La artista francesa Sophie Calle frente a una de sus obras en la Bienal de Venecia del 2007.

Sophie Calle y el arte de buscarse

Ha logrado vivir, más o menos a salvo, dentro de sus propias ficciones. Es la autora de un mundo en el que todas las historias, desde las más patéticas hasta las más restauradoras, le pasan a ella. Es fácil seguirla. Pero es más fácil temerle.

2010/10/13

Por Carolina Mila

Sophie Calle se describe a sí misma como una artista narrativa. Sus proyectos son difíciles de definir, a medio camino entre el performance, la fotografía y la crónica, se exhiben como instalaciones y a menudo terminan siendo libros. “Nunca sé en qué va a terminar un proyecto cuando lo comienzo”, dice, y el espectro de sus trabajos incluye desde seguir a extraños, hacer que la sigan, invitar a distintas personas a dormir a su casa y convertirse en mucama de hotel, hasta intentar parecerse al personaje de un libro de Paul Auster.

 

El próximo 30 de octubre Calle recibirá el Hasselblad Award —un importante premio internacional de fotografía que otorga un millon de coronas suecas (casi 150.000 dólares) y que desde 1980 ha sido entregado anualmente a artistas de la talla de Henri-Cartier Bresson, Nan Goldin y Cindy Sherman—, en reconocimiento a su obra artística que por más de tres décadas “ha cuestionado y retado la relación entre el texto y la fotografía, la persona pública y privada, y la verdad y la ficción, de una manera innovadora y absolutamente original”.

 

El arte de Calle surge en el espacio que establece entre la fotografía y el texto, medios que ha utilizado ampliamente para narrar las situaciones que induce y que en esencia son lo más provocativo de su trabajo. Su obra tiene un contenido autobiográfico tan alto y experiencial, que da la impresión de que se ha inventado a un personaje. No le da miedo exhibir sus historias de infancia y de amor, sus fracasos, sus obsesiones y sus miedos, para embarcarse en proyectos que hieren con descaro la normalidad de lo cotidiano.

 

Seguirla a través de la historia de su vida es difícil. Al confrontar entrevistas es posible notar que Calle tiende en cada narración a agregar detalles, a cambiar lapsos de tiempo, a establecer distintas motivaciones iniciales.

 

Nació el 9 de octubre de 1953 en París, en el seno de una familia judía. Sus padres se separaron cuando tenía 3 años y a los 6 se fue a vivir con sus abuelos. A pesar de ser judía, en su juventud fue una militante muy comprometida con la causa propalestina, y por un tiempo fue feminista aunque en una de sus obras confiesa que siempre se ha identificado con la figura del hombre. Académicamente no le interesaba nada. “Comencé a ser artista sin haberlo decidido realmente”, dice. “Realizaba estos proyectos solo porque me sentía perdida y aburrida”.

 

Calle tiene el pelo oscuro, los ojos claros y la mirada adormecida, como la de un animal raro y escurridizo. Pareciera situarse por encima de todo, o por lo menos por fuera. Su sonrisa es socarrona y escéptica. Según sus amigos, es tan buena para mentir, como para ser inoportunamente franca e indiscreta. No le hace mucho caso a las reglas. No le bastan para saber quién es ni qué es lo que tiene que hacer. Siempre ha buscado habitar y explorar sus propios cánones.

 

Artista por casualidad

 

Según Calle, fue Jean Baudrillard, su antiguo profesor universitario, quien la ayudó a obtener sus certificados de estudios. Su padre le había prometido una cuota mensual si se mantenía en la universidad, pero a ella no parecía interesarle nada. Al notarlo, Baudrillard la instigó a que viajara, y para ayudarla a no perder su cuota, cuenta Calle, con su aire agraciado entre la verdad y la mentira, se dedicó a poner su nombre en los trabajos de otras personas durante 4 años, mientras ella viajaba por el mundo.

 

En serio o en broma, lo cierto es que Calle nunca estudió sino que en su lugar viajó durante 7 años —este dato figura en todos sus relatos. A donde llegaba trabajaba en lo que fuera, sin pensar en el futuro, simplemente para pagar sus cuentas y poder seguir viajando. Llegó un punto en el que sintió la necesidad de volver a su propia ciudad, idioma y convenciones, pero al regresar se sintió extranjera. No tenía recuerdos, ni amigos —porque había dejado la militancia—, no tenía trabajo y no sabía qué quería hacer con su vida. Así que comenzó a seguir a extraños en la calle, simplemente para ver qué hacían. La práctica le resultó cómoda. Le permitió reencontrarse con su ciudad y le proporcionó una excusa, una tarea en la cual invertir su tiempo que le parecía suficientemente válida. “…no tener que decidir nada, sino tan solo permitir que estas personas se convirtieran en el motor de mi movimiento, era, antes que nada, un verdadero descanso”.

