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¡Se vende!

A partir del 15 de octubre y durante cinco días, se reunirán en Corferias 46 galerías de doce países en la cuarta Feria Internacional de Arte de Bogotá, ArtBo 2008. Aunque aún falta mucho por consolidar, lo interesante es que el espacio existe y que, poco a poco, se está generando un mercado para el arte en Colombia.

2010/06/30

Por Humberto Junca

Al leer la presentación de ArtBo todo parece claro: “En un espacio de diez mil metros cuadrados se podrán ver más de seiscientas obras de doscientos artistas de todo el mundo (…) una plataforma comercial de galerías, artistas, curadores, críticos (…) oportunidad para acercarse a las tendencias y escuelas que se destacan en el arte contemporáneo (…) impulsando el fortalecimiento de las industrias culturales y el intercambio artístico en Latinoamérica”. El problema es que el arte se ha vuelto caprichoso, más caprichoso aun que el mercado; y deducir la importancia de una pintura según su valor comercial es tan especulativo, como fijar su precio según su tamaño o decidir la relevancia de una feria por el número de metros cuadrados que ocupa. Teniendo en cuenta la lógica del mercado y lo invertido en materia prima, una enorme pintura debería costar más que una miniatura; pero no siempre es así. El costo de una obra de arte depende de factores simbólicos, poéticos, históricos, biográficos (factores en su mayoría difícilmente mesurables); pero ante todo, lo que determina su valor (sea pintura, escultura, fotografía, video) es el precio que el comprador está dispuesto a pagar y esto ha hecho del mercado del arte, frente a los ojos del espectador desprevenido, un terreno movedizo y pantanoso, incluso ridículo o inmoral.

Sin embargo, no hay que olvidar que el origen del coleccionismo en Occidente (intercambio y compra / venta de objetos fetiche) tuvo mucho de inmoral. Las primeras colecciones fueron los botines de guerra y saqueo que algunos generales romanos exhibían en sus casas ante su pueblo, como evidencia legal y simbólica del éxito de la campaña de dominio y expansión del imperio. Así, el coleccionismo alcanzó su auge con las monarquías absolutas. Las familias nobles y los papas escogieron una sala en sus palacios donde exponer sus tesoros (símbolos de poderío económico y político), en colecciones que reemplazaron poco a poco las antigüedades por pinturas. Pero al llegar la modernidad, el arte se independizó tanto del palacio del noble como de la Iglesia y pasó a habitar la galería; lugar que sin embargo, continuó alimentándose del afán de coleccionismo de esos nuevos ricos cuyo capital provino del mercado y de la industria: los burgueses deseosos también de demostrar su poder.

Si tenemos en cuenta dicha historia y el origen de la palabra galería —del francés galerie, pasillo, nombre con el cual se conocían los mercados públicos cubiertos de París— son evidentes los vínculos que unen arte y mercado; y parece apenas lógico que la Cámara de Comercio tome las riendas de la Feria Internacional de Arte de Bogotá. Sin embargo, después de visitar la edición pasada era inevitable terminar confundido. Demasiadas cosas colgando una encima de la otra. Demasiadas pinturas decorativas e insulsas confundiéndose con una sorprendente o cautivante. ¿Acaso el arte debe venderse como si fuera un tapete caro y un galerista convertirse en un vendedor compulsivo? El crítico y curador Jaime Cerón dice: “ArtBo no fomenta ni la creación, ni la investigación; promueve la circulación del arte. La gestión de sus diferentes galerías es dispar porque solo unas pocas toman riesgos significativos a nivel cultural. Y el riesgo, es lo que hace a la feria interesante ante el público que no está en capacidad de adquirir arte; sin obras notables ArtBo podría ser una cosa cerrada para compradores, pero no es así”. Cerón clasifica las galerías presentes el año pasado en tres grandes grupos: uno que busca únicamente encontrarse con un mercado convencional y establecido, que vende en espacios abigarrados decoración costosa, y que podría estar presente perfectamente en la Feria del Hogar. Un segundo grupo que parece pretender ir más allá de la decoración, pero no es lo suficientemente profesional como para asumir una posición contundente. Sus stands se ven desdibujados y dan la sensación de no tener idea de lo que están mostrando. Y un último grupo, muy pequeño, que toma riesgos estéticos, políticos y económicos, señalando opciones más sofisticadas y complejas de arte, entendiendo que en un campo como este es necesario pensar a mediano plazo, apoyando artistas con otras miradas. Por eso, Olivier Debroise, curador y consejero de adquisiciones de arte contemporáneo de la unam, declaró públicamente en el diario de la feria pasada: “Veo timidez, falta arriesgarse”. Representantes de museos, instituciones, coleccionistas y el público en general asiste masivamente a ferias de arte tan maduras como Art Basel (Basilea) o tan jóvenes como Frieze (Londres), sabiendo que lo más radical, o que el futuro del arte se da cita allí. Obras y proyectos que podrían ser censurados o que podrían encontrar resistencia en salones o bienales apoyadas por el Estado, o que difícilmente entrarían en un museo, son orgullosamente expuestas ante la opinión pública gracias al arrojo de ciertos galeristas y al apoyo incondicional de sus coleccionistas.

Está claro que la Feria Internacional de Arte de Bogotá refleja el estado de nuestro mercado; ni tan fuerte ni con tanta historia como en Argentina, México, Brasil o Venezuela. Es diciente que además del interés que despierta encontrar alguna obra que de otra manera nunca se vería en Colombia (por ejemplo las maravillosas polaroids de Nabuyoshi Araki que trajo la Galería Enrique Guerrero en la feria pasada), lo más atractivo de la próxima feria sea, sin duda, Arte Cámara, espacio alternativo curado por María Iovino y que este año, además de mostrar la obra de 28 artistas jóvenes colombianos, hará una exposición homenaje al notable fotógrafo caleño fallecido en 2006, Fernell Franco. Pero el espacio alternativo no debe ser la prioridad en una feria de galerías. “Las galerías que participan en una feria quedan contentas cuando se gestan oportunidades para sus artistas —dice el galerista Juan Gallo—, por eso ArtBo necesita mayor presencia de coleccionistas y compradores internacionales; y para eso necesita adquirir un mejor nivel, contar con espacios para proyectos de vanguardia o invitar en el futuro a un director artístico, como lo hizo la FIAC en París”. Pese a la críticas, Andrea Walker, la directora del evento, se siente optimista: “Teniendo en cuenta que la feria es muy joven, la Cámara de Comercio ha hecho esfuerzos este año para tener las mejores galerías locales y de Latinoamérica. Estoy orgullosa con las cinco galerías brasileñas y de que vengan compradores tan importantes como Solita Michán y Ella Cisneros, de la Fundación Cisneros, quienes además darán una charla abierta sobre la colección CIFO. ArtBo quiere que el público en general también disfrute del arte; por eso tendremos un pabellón infantil en Corferias y estamos promoviendo una convocatoria a empresarios, coleccionistas, instituciones y galerías para que una noche den entrada gratuita a sus colecciones y exhibiciones en toda la ciudad”.

Sea como sea, es justo que exista una feria de arte en una ciudad de más de siete millones de habitantes. Mejores galerías forman mejores compradores y mejoran el mercado. Y eso está por verse.

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