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Puro reciclaje

Dos muestras que se exhiben actualmente en el MAMBO y en la Galería Santa Fe sirven para preguntarse por los nuevos valores del arte joven. Si al principio del año el Premio Botero causó polémica, este final de 2006 se cierra con una pregunta: ¿Hay una exaltación de lo joven en el arte colombiano?

2010/03/15

Por Humberto Junca

Dos grandes exposiciones colectivas cierran el año en la capital: el proyecto “Crtl+Alt+Supr”, que da cuerpo al XIII Salón Nacional de Artistas Jóvenes en la Galería Santa Fe en el Planetario de Bogotá, y la IX Bienal de Arte de Bogotá, en el Museo de Arte Moderno. Separadas apenas por unas cuadras, estas dos exhibiciones se confunden o, más bien, parecen ser la misma; comparten artistas y señalan lo que ha sido un común denominador en este último año: el uso de proyectos curatoriales (en vez de la convocatoria directa a los artistas) y la presencia en el gusto de la institución del arte más joven (aún no graduados y/o pertenecientes a otras disciplinas). 

Hace unos años los parámetros curatoriales de la orgullosa y madura Bienal de Bogotá eran muy diferentes al descomplicado y jovial Salón de Arte Joven. Ya no es el caso. Pero esta homogenización no se dio de la noche a la mañana. Repasemos. La invitación abierta a artistas para participar en los salones ha sido discutida a lo largo de las dos décadas pasadas, a propósito de lo visto tanto en los Salones Regionales como en el Salón Nacional de Artistas. Éstos terminaban siendo un revoltijo sin pies ni cabeza, una sumatoria caprichosa de obras a veces tan disímiles que se anulaban unas a otras ante los confundidos espectadores. Estos desencuentros llegaban al tope en el Salón Nacional, evento realizado con “los mejores” participantes seleccionados de cada uno de los Regionales del año anterior. Las diferencias entre los productos de las regiones, sus temáticas, técnicas e incluso “tiempos” eran a veces cómicas y a veces dramáticas. Surgía la pregunta ¿cómo presentar en un evento la pluralidad de la producción nacional, sin ser paternalistas, ni peyorativos, sin pecar de regionalistas o centralistas? ¿Cómo articular tal variedad sin quitarle importancia a nadie, sin privilegiar sólo a unos, sin terminar con una abrumadora sumatoria de pinturas, objetos y fichas técnicas que hablan a la vez, sin que se pueda escuchar nada? Y es que lo que se ha buscado siempre es que el Salón sea inequívocamente nacional, entendiendo “lo nacional” como algo puro, comprensible, ordenado; plural pero unificado; progresista pero a la vez reflejo de las tradiciones; abierto al mundo pero celoso de su propia identidad... es decir, un enredo sin pies ni cabeza. (Si no tenemos claro qué es lo nacional; menos vamos a saber cuál es el arte nacional.)

Así, para poner orden, el ministerio de Cultura tomó la decisión, en el cambio de milenio, de reemplazar los salones por cinco curadurías (fotografía y video, arte y cuerpo, arte objeto, dibujo y pintura y arte y moda) que revisaran el estado de las artes en las capitales más importantes del país: el Proyecto Pentágono. Como esta suspensión voluntaria de los salones originó un estado de emergencia y fuertes críticas (sumadas a la crisis presupuestal que sólo permitió realizar tres de las cinco curadurías), los Salones Regionales y el Salón Nacional regresan, como una derivación de Pentágono.

Para los últimos Regionales se convocó un concurso de curadurías entre artistas, críticos e historiadores capaces de proponer las obras participantes y de ubicarlas dentro de un conjunto nacional (o regional) actual, preciso y relevante. Pero en lugar de desmembrar las curadurías para armar un Salón Nacional, éste se reemplazó por la exhibición en Bogotá de las catorce muestras regionales (dos por región) montadas de manera independiente, a lo largo del año. El cambio fue notable, pues cada exposición conservó un espíritu y un tono bien particular, y su sumatoria mostró la pluralidad de miradas y tiempos que conviven en Colombia.

Pero no todos están contentos. Se entiende que un curador no sólo escoge un grupo de obras porque le parezca bueno; sino porque las organiza bajo una mirada, como ejemplos de algo que cree es importante para entender lo que somos y lo que hacemos. El único problema está en que el método curatorial no opera con generalidades, es reductivo. Pretende hacer notar características y fenómenos generales, en particularidades. Y como no todos pueden hacer parte, muchos artistas con hambre de protagonismo sienten un profundo malestar. Algunos se han puesto en la tarea de buscar el padrinazgo de un curador, otros intentan convertirse en curadores. Como sea, hoy la visibilidad de los participantes tanto de los Salones Regionales, como de la Bienal y del XIII Salón de Arte Joven depende de un jurado que escoge a un curador, que posiblemente lo escoja a usted. Sobre todo si usted es un artista joven.