 

Con el tiempo se volvió más profesional, escogía a una persona por día, tomaba fotos y apuntes. Un día siguió a un hombre que perdió a los pocos minutos, pero volvió a encontrar esa noche en una galería y le pareció que era una señal. Oyó que a la semana siguiente partiría para Venecia y decidió seguirlo hasta allí para espiarlo. Más tarde, esta experiencia se convertiría en el libro Suite Vénitienne (1980), que incluiría el ensayo Please follow me, de Jean Baudrillard, sobre el rol del perseguidor y el perseguido, pero en ese momento ella aún no lo sabía; no tenía la intención de nada.

 

Un día, mientras revelaba en su casa algunas de las fotos que tomaba, una amiga vino a visitarla y se acostó en su cama. “Está tibia”, dijo, y esa frase disparó en su cabeza otro tipo de proyecto que la haría iniciarse en su carrera de artista. Durante una semana tendría su cama ocupada por conocidos y extraños, en turnos de 8 horas sin falta, para tomarles fotos a todas horas y hacerles preguntas. “No se trataba de saber e investigar, sino de establecer un contacto neutro y distante”. Una de las personas que invitó estaba casada con un crítico de arte, y cuando ella le habló a su marido sobre este proyecto, que se titularía Los Durmientes (1979), a él le pareció que encajaba perfecto en una exposición que estaba curando. Y así fue como se hizo artista, dice, “en cierta forma por una decisión de él”.

 

Verdad y ficción

 

En 1981 el Centro Pompidou la invitó a una muestra colectiva llamada “Autorretratos”, en la que participó con la obra La Sombra. A Calle se le ocurrió que la única manera de hacer un autorretrato, después de haber seguido a tanta gente, era haciendo que la siguieran a ella. A petición suya, su madre contrató a un detective privado para que le tomara fotos e hiciera un reporte de ella. Mientras tanto, Calle tomó notas de sus propias acciones y el resultado fue una obra compuesta por las fotos y el relato del detective, enfrentado a sus propios apuntes.

 

La obra de Calle resultaba audaz, pero también sutil, poética. Historias Autobiográficas (1988) comenzó como un regalo de cumpleaños para un amigo y terminó como un libro de mini relatos de su vida, contados por medio de una frase y una foto. “Aquí estoy representada como una exhibicionista”, dice, “la idea, como en La Sombra, es ser mirada.” Con esta misma lógica hizo cuatro años más tarde la serie Cuentos Autobiográficos, El Marido (1992). Una instalación que contaba en 9 capítulos la historia de su matrimonio y su divorcio.

 

Calle conoció al retratista norteamericano Greg Shepard en el 89. Él le prestaría las llaves de su apartamento en Nueva York y luego desaparecería por un tiempo. Un año más tarde, Shepard le pondría una cita en el aeropuerto de Orly que no cumpliría, y al año siguiente reaparecería de nuevo por teléfono: “Soy Greg, estoy en Orly, llevo un año de retraso, ¿quiere usted verme?” Calle y Shepard se casaron en el 92 en Las Vegas y se divorciaron ese mismo año en octubre. Ella le encontró una carta de amor para otra mujer y para hacerla suya cambió el nombre a quien iba dirigida. La exposición contiene una foto de esta carta, del lugar en donde se casaron, del marido desnudo, y de la escena que luego montaron en París, vestidos de novios, con amigos y familiares, para recrear la imagen de un matrimonio más convencional. “Quería realizar el sueño inconfesado”, escribe, “de llevar un día un traje de novia”.

 

Desde sus inicios, el trabajo de Calle ha dado la doble impresión de ser desfachatadamente franco por un lado y, por otro, falso. Pareciera que podemos conocerla a través de su obra, y a veces, ante tanta auto exposición, pareciera también que algo debe ser mentira o por lo menos armado.

 

Cuando a Calle la enfrentan en entrevistas con estos interrogantes, ella asegura que estas historias son verdaderas y todas empiezan por razones que la afectan. De hecho, que solo puede describir cosas que le pasan, porque no tiene mucha imaginación. Lo que sucede, dice, es que no controla tan bien la vida real. Pero es capaz de obedecer sus reglas, de creerlas.

