Imagen de la obra del artista Mario Opazo, ganadora del Premio Luis Caballero

Que el Caballero repita

Tras el abrupto fin del Premio Botero, el Premio Luis Caballero redobla su importancia al quedarse solo en el panorama de la plástica colombiana. Arcadia cuenta cómo funciona y quién fue el ganador..

2010/03/16

Por Humberto Junca Casas

El viernes cinco de febrero en la sala Oriol Rangel del Planetario de Bogotá, se llevó a cabo la ceremonia de premiación de la quinta edición del Premio Luis Caballero. El evento, que contó con la presencia y el discurso de rigor del alcalde mayor, Samuel Moreno, finalizó con la lectura del acta de premiación y la ovación general al artista ganador: Mario Opazo. Esa misma noche, se lanzó el catálogo de las memorias de dicha edición con imágenes y los comentarios independientes de cada uno de los tres jurados de premiación (el artista Víctor Laignelet, ganador de la primera versión del Premio Luis Caballero; el artista Juan Fernando Herrán y el curador y crítico de arte José Ignacio Roca) sobre cada una de las obras en concurso. Este catálogo va acompañado de dos dvd con notables entrevistas a los artistas y grabaciones del proceso de montaje y de las obras finalizadas. Sin duda, la Fundación Gilberto Alzate Avendaño no reparó en gastos y cerró con broche de oro el más reciente ciclo de un programa sin par en el país. Su fundador, el actual gerente de Artes Plásticas y Visuales, Jorge Jaramillo, recuerda los motivos que lo llevaron a diseñarlo, como director de la sección de Artes del ya desaparecido Instituto Distrital de Cultura y Turismo (idct): “En el año 1996 el país estaba atravesando una época de violencia generada por los carteles de la droga; además, había una depresión económica. Esto se reflejó en el mercado del arte. Muchas galerías comenzaron a cerrar sus puertas. Por otra parte, nosotros, en el idct veíamos con orgullo la consolidación de un proyecto propuesto a comienzos de la década por María Elvira Ardila, creado específicamente para impulsar a los artistas jóvenes: el Salón de Arte Joven. Hay que tener en cuenta que en ese momento, las galerías eran muy cerradas a la inclusión de nuevos nombres entre su nómina y esto provocó una marcada división entre los artistas profesionales, establecidos y los jóvenes que estaban empezando. Entonces, surge el Premio Luis Caballero como una idea complementaria a ese programa de apoyo que veníamos desarrollando: si ya teníamos un proyecto exitoso para los jóvenes, también era importante incluir a los artistas mayores que se estaban quedando sin espacios por las circunstancias anotadas”. Ese fue el origen de este premio para artistas colombianos mayores de 35 años, con (mínimo) dos exposiciones individuales llevadas a cabo en los últimos cinco años y que concursan por una bolsa de trabajo para llevar a cabo un proyecto exclusivamente pensado para la sala de exposiciones del Planetario de Bogotá: la Galería Santa Fe. Sin embargo, el año pasado, el premio tuvo dos cambios notables: por primera vez se permitió la participación de artistas nacidos en otros países pero capaces de avalar su trayectoria en Colombia (como el chileno Mario Opazo); y el jurado de selección no escogió, como de costumbre, los mejores ocho proyectos; solo otorgó dinero a seis. Al respecto dice Jaramillo: “El jurado de selección es autónomo en determinar el número de participantes. La institución fija un monto: en este caso nosotros teníamos dispuestos 120 millones de pesos para las bolsas de trabajo; pero el jurado de selección en este caso consideró que solo había seis proyectos importantes y a cada uno le dio 15 millones para su realización”. La primera exposición de este quinto ciclo, 35 ºC de Luis Fernando Ramírez, se inauguró el 18 de marzo de 2009. En su proyecto, Ramírez construyó un invernadero que como una especie de brazo hueco comunicaba el adentro y el afuera de la galería. Un invernadero de paredes de plástico transparente que no podía penetrar el espectador; pero que estaba habitado por la misma flora y vegetación del vecino Parque de La Independencia y por las abejas de tres o cuatro colmenas de observación, contenidas en maquetas de madera que imitaban edificios hitos de la arquitectura moderna, desde La Unidad Habitacional de Marsella de Le Corbusier, hasta el Conjunto del Centro Nariño en Bogotá. Este curioso y “artificial” laboratorio que aludía a la tensión entre el paisaje externo inmediato, la aridez del espacio expositivo interno, la ciudad y la modernidad, fue titulado con