuerpo se convierte en un elemento más del paisaje. En cambio, cuando hay una o dos personas, inevitablemente se asocia con la parte sexual.

¿Cómo pone en escena sus instalaciones?

Quiero encontrar la capacidad de cada cuerpo para contar una historia. Es una suerte de narración abstracta. Una escena en la que hay que fijarse en varios elementos: la conexión que hacen los cuerpos con la locación y el ambiente que se crea. De tal forma que al mirar la fotografía, esta te lleve a otro lugar, te cuente una historia.

¿Piensa en el trabajo de otros artistas que han hecho desnudos mientras planea sus instalaciones?

Me gusta pensar que en mi obra hay algo de Francis Bacon, y un poco de Yves Klein y Rebecca Horn. También admiro y disfruto el trabajo de Matthew Barney.

Creo que usted y Damien Hirst son tal vez los artistas que hoy en día están más presentes en la cultura popular, ¿se siente cercano a él?

Él es un rock star, sin duda. Se lo voy a poner de esta manera: si fuéramos músicos él sería Madonna, mientras que yo sería un desconocido cantante de folk. Y bueno, él es un multimillonario, mientras que yo no lo soy. Pero aparte de eso, creo que tiene un don para comunicarse y hacer que la gente admire su arte.

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El proceso para participar en una instalación de Spencer Tunick no es sencillo. Una vez se anuncia la convocatoria, la gente debe inscribirse a través de una página web. Ahí deben dar sus datos personales y demostrar que son mayores de edad. Luego, si son seleccionados, deben presentarse en la locación, por lo general a una hora inusitada. Después deben pasar varias horas desnudos, siguiendo instrucciones, rodeados por desconocidos y en posiciones absurdas. No reciben más pago que una copia de la fotografía que llega unos meses después por correo.

En un principio podría pensarse que pocos están dispuestos a pasar por esos trámites. Pero la realidad es otra. En Barcelona, en 2003, se presentaron 7.000 personas; en Montreal, en 2007, se presentaron 5.000; en Ciudad de México, también en el 2007, se presentaron 18.000, por sólo mencionar algunas. Así que algo debe estar haciendo bien.

Desde enero pasado, Tunick cambió de estilo y se concentró en hacer retratos más íntimos, con uno o dos modelos nada más. A partir de ese trabajó montó una muestra titulada Citadinos.

¿Cuál es la diferencia entre sus anteriores muestras y esta?

Esta es una muestra diferente pues la preparé con más tiempo y seleccioné con mucho cuidado a cada uno de los participantes. Con esos parámetros en mente armé un conjunto más personal. Mi idea en estas fotos es estar en contacto con la gente, pasar tiempo con ellos y llegar a conocerlos.

¿Qué tanto se relaciona con la gente que aparece en sus instalaciones individuales?

Trato de tener un contacto con cada uno. Pero prefiero que sean ellos los que se acercan a mí y me cuenten algo. Hay algunos que son más callados y no hay mucho que yo pueda hacer. Otros, en cambio, son mucho más abiertos y me invitan a fiestas o incluso a visitar su casa.

¿Se ha encontrado con personajes muy extraños?

Sí, sin duda. Una vez conocí a un hombre que se hace llamar el ‘Señor Orgía’, pues cada vez que va a una fiesta por alguna razón termina ocurriendo una orgía. He visto toda clase de personas: me gusta pensar que siempre hay historias detrás de estos desnudos.

¿Cuál ha sido el lugar más difícil para trabajar?

Ciudad de México, por los trámites y por la cantidad de gente. Pero también es una de mis locaciones favoritas.

¿Le gustaría trabajar en Colombia?

Me encantaría. Pero tengo que ser invitado por una entidad cultural, no por una empresa. Basta con que alguien en el mundo cultural se interese. Colombia es tal vez el lugar en el mundo en el que más quiero trabajar. Pero ninguna institución cultural me ha invitado formalmente. Y es una lástima, porque se podría hacer una gran foto allá: por lo que he visto, la gente es hermosa.

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