 

Para el crítico de arte Jaime Cerón no hay que perder de vista que el arte no tiene que actuar “honestamente”. En las piezas contemporáneas la obra no proviene más de la individualidad del autor, sino que es independiente, y solo viene a completarse en el espectador. “Lo importante no es si lo que narra es verdad o no, sino la experiencia que genera en un espectador que puede sentirse identificado y conmovido”.

 

Para Ricardo Silva, novelista colombiano y conocedor de su obra, en el trabajo de Calle hay un espíritu cronista —ella a menudo asegura que utiliza hechos de su vida real para no olvidarlos—, y aconseja que para acercársele hay que establecer un pacto y partir de que todo es verdad. “Tal como cuando uno lee un libro o ve una película”.

 

Ahora bien, un narrador siempre puede escoger qué contar y qué no. No Sex Last Night (1992), es una película tipo road movie que hizo con su esposo en Estados Unidos, de la que se filmaron sesenta horas. Finalmente quedó una hora y cuarto que cuenta hechos que aunque reales inevitablemente están ficcionados. “Ni yo estoy únicamente obsesionada con el sexo, ni él está únicamente obsesionado con su coche… hemos dejado por fuera muchas otras cosas”.

 

Sophie es, sobre todo una narradora ingeniosa que sabe qué incluir y qué dejar por fuera. Los cortos escritos que acompañan a Los Durmientes, Suite Veneciana y El Hotel (1981)—obra en la que se hace mucama para espiar los objetos de los huéspedes—, resultan entretenidos y sugerentes, aunque no pase nada, son poéticos en su contingencia. “Esta historia anodina precisaba de un final anodino”, escribe al final de la Suite.

 

Identidad e intimidad

 

Su noción de lo real y lo ficticio plantea otras preguntas sobre la identidad de las personas. ¿Quiénes somos realmente más allá de lo que decimos y se dice de nosotros y quiénes son las otras personas?

 

En 1992, el escritor Paul Auster tomó prestada la vida de Calle para construir el personaje de María Turner en la novela Leviatán. Auster se basó en algunos episodios verídicos que vivió Sophie cambiándolos de contexto y retocándolos un poco. Adicionalmente añadió elementos de ficción de su propia invención. Siete años más tarde Sophie dedicó su obra Double Game, en formato de libro, a establecer qué de María no era de ella, y a precisar cómo fueron realmente esos episodios de la vida de Calle en los que Auster se basó para construir a María. Esto, dice Calle en la introducción, para compenetrarse más con ese personaje basado en ella misma.

 

En Double Game, Calle realiza obras que Auster se había inventado para María, como “La dieta cromática”, que consistía en ingerir diariamente alimentos de un solo color, y “Días bajo el signo de la B, C y W”, que consistía en llevar a cabo en un día acciones que comenzaran por una sola de esas letras. Gracias a esto mucha gente que conoce su obra tiende a confundir a Calle con María, a tomar por ciertos episodios ficcionados de la novela y atribuirle obras de las que en realidad ella no es autora.

 

Para Mariana Dicker, artista plástica colombiana que ha realizado apropiaciones del trabajo de Calle, “uno es de muchas maneras y siempre hay un nivel de ficción y ocultamiento. Nuestro yo es múltiple, porque se construye en la interacción con los otros, y en la interiorización de las convenciones y las reglas del lenguaje”.

 

Obras como El Hotel y Los Durmientes, que buscan reconstruir intimidades ajenas a partir de detalles ínfimos, son la otra cara de la moneda de esa pregunta por sí misma. Por medio de estos trabajos, Calle ha buscado apropiarse también de las experiencias de los otros.

 

La Libreta de Teléfonos (1983), quizá su obra más polémica, pues el protagonista del trabajo por poco la demanda, a partir de una libreta de teléfonos encontrada en la calle por azar, quería reconstruir la vida del dueño por medio de entrevistas realizadas a las personas anotadas allí. Estas declaraciones eran publicadas por Calle en el diario La Liberation. A muchos periodistas les molestó que ella pudiera tomarse esas licencias por ser artista, y a muchas personas les gustó el proyecto porque creían que era mentira. Calle se sintió tan cerca de este hombre que no conocía, que terminó enamorándose, confiesa.

 

En la obra de Calle la línea entre la vida y el arte es borrosa. Sus trabajos, como ella misma, son difíciles de clasificar. Aunque todo en Sophie parezca transgresivo, da la impresión de que no ha buscado romper esquemas, sino que su obra responde a una genuina búsqueda personal de sentido. Sophie ha querido encontrar sus propios caminos: al contrario de la mayoría de la gente, es como si le costara pensar por dentro de los parámetros establecidos.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.