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Señales efímeras

Gloria Posada hace un homenaje a Adolfo Bernal (1954- 2008)

2010/03/15

Por Gloria Posada

Recorrer el trabajo de Adolfo Bernal (Medellín, 1954 - 2008) nos sitúa ante un artista comprometido con su ciudad desde una amplia exploración de su territorio, sus ritmos y pulsaciones. Así mismo, nos ubica frente a una producción plural que escapa a una clasificación simplista desde una escuela, una técnica o un material. Por ello, asombra el desconocimiento de su labor por varias décadas, subsanado un poco con algunas exposiciones esporádicas, y en los últimos años con el seminario Do-it en el Banco de la República de Bogotá en 1996, con la exposición individual el año pasado en el Museo de Antioquia, meses después en el Salón Regional Centroccidente-Antioquia, y con la actual exhibición en Lugar a dudas, en Cali.

Lo que definió su búsqueda artística fueron acciones y eventos que ocupan un sitio singular en el arte colombiano pues no se inscriben en la noción de “obra” tangible y objetual, que caracterizó gran parte de la producción plástica de las décadas de los setenta y ochenta. Sus intervenciones abordaron la ciudad como territorio de interacciones donde se expandieron límites entre “obra” y contexto, y por eso de manera reiterada las definió como “señales” que participan de las dinámicas de lo urbano.

Bernal siempre concibió la ciudad como paisaje, geografía, historia, colectividad y confluencia de signos. Así, en 1974 creó “un cartel de pequeño formato producido manualmente, de los cuales 25 ejemplares fueron fijados en el centro de la ciudad…; hay apenas un registro precario. Fue un reto personal comprender realmente el problema de la imagen sin imagen al igual que el asunto cognitivo, funcional, al considerarlos tímida y riesgosamente “obra de arte”, según le dijo a José Roca en una entrevista.

Desde entonces, el artista realizó una búsqueda de lenguajes, materialidades y relaciones heterogéneas, donde las señales gráficas, lumínicas o sonoras, fueron gestos, acontecimientos, escrituras en medio de lo que aparece y desaparece en la urbe. Y en todo ello, Medellín fue el territorio físico y existencial pensado y vivido por Bernal en sus calles, muros, puertas y ventanas; en el barrio Castilla, los cerros El Volador y Nutibara, El Metro, el espacio aéreo, y la vía férrea que atraviesa diversas épocas de la ciudad. Medellín también fue imagen, señal sonora y objeto arqueológico. Signo gráfico o vibración que les anunció a los transeúntes su propia ciudad, palabra y resonancia. O vestigio en el subsuelo como fragmento de memorias.

En la exposición retrospectiva como eje del Encuentro Internacional MDE 07/Prácticas Artísticas Contemporáneas, curada por José Roca, se reunió por primera vez el trabajo de Bernal desde 1974, con registros fotográficos de eventos efímeros y con otras intervenciones actualizadas en nuevas tecnologías que ampliaron el espectro de interconexiones de lo sonoro, lo iconográfico, lo digital, y en todo ello, la reflexión del artista sobre lo urbano que hizo evidente la pertinencia y renovación constante de las relaciones Arte-Ciudad. Allí se mostraron The End (1975 y 2007), sobrevuelo de una avioneta que lanzó mil volantes en Medellín con este mensaje como homenaje al cine, cuya apropiación en tierra generó diferentes significados. Señales (1980-2007), serie de graffitis y afiches con signos geométricos o textos cifrados que exigían interpretaciones múltiples por parte del espectador. Norte (1984), materialización de una flecha de 2.000 metros cuadrados en cal agrícola en la cancha de fútbol del barrio Castilla realizada con jóvenes del sector, señal que indicó por primera vez el carácter diferencial de esta zona respecto al resto de Medellín. Bienvenida al Cometa Halley (1986), convocatoria colectiva con una gran hoguera en el Cerro Nutibara en una noche y amanecer entre lo sideral y la ciudad, ofrenda al Cometa que no volverá a ser visible en la Tierra hasta el 2061. Señales con espejos (1995) entre los Cerros El Volador y Nutibara, evento participativo con reflejos emitidos por grupos de personas en una evocación ancestral de la luz como mensaje. Y otras acciones donde más allá de las implicaciones conceptuales, los elementos aire, tierra y fuego, vincularon lo urbano con simbologías de carácter ritual.

En este sentido se inscribe Alborada (13 de abril de 2007), pieza para percusión emitida al final del amanecer entre los Cerros El Volador y Nutibara, como apertura del Encuentro Internacional MDE 07.

Tal vez, la última acción urbana que realizó Bernal fue en el XII Salón Regional de Artistas Zona Antioquia. En Caballos de Hierro –no lugar a lugar– (9 de noviembre, 2007) puso en marcha al Ferrocarril de Antioquia después de varias décadas de desuso y olvido. En el viaje, trayecto de norte a sur por paisajes diferenciales, se actualizó una dimensión de la historia de Medellín. Este acontecimiento resignificó un espacio residual de la ciudad, la carrilera y el río Medellín que paralelo a ella, ha compartido también un destino común de abandono y deterioro, que en los últimos años ha tratado de ser subsanado por otras políticas gubernamentales. El evento fue una celebración con convocatoria pública e invitación al encuentro, con banda de música y discursos de homenaje al ferrocarril, donde otras generaciones pudieron ver a Medellín desde un punto de vista que desconocían. Así convocó el artista a la ciudad: “…habrá música, discursos, ponche, hojaldras, voladores y pañuelos blancos”. Finalmente, la exposición póstuma Piedras precolombianas I, II y III en Lugar a dudas en Cali.

En otro sentido, como testimonio de mi contacto personal con el maestro, puedo decir que la entrevista para la conferencia en Do-it me abrió una dimensión sorprendente sobre las relaciones Arte-Ciudad en Colombia, y en ese momento escribí sobre el proyecto Alborada materializado una década después, lo cual evidencia que las intervenciones a gran escala en espacios públicos requieren condiciones especiales de realización, que difieren de las obras creadas en un taller. Pero mas allá de todo lo anterior, Bernal rebasa lo específicamente artístico y sobre él dijo hace unos meses María Teresa Cano: “Hay amigos que tienen sombra de árbol”. Por ello, en esos contrastes entre lo apacible, la luminosidad y el resplandor, se conjugan las ramificaciones humanas y plásticas de Bernal, que confluyen en ser un referente único para diversas generaciones en Antioquia y en Colombia. |

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