Ya a comienzos del año hubo polémica. La segunda versión del Premio Botero galardonó a la joven Eva María Celín por unas pinturas sobre vidrio presentadas semestres atrás como su tesis de grado. La mayoría criticaba la juventud exagerada de la obra. ¿Cómo premiar con cien millones de pesos un ejercicio académico? ¿Por qué premiar a una artista carente de un proceso serio y avalado como profesional? ¿Por qué Celín participó con su tesis? ¿Acaso no ha hecho nada más? Por supuesto, lo que se premió en el Botero fue (además del uso de la pintura) la juventud, casi la inocencia. Notable fallo. Notable cambio. Antes, un artista se consagraba a punta de disciplina, de rigor, de madurez. Su “maestría” venía de la mano con la experiencia. Pero los tiempos cambian. Eso es obvio al visitar “Crtl+Alt+Supr”, la curaduría del presente Salón de Arte Joven que señala prácticas de reciclaje cultural, apropiación, sampleo y copy-paste, según el texto de sus curadores, el Grupo Reciclash, conformado por jóvenes artistas. 

De manera redundante, la mayoría de lo expuesto es una colección de imágenes urbanas de otros colectivos apasionados por el lenguaje gráfico de la publicidad y de los medios masivos: Excusado Print System, Visual Gore, Puro Morbo, Don Ramones, Popular de Lujo. De tal forma la exhibición parece ser una prolongación de la calle en cuanto homenaje al cartel, al afiche, a la calcomanía, al graffitti y al stencil. La nueva generación de artistas jóvenes difiere mucho de aquella de 1985, cuando Carolina Ponce de León dio inicio a su programa “Nuevos Nombres” en la Luis Ángel Arango, o incluso de la de 1991, cuando se llevó a cabo el Primer Salón Nacional de Arte Joven bajo la jefatura de María Elvira Ardila, en la División Cultural del IDCT. El artista joven de hoy es un coleccionista, un documentista, un copista de imágenes. Al trabajar con imágenes mediatizadas (que explican menos pero persuaden más) que hacen parte del mundo de los medios masivos y que están fuera del mundo artificial, pomposo y estéril de la galería y el arte, nos parecen efectivos y comprometidos. Lo que calcan, lo que coleccionan es “lo real”. Pensamos que le dan voz a lo crudo, a lo callejero; pero sólo están replicando las herramientas de control y de deseo con que nos alimenta “la nana tv”, para que consumamos sus productos. Sexo, violencia, juventud. Y como la mayoría de estas imágenes provienen del primer mundo, la desilusión es doble cuando se presentan sin cuestionamientos, sin ser contextualizadas.

Bueno, hay excepciones, como el karaoke participativo y barato de Los Rimembers, un grupo que tararea a capella los éxitos del rock a falta de guitarras y batería, haciendo dolorosa y ridículamente divertida la diferencia entre el producto gringo (colonizador) y la imitación colombiana (colonizada).

Si la palabra clave de la curaduría del XIII Salón de Arte Joven es “reciclaje”; el leit motiv alrededor del cual ocho curadores armaron la IX Bienal de Bogotá es “cohabitar”. Y es paradójico que la mejor pieza en exhibición, De nuestros hogares tan llamativos, de Andrés Matute, la obra que verdaderamente cohabita fuera del espacio del museo y que problematiza su inclusión en el artificial y estéril edificio artístico; éste es un proyecto que llega de rebote al ganar la VI Bienal del Barrio Venecia, en Bogotá. Matute realizó una convocatoria para grabar videoclips dentro de las casas del barrio. La música de cada video era una canción escogida por los habitantes de la casa. Dicha canción sonó de fondo mientras cámara en mano Matute grababa un plano secuencia del interior de la vivienda cerca a la fuente de sonido. Ni la canción, ni el contenido visual del video, ni su duración dependían del artista, sino “del otro”. Los videoclips (“Como abeja al panal”, “Sólo le pido a Dios”, “Atrévete”) están siendo transmitidos desde entonces por el canal comunitario del Barrio Venecia, como un verdadero ejercicio social que hace público lo íntimo, desmantelando el contenido espectacular y ajeno de canales como MTV, por ejemplo. Ya en el MAMBO, Matute enfatiza lo excluyente del espacio y su artificialidad al ubicar el televisor con los videoclips por fuera, al otro lado de una ventana del segundo piso. Dentro del museo el espectador ve lo que está afuera, en el televisor: el interior de una casa. Para ver “lo real” hay que salirse del museo y, a veces, hay que salirse de la calle y entrar en la casa.

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