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Réquiem por la Polaroid

Crónica sentimental sobre el poder que ejerció durante siete décadas la cámara más amada por artistas y familias de clase media. Hace apenas unas semanas se anunció que no se producirán más películas de este tipo.

2010/03/15

Por Andrés Felipe Solano

Un ovillo de metal verde y una montaña de cristales que brillan bajo la luz del mediodía. Esa es la primera Polaroid que recuerdo haber visto. Estaba en un cajón de la mesa de noche de mi padre. La foto había sido tomada por la policía de carreteras en la vía Ibagué-Neiva como prueba testimonial luego de que un conductor alicorado impactó de frente el Renault 18 GTX que manejaba en solitario. Era terriblemente bella y extraña. Las latas verdes resplandecientes y retorcidas, la espuma de los asientos delanteros cual flores prehistóricas, los vidrios regados como sal sobre el asfalto, un cielo azul desértico y mi padre fuera de peligro. Una composición que ya no se verá jamás ahora que la mítica compañía fotográfica ha decidido dejar de producir la película instantánea preferida por los espías, los fotógrafos de parque, los artistas que trajo la era pop y los pornógrafos. La era digital arrinconó a la Polaroid y obligó al cierre de sus fábricas en Massachusetts, Estados Unidos, México y Holanda después de haber reinado por 60 años gracias al capricho de una niña.

En 1944, Edwind Land estaba de vacaciones en Santa Fe, Nuevo México, con su familia. Su hija de tres años le hacía constantes rabietas por tener que esperar horas antes de poder ver las fotos que su padre le tomaba. Ante su insistencia Land, químico egresado de Harvard y dueño en ese entonces de una compañía que comercializaba productos que usaban la propiedad de la polarización –por ejemplo gafas que controlaban el paso de la luz– se propuso encontrar una solución al reto propuesto por su hija. La respuesta tardó tres años en llegar. En 21 de febrero de 1947 Land ofreció una demostración de su cámara instantánea durante una convención de la Optical Society of America en Nueva York. En 30 segundos y después de un solo clic, los asistentes descubrieron la hermosa inmediatez y originalidad de su invento. La tecnología desarrollada por el norteamericano no incluía un soporte que permitiera sacar copias de las fotos. Eran únicas. El procedimiento para obtenerlas se basaba en el uso de un negativo en el cual se depositaba una emulsión de sales de plata junto con un papel fotográfico con agentes químicos. Casi que brujería para los desprevenidos y un encanto irresistible para una sociedad que empezaba fundarse sobre el poder de la imagen.

Dos años después durante la temporada navideña salieron a la venta sesenta cámaras de las que se vendieron 57 durante el primer día. El extravagante científico que de niño se había obsesionado con los caleidoscopios –durante sus investigaciones olvidaba comer y a veces podía pasar 18 días seguidos sin cambiarse de ropa– había dado el primer paso para que miles de familias tuvieran un cuarto oscuro en sus manos y fotos en sepia, después blanco y negro y, finalmente, en 1963, en color. Su anhelo era que los simples aficionados llegaran a tomar fotos tan buenas como las de los profesionales. Así lo anunció, 40 años antes de la democratización de la imagen de la fotografía digital, la misma que se encargó de enterrar para siempre su descubrimiento.

Una década más tarde los artistas profesionales recurrirían a esa calidad familiar y con atractivo grado de imperfección y espontaneidad que ofrecían las fotos Polaroid. Andy Warhol, impulsado por su sintomática preocupación por el irrefrenable paso del tiempo, el arribo descarado del consumismo a la sociedad norteamericana y la fotografía para todos, fue uno de los primeros en usar el invento de Land al servicio de sus necesidades artísticas. Entre 1970 y 1976 Warhol recogió el material necesario para armar lo que llamó sus Holson Polaroids Albums, que consistían en series de fotos instantáneas, en general estudios sobre un solo personaje, entre ellos Paloma Picasso o Mick Jagger. Nobuyoshi Araki es otro artista que se ha valido de la película instantánea. La mayoría del trabajo del fotógrafo japonés, que está dirigido a la indefensión explícita y a veces incluso a la humillación femenina –por lo que ha sido acusado de misógino– involucra el aparatoso sonido de las cámaras ideadas por Land. Las mujeres desnudas de Araki, atadas de manos y piernas, se sirven de la extraña y espectral luz o de la crudeza que suele otorgar la película más famosa de la historia de la fotografía, que aparece además en dos películas de culto: Alicia en las ciudades, de Wim Wenders (el protagonista viaja por Estados Unidos documentando el estilo de vida norteamericana con una Polaroid), y Amnesia (un hombre que no tiene recuerdos inmediatos usa una cámara instantánea como una prótesis de su memoria maltrecha).

Esa gratificación inmediata que ha seducido a tantos, la pequeña descarga de adrenalina al obturar la cámara, el valor intrínseco de una Polaroid –una vez extraviada no hay vuelta atrás–, y su característico tinte saturado que da la impresión de una película filmada en Super 8, desde este año pertenecen a un mundo clausurado. Por eso el día en que encontré la foto de un hombre joven y sonriente, vestido con una camisa a flores abierta sobre el pecho y pantalón de boca ancha, y una mujer aún más joven con una minifalda roja y unas piernas larguísimas, parados al lado de un avión de Avianca, supe que tenía en las manos un tesoro. Ese hombre y esa mujer son mis padres cuando todavía estaban juntos y eran inmensamente felices. Aunque a veces pienso que es mentira, que el germen de la separación estaba incubándose y que todo tiene que ver simplemente con el color de sus ropas creado por el señor Land. Quizás por aquella misma razón aquel Renault verde desbaratado nunca dejará de ser hermoso para mí.

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