la temperatura promedio de una colmena saludable. La segunda exhibición Palabraimagen Imagenpalabra, de Catalina Mejía, estaba conformada por una serie de enormes y frías láminas metálicas verticales dispuestas sobre el piso e inclinadas sobre la pared. En ellas se veían lomos de libros de la sección de arte de una biblioteca, impresos en fotograbado, y que desaparecían entre manchas de pintura y áreas del metal lijado. La superficie metálica funcionaba también como un espejo que reflejaba al espectador. Un ejercicio formalista que mezcló el espejo, la pintura moderna gestual, la fotografía y el grabado. El siguiente proyecto fue Expulsión del Paraíso, de Mario Opazo. Un conjunto de ensamblajes y objetos dispersos sobre el piso del largo espacio en penumbra, “como islas o estaciones” : una lámpara de mesa sobre un libro donde se leía “Arqueología y Bellas Artes”, banderas o velas atadas a mástiles improvisados, un tocadiscos prendido amplificando una ópera, una montañita de arena al lado de un ventilador, un pequeño monitor con la imagen en video de algunos frescos de la Capilla Sixtina (entre ellos La expulsión del Paraíso) y al final del recorrido, una proyección de un mar gris sobre una pared antecedida por un pequeño barco a escala ubicado en el piso. De vez en cuando sonaba un campanazo detrás de esa proyección. Si algún espectador curioso se asomaba al otro lado de esa pared, descubría al artista con los ojos vendados tocando la campana. Una puesta en escena entre la ficción y el documental, entre la frontera, el cuerpo, el desplazamiento y la quietud, que obligó a Opazo a estar dentro de la galería como parte de su obra durante mas de un mes, desde las 10:00 de la mañana hasta las 5:30 de la tarde. El artista describe así su proyecto: “Lo pensé como una especie de timeline de edición, es decir, como una línea. Cuando fui seleccionado me puse a mirar el espacio de la galería, y me di cuenta de que era difícil, que no era una sala convencional; por su forma y sus proporciones era mucho más línea que superficie. Lo percibí como una línea y lo abordé como una línea. Como estuve todo el tiempo trabajando en edición de video, pues lo entendí como un lugar donde podía proponer una especie de narrativa lineal, una historia que, por su naturaleza “instalativa”, iba a dejar más o menos libre el desenvolvimiento del público en el espacio”. Después se abrió al público Somos estrellas, de Fernando Pertuz: una colección de registros en video de personas que en parques, plazas y calles hacen presencia, utilizan su cuerpo de manera dramática o política. El visitante de la exhibición, además, podía votar por su mejor “performer” o podía dejar su huella y sus pensamientos en un muro habilitado para tal efecto. El siguiente proyecto fue 359º a cargo de Rosario López: partiendo de su visita y de las fotografías que tomó en el Salar de Uyuni, en Bolivia (el desierto de sal más grande del mundo), López construyó un recorrido por un paisaje ilusorio, en cuatro etapas, empleando sonidos, texturas, objetos y sombras; pero a diferencia del de Opazo, esta recreación de un viaje fue en su mayoría blanca, luminosa y callada. El último participante de esta quinta edición, Nelson Vergara, inauguró su proyecto Paisaje Desmembrado el día 2 de diciembre de 2009: una vorágine de cables, videoproyectores y monitores colgados (cuyas pantallas casi tocaban el piso) con imágenes de un recorrido por el río Magdalena, en su orilla, dentro y fuera del agua. Caminos, vegetaciones, caudales se multiplicaban en proyecciones que eran afectadas por la presencia del espectador, o que parecían coincidir, pero no. Otra oscura alusión al paisaje, esta vez cargada de tecnología y cuyo mejor momento era el mas sencillo: el video de una mujer, quieta, flotando sobre el agua. Este fue, a vuelo de pájaro, el quinto ciclo del Premio Luis Caballero, uno de los programas de apoyo a la plástica más interesantes y que paradójicamente, por la declaratoria del alcalde mayor de destinar la totalidad del Planetario de Bogotá a la ciencia, se ha quedado sin espacio. “Se sabe que en algún momento la Galería Santa Fe tendrá que salir de ahí, pero aún no se sabe cuándo ni en qué condiciones –comenta Jorge Jaramillo–; por ahora estamos pendientes de una reunión en la Secretaría de Cultura, pues necesitamos asegurar si el premio tiene espacio para su sexto ciclo en el 2011”. Ojalá no desaparezca como desapareció el Salón de Arte Joven… ¡Que el Caballero repita!

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