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“Tengo detractores en todas partes”

Durante el mes de noviembre, Botero expuso 67 obras de su ciclo La violencia en Colombia, en el Museo de la Universidad Tadeo Lozano en Bogotá. Desde Venecia, donde expone en la Galería Contini, habló con Arcadia.

2010/03/15

Por Milena Fernández

Bajo el cielo límpido de Venecia, en las afueras del lujoso hotel Danieli, enclavado en el Gran Canal, tres gondoleros esperan clientes para pasearlos por la ciudad de los canales, a nada menos que 100 euros la hora. En el interior del hotel, la luz es discreta. Proviene de intrincadas lámparas de vidrio producidas a mano por los maestros de Murano. Los amplios salones llevan el nombre de los pintores del Settecento veneciano y han sido amueblados con mesitas de mármol y madera. Las sillas parecen tronos.

En la recepción, un grupo de personas se prepara para visitar el recién abierto centro de arte contemporáneo Punta de la Dogana. Todos, menos uno, manifiestan grandes expectativas por la nueva atracción cultural, ubicada frente a la Plaza de San Marcos. El centro –restaurado por el gran arquitecto japonés Tadeo Ando– fue inaugurado el pasado mes de junio por el millonario francés François Pinault –el suegro de Salma Hayek–, quien también es propietario del museo del Palazzo Grassi. En La Dogana se exponen indiscutibles obras maestras del arte contemporáneo, de nombres tan importantes como Jeff Koons, Sigmar Polke, Cindy Sherman, Richard Prince, Cy Twombly y Takashi Murakami.

Quien se opone a la visita es Fernando Botero. “Yo ahí no voy ni loco”. El resto de la compañía no insiste y se marcha sin persuadir al artista, que ha venido a Venecia para presentar en la Galería Contini una serie de óleos y dibujos sobre el circo.

Nos sentamos en una salita cerca de la terraza del hotel, que se asoma al espléndido Gran Canal. A Botero le molesta la música clásica de fondo y el ir y venir de gente.

—Sabe qué, aquí esto está muy jodido.

Llama a un camarero, alto y elegantísimo con su chaqueta blanca, botones dorados y pantalones negros. Le pide apagar la música. Cruza la pierna y se acomoda la bufanda. Habla rápido. Me pide que me siente a su izquierda, porque no escucha del todo bien por el oído derecho.

Entre 1999 y 2004 da un giro temático importante. ¿Por qué decidió abandonar los temas más amables para retratar la violencia?

Algunos artistas han tratado al mismo tiempo temas amables y dramáticos, como Goya y Picasso. Eso significa tener cierta conciencia política. Hay ciertos acontecimientos que me hierven la sangre. El interés por Abu Ghraib se dio tras leer las noticias de las torturas cometidas por soldados estadounidenses a prisioneros iraquíes. Uno reacciona porque tiene la capacidad de expresar su ira en el propio trabajo. La situación en Colombia también me inspiró, pues es terrible lo que allí pasa.

Pero ha recibido muchas críticas por la serie de las torturas en Abu Ghraib...

Mucha gente me ha dicho que son más impactantes que las fotos. Nunca me inspiré en las fotografías, nunca copié una imagen. Las pinturas nacieron de leer y leer, luego creció una ira dentro de mí, que estalló un día y me puse a trabajar 14 meses en ello. El libro de firmas de la exposición, en Estados Unidos, recoge expresiones de odio, algunos han escrito que no debo sugerir a los americanos lo que deben hacer. Allí la mayor parte de la gente está en contra de la tortura, pero también hay muchos grupos reaccionarios muy peligrosos. Por otro lado, uno nunca puede hacer nada sin que salga alguien a decir que es oportunista. Si uno hace una donación, entonces es oportunista. Si uno hace unos cuadros sobre la violencia, es oportunista.

Doné la serie de Abu Ghraib la a la Universidad de Berkeley, que tuvo la osadía de invitarme a exponer las obras. Antes había donado toda la colección de la violencia en Colombia al Museo Nacional. Los regalos que he hecho a mi país son enormes y siempre ha habido alguien que me tacha de oportunista. Pero hay otras formas más simples y económicas de hacerse notar.

Usted ha dicho que los artistas contemporáneos sólo buscan provocar escándalo. Sin embargo, quienes lo critican a usted dicen que los cuadros de Irak buscan exactamente eso, crear escándalo...

El arte contemporáneo parece ser un concurso para ver quién hace la cosa más extravagante. Algunas ideas son brillantes, como las de los creativos publicitarios, pero nada tienen que ver con lo que es el arte. El arte verdadero produce choque, pero un choque que proviene del dolor, de la conmoción interior. Los artistas contemporáneos andan en busca de ocurrencias, de extravagancias, y esa búsqueda no puede ser el motor del auténtico artista. Yo no busco ideas de fácil impacto mediático, sino profundidad a través del trabajo constante, un trabajo incesante de todos los días.

Su obra genera mucha polémica. ¿Intuye por qué?

¡Yo sé, yo sé! En España y en Colombia, en todos lados hay terribles detractores de mi obra. Pero bueno, uno no puede ser monedita de oro. Yo sigo adelante y no me afecta lo que digan. En este oficio de artista, para empezar, hay que tener piel de cocodrilo.

Muchos críticos lo acusan de ser comercial...

La gente no diferencia entre tener éxito y ser comercial. Hago lo que me gusta a mí. Y qué voy a hacer, es así. (Ríe). No puedo dejar de vender para darles gusto a otros. Vamos a ver, si yo estoy tan arraigado a la plata, por qué he hecho los regalos gigantescos a Colombia y otros sitios, que son millones de millones de dinero. La envidia es increíble.

