La artista Hannah Collins en su estudio en Londres.

Todo sucederá al mismo tiempo

Tras una gran retrospectiva de su obra en Madrid a comienzos de año, la artista británica se toma el Museo de Arte Moderno de la Universidad Nacional de Bogotá, con una sobrecogedora exposición titulada “La revelación del tiempo”. Este es el mundo según Hannah Collins.

2010/09/11

Por Ricardo Silva Romero

Y, apenas cruza la puerta de entrada, uno comienza a ver el mundo como lo ve Hannah Collins. Desde que da el primer paso en La revelación del tiempo, su exposición en el Museo de Arte de la Universidad Nacional, siente que se ha colado en la cabeza de la artista mientras ella anda de viaje. Y durante la visita a las seis instalaciones de la exhibición, entre fotografías gigantescas y películas proyectadas en varias pantallas al mismo tiempo, tiene la sensación de que le están diciendo que en este preciso momento pisamos el pasado, el presente y el futuro; le están mostrando que todos los hombres migramos en cuerpo y alma como esas comunidades que viven en el territorio movedizo del desplazamiento; y le están pidiendo que lleve al extremo el gesto humano de hacer arte: que trate de que no se le escape de esta experiencia en el mundo ni siquiera el mundo que se escapa.

 

Podemos decir, con la propia Collins, que su obra le ha permitido “permanecer en el presente quizá de un modo más continuado”, que, como dice el comunicado de prensa de la exposición, sus proyectos indagan “sobre las consecuencias de la modernidad en los espacios y en los seres que los habitan”. Pero la verdad es que, sin tener enfrente sus trabajos, suena extraño, lejano, pretencioso: a discurso para sobrevivir en los pasillos de las academias.

 

Collins nació en Londres en 1956. Comenzó su carrera como pintora y escultora. Y cuando era una estudiante de arte más en Estados Unidos, una más bajo el amparo de una beca Fulbright, se convirtió en una aficionada a esas colecciones de imágenes fotográficas que suelen encontrarse en los museos y “que antes sólo había visto en reproducciones”. “Iban desde colecciones del siglo XIX de fotografías de nativos norteamericanos hasta una colección en el Corcoran que mostraba, en parejas, imágenes de diferentes lugares y épocas”, le dijo a la organización de Photoespaña a comienzos de este año. “Entonces comencé a explorar ese lado de la imaginería fotográfica en el que cada impresión se muestra tal como es y en el que las series tienen un sentido: en ese momento empecé a construir o al menos a reinterpretar imágenes ya existentes a partir de un cambio de formato y fotografiándolas de nuevo”.

 

A partir de ese momento, comienzos de los años 80, Collins se dedicó a explorar el mundo en busca de imágenes que le dijeran algo sobre por qué tenemos esta extraña necesidad de explorarlo. Apenas fue inventada, a finales del siglo XIX, la cámara fue utilizada para contar ficciones o para documentar la realidad. Collins la usó, desde que quedó hipnotizada por esas series de fotografías, para documentar una realidad que desde sus ojos es una ficción: “No pienso en mis trabajos de ninguna de las dos maneras —dice— pues pueden ser tomadas como películas de paisajes o podrían ser ficción, pero también son estructuras y conceptos que desafían las nociones tradicionales de lo que una película puede ser. Creo que, ya que son muchas cosas al tiempo, al final son documentos en proceso”.

 

Así que si alguien nos pidiera una definición de la señora Collins, si alguien preguntara “¿pero al fin qué hace, quién es, cómo es esta mujer?”, si alguien la rotulara como cineasta o como instaladora o como exploradora de la fotografía de gran formato (el visitante de sus exposiciones tarde o temprano se siente adentro de esas imágenes, “monumentales pero íntimas”, que cubren paredes enteras de los museos), tendríamos que decir que en general se dedica a capturar momentos del mundo sin arrancárselos a la realidad: que se trata de una artista que consigue retratar a los miembros de las nuevas tribus del planeta, esas personas que se les escapan a los censos, a las declaraciones de renta, a los registros civiles, sin arrebatarles ni una gota de sus almas. Quien haya visto Current History (2006), su película de 34 minutos proyectada en dos pantallas al tiempo, que describe la vida en la marginal villa rusa de Beshencevo, sabe lo fácil que es perderse (en todos los sentidos) en esas pequeñas historias de hombres y mujeres que no han hecho parte ni hacen parte ni harán parte del sistema.

 

Fue gracias a la bellísima Current History, que fue proyectada en septiembre del año pasado dentro de una exposición del Museo de Arte Moderno de la Universidad titulada La mirada del otro en la era de lo global, que la Dirección de Divulgación Cultural de la Nacional llegó a la conclusión de que las obras de Collins podían resultar particularmente relevantes a la hora de comprender “las culturas sin territorio de quienes no están insertados en el flujo del capital global”, y, de paso, a la hora de continuar el debate sobre el ejercicio del arte en nuestros tiempos.

 

La investigadora María Belén Saez de Ibarra, curadora de la exhibición, que desde hace tres años se encuentra a cargo tanto de la Dirección de Divulgación como del Museo, tiene claro que los trabajos de Collins recuerdan de qué hablaba San Pablo cuando decía que “vivimos, nos entretejemos y somos”. Está convencida de que películas como La mina (2001), Paralell (2007) y Soledad y compañía (2008), que se proyectarán en la exposición que será inaugurada el próximo jueves 16 de septiembre, se asoman a las vidas de los inmigrantes sin reducirlas a pretexto para la ficción o a tema para documento. Que más que películas son, en verdad, una práctica estética. Y que invitan al espectador, acostumbrado a enfrentarse a la Historia como a un monumento que se deja atrás en el camino, retado frente a esos filmes que suceden en varias pantallas a un mismo tiempo, a editar su propio relato como quien va poniendo en escena todos los dramas mientras lee un texto literario.

 

Saez de Ibarra sugiere que la obra de Collins es útil, también, “para comprender la disciplina de las artes hoy en día”. Las películas de la artista británica, que tendríamos que clasificar, si fuera necesario, dentro del videoarte, se toman el film como su material, son plenamente concientes de cómo “toda imagen interviene el tiempo” y se valen de una narración fragmentada (repito: el relato suele repartirse en diferentes secuencias proyectadas en varias pantallas al tiempo) para dejar en claro que “la vida no es teleológica”, sino mucho más compleja, porque “todo sucede al mismo tiempo”. