Rituales violentos

Sobre la exposición "Juegos de herencia" de la artista Clemencia Echeverri que puede verse en la galería Alonso Garcés.

2011/05/03

La exposición Juegos de herencia de la artista Clemencia Echeverri, en la galería Alonso Garcés de Bogotá, es un registro mediatizado y de inmersión en un evento confuso. Cuando uno camina por el segundo piso oscuro de la Galería, ocho proyecciones horizontales de video, cuatro a cada lado, se reflejan mutuamente. Al pasar por las pantallas al final de la galería, los visitantes encuentran una imagen circular de un gallo proyectado desde el techo sobre una pila de arena cuidadosamente dispuesta en el suelo. Damas y caballeros, conozcan a su víctima. La imagen es un primer plano de un gallo que sigue parpadeando alerta, pero que está esperando su muerte.

 

Juegos de herencia registra un evento que toma lugar el 20 de julio de cada año en el Chocó, una región colombiana de la costa Pacífica. En el festival Fiesta del Gallo, los hombres del lugar entierran al gallo de tal manera que solo emerge su cabeza de la tierra, para luego matar a la indefensa ave con un machete. Tal vez, para hacerlo un poco más deportivo, los hombres tienen los ojos vendados, cometiendo el asesinato a ciegas, pero no ciegos.

 

Como muchos rituales, especialmente los importados de otras regiones del mundo (en este caso de España), el origen exacto y el propósito de los eventos pueden ser difícil de precisar. El trabajo de Echeverri no evidencia ningún deseo de querer ofrecer una explicación. En este sentido Juegos de herencia no debería ser confundido con un documental, que explicaría y descubriría el propósito del ritual y finalmente terminaría en catarsis. Echeverri nos niega esa liberación emocional, ya que el asesinato del gallo nunca se muestra.

 

Lo que se revela a través de las vívidas imágenes son los elementos de los hechos: hombres con los ojos vendados, las palas para cavar el agujero, la hermosa costa del Pacífico, el machete, las huellas, los hombres de pie en la playa. Las imágenes entran y salen de secuencia, a veces fijas, otras veces moviéndose en tiempo real, pero siempre boicoteando cualquier esperanza de una narración limpia. Los veinticuatro minutos nunca transcurren como si estuvieran moviéndose hacia un momento culminante, sino más bien, se regodean en escenas meditativas preparatorias que, sin embargo, evocan una violencia escalofriante.

 

Aun así, la imagen no está solo conformada por sus documentos visuales. Echeverri proporciona un mayor sentido del lugar por medio de un audio lacerante que incluye el sonido del machete rompiendo el aire, la pala excavando el agujero y, todavía más efectivo en su habilidad para ofrecer una localización geográfica, el sonido de las fuertes lluvias del Pacífico, mientras las ocho pantallas de video permanecen en negro.

 

A pesar de su materia, o tal vez más inquietante debido a ella, los videos están llenos de matices formales memorables. El color rosa de las vendas contra la piel negra de los hombres, en frente del azul pálido del cielo costero (que está también conmemorado en una serie de grabados que aparecen en la siguiente galería) o la cabeza del gallo cerca de la bota de su asesino desconocido, son profundamente surrealistas.

 

Mientras el montaje de las imágenes no crea una narrativa o documental, sí crea yuxtaposiciones sorpresivas que fuerzan al espectador a meditar sobre el propósito de los ojos vendados, el precedente histórico del ritual, pero sobre todo, acerca de la naturaleza misma de la violencia.

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