La obra más reciente de Colombia refleja la violencia guerrillera, la del narcotráfico. ¿Cómo hizo para retratar el fenómeno si no vive si país desde hace décadas? ¿Cuál fue el proceso intelectual?

Uno lo vive intelectualmente por el amor que tiene por su país. La gente que se expresa a través del arte no presencia una masacre de primera mano. Y claro, uno oye esos horrores, pero no hay que estar en Colombia para sentirla profundamente. Leo muchos periódicos, viajo una vez por año y hablo con gente muy enterada; vivo al tanto de lo que está pasando en mi país. El problema colombiano, como en buena parte de América Latina, está basado en la injusticia social. Toda injusticia en algún momento produce violencia.

En el 2000 regaló a su país una asombrosa colección...

Uno hace regalos porque quiere a su país y porque en Colombia no había museos de arte. Además, los cuadros de artistas internacionales estaban en un depósito en Suiza, guardados en unas cajas. Y ahí nadie podía verlos. Uno quiere que la gente joven y que no tiene recursos pueda ver la obra de artistas importantes, porque antes en Colombia sólo existían un bellísimo museo de arte colonial y un museo del oro. No había un impresionista, un Picasso, nada de eso. El museo de Medellín es precioso y la gente que viene a verlo queda sorprendida. Yo colgué la colección y nadie puede cambiarla. Ningún cuadro se puede prestar, regalar o alquilar. Porque eso pasó antes: los políticos llamaban al Museo Nacional y pedían cuadros para una embajada, que se iban y nunca volvían. También mandaban los obras más importantes al Palacio Presidencial. Eso tampoco puede ser.

¿Qué ha pensado últimamente con respecto al Premio Botero?

No estoy muy contento porque las obras premiadas me han parecido muy pobres. Me produce un desaliento enorme ver que cosas tan mediocres fueron premiadas. Eso de los premios es muy difícil, muy difícil. Cuando se hacían Salones con jurados nacionales se decía que todo estaba arreglado. Después se trajo un jurado internacional que, no sé por qué, premiaba obras que eran lamentables. La verdad, la edición de abril del año entrante será la última vez que otorgue dinero para el premio. Los premios no me han gustado y no voy a seguir en eso.

Pero ¿es un problema del jurado o de la calidad de las obras?

Había obras mejores en los Salones. Se dieron los premios muy mal dados. No voy a seguir apoyándolos. Más bien si veo un artista talentoso, prefiero darle una beca para que continúe sus estudios en el extranjero.

¿Cómo hace para descubrir los nuevos talentos?

Eso es fácil. Uno ve catálogos, revistas, y así se escoge a quien tiene talento, para después ayudarlo. También escucho recomendaciones.

En Colombia hay un auge de jóvenes talentos que reciben apoyo del Estado y de la empresa privada, y alcanzan rápidamente el éxito mediático. ¿Qué piensa al respecto?

No estoy muy enterado, pero si sé que ser artista hoy día es más fácil que cuando yo empecé. Porque en aquel momento vender una obra y vivir de la pintura era casi imposible. Todos los artistas tenían que hacer algo distinto para vivir. Hoy día, los artistas tienen la suerte de que en Colombia hay mucha gente que compra arte joven. Debo decir que con la batalla que libramos, nosotros les facilitamos la vida a los artistas jóvenes de hoy, lo cual está muy bien. Sin embargo, gran parte de la culpa de que el arte haya llegado a ser tan banal es responsabilidad de la prensa. La calidad en el arte no es noticia porque no se puede describir sino viendo la obra, pero hoy quien sale en el periódico es el que hace la cosa más extravagante. Eso crea toda una distorsión: se vuelve famoso uno que hace una tontera y pasa inadvertido otro con una obra muy seria. Es peligrosísimo.

Hace dos meses la Policía fiscal italiana lo acusó de ser un evasor por no haber declarado siete millones de euros. ¿Es cierto que no paga sus impuestos en Italia?

La prensa aumentó la cosa de una manera impresionante. Estaba presentando una exposición en Vigo, España, y no tuve tiempo de detractarme. La verdad es que en Italia hay una ley que pasó hace diez años según la que los extranjeros deben pagar un impuesto menor. De pronto, me dijeron que debía impuestos. Primero que nada, yo no soy italiano y paso dos meses cada verano en mi casa en Pietrasanta, en la Toscana, donde se funden mis esculturas. Eso se ajustó a una suma muy baja que se va a pagar. Hay una cita con el juez en noviembre, y voy a ir porque soy inocente. Yo, al igual que muchos artistas extranjeros, desconocía esa famosa ley. Ignorar algo no es ser culpable. Estoy seguro de que voy a salir libre de cargos, para dejar callados a muchos que me tienen envidia.

¿Y cómo hace para producir tanto?

No me levanto temprano, pero soy muy trabajador. Llego a mi estudio a las 11 de la mañana y me quedo hasta las 9 de la noche. Trabajo, todos, todos los días, sábados y domingos también. La gran fortuna de la vida es cuando la fuente de placer es el trabajo. Para mí, esa es la recompensa de ser artista. Muchos artistas contemporáneos tienen una idea y otros la ejecutan, pero en mi caso lo hago yo todo con mis dos manitas. Ese es el placer de estar todo el día con la pintura. La pintura lo es todo para mí.

Usted tiene varias casas. ¿Es cierto que trabaja distintos formatos, según el lugar donde esté?

Tengo un estudio en Nueva York que es pequeño, pero puedo hacer también formatos grandes. Tengo un estudio muy grande en París; uno muy grande en Montecarlo; otro inmenso en Grecia. Y un barco pequeño. Seguro que a muchos no les gusta eso de que pinte en un barco. Pero yo no soy el artista deprimido, miserable y amargado... Para nada. Ya ve, ¡me critican hasta por tener un barco!

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