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Tejo en Versalles

El artista Carlos Castro expone hasta el 27 de julio una obra que revela la radical ironía con que los artistas jóvenes colombianos están mirando el asunto de la presunta identidad colombiana. ¿Quiénes somos?

2010/03/15

Por Humberto Junca

En la primera versión de ArtBo, la feria de galerías de arte de Bogotá, el artista Carlos Castro se infiltró y sobre una tela en el piso ordenó una serie de reproducciones de obras de artistas colombianos. Las copias, evidentes imitaciones para cualquiera, estaban muy baratas y se vendieron “como pan caliente”. Esta inserción, que recalcó con crudeza la razón de dicho evento, es decir, impulsar un mercado que vende objetos de lujo especulando con el nombre propio y la (supuesta) originalidad de quienes los realizan, le ganó la enemistad de algunos de los artistas pirateados. La pelea se hizo pública y Castro aprovechó sus quince minutos de infamia para exhibir en cuanta muestra pudiera más presuntas falsificaciones. Así, su nombre se volvió sinónimo de apropiación y burla.

El pasado 27 de junio en la Alianza Francesa, sede Cedritos, inauguró Comiendo Burra, una exposición que se realiza en el marco del Séptimo Ciclo de Jóvenes Artistas, donde Castro corta de tajo con sus mecánicas de copia –aparentemente–. hizo una inauguración con música tropical, juego de rana y una lámpara de techo que amenazante pendulaba por el espacio de la galería. El artista bautizó su exposición de esa manera inspirado en una pieza de la muestra: una pintura monocroma roja, realizada sobre una superficie abollonada que se asemeja tanto a un mueble, como a las manchas simétricas del test de Rorschach, un método psicoanalítico creado por el suizo Herman Rorschach en los años veinte en el que se le pedía al paciente encontrar un posible sentido a manchas de tinta sobre papel. Mezclando psicoanálisis, decoración, bestialismo y pintura, esa cosa, posee un humor y una perversidad omnipresente en una exhibición, preocupada, ante todo, por cuestionar los valores de gusto y morales que aceptamos de antemano y que hacen que seamos quienes somos. No es arriesgado decir que la intención de Carlos Castro ha sido desde siempre pervertir el modelo histórico y culturalmente aceptado. Para ello ha recurrido a la falsificación de íconos de la historia del arte colombiano, o al diseño de objetos domésticos que de igual manera nos remiten a un pasado posible y a la vez absurdo (la supuestamente elitista decoración francesa empleada en la construcción de un mueble para jugar “rana”, por ejemplo). Así, frente a tales objetos es inevitable preguntarse: ¿Qué significan las cosas que nos rodean? ¿Porqué somos quienes somos? ¿Y si las cosas hubiesen sido diferentes?

Al respecto Castro dice: “Me interesa trabajar con la cultura colombiana, sea lo que sea lo que ello signifique. Me interesa la piratería porque en eso somos una potencia a nivel mundial. Y si ahora me apropio de un estilo de decoración francés, es porque hace parte de lo que somos. Como el tejo de Boyacá; o el juego de rana, que es de origen español; o la lámpara de Baccarat que ha estado toda la vida en mi casa y cuyos vidriecitos tenía que limpiar desde niño con agua y jabón”. Castro habla de las piezas más llamativas de la muestra: Tinta indígena es un cajón para jugar tejo decorado con una reproducción en vidrio y madera tallada del gran vitral circular de la Catedral de Notre Dame. El barro en el cajón está seco y fue modelado como un cojín mullido y con pliegues. Anzuelo es un mueble para el juego de rana construido en madera en el más ostentoso estilo Luis XV. Y 31, hasta ahora regular no es otra cosa que la lámpara de la casa, que con la venia de sus padres, Carlos Castro colgó en el centro mismo de la galería, sujeta a un motor que la impulsaba en un movimiento pendular, incesante y ominoso: “Su título, dice Castro, indica los años que he convivido con ella. Su ir y venir de un lado a otro asemeja el péndulo de un reloj. Yo quería que recorriera un mayor trayecto y quería colgarla más baja; pero la gente de la Alianza se opuso por los niños que van a estudiar allá. Y aún así es un peligro, en la inauguración golpeó a más de un incauto”.

Mezclando sin prejuicio objetos y estilos de culturas enfrentadas, es decir de la alta y la baja cultura; o, como lo señala Jaime Cerón, de la cultura dominante y de la dominada desde el escenario colonial, Carlos Castro construye un escenario hilarante y trágico, que, paradójicamente, nos refleja tal cual somos, al aceptar nuestra impureza, nuestro mal gusto, nuestra esquizofrenia. “Estoy muy contento con la exposición –agrega Castro– porque a todos les dice algo. Así usted no tenga la más mínima formación artística. A la aseadora y al crítico de arte, a todos les da risa… se reconocen, como en un espejo”. Ese espejo extraño que es nuestra cultura y que nos refleja rotos entre lo noble y lo innoble (entre Turmequé y Versalles) como los mestizos que somos, sintiéndonos de ningún lugar, yendo de un lado a otro, caóticamente, como una lámpara de techo en mitad de un terremoto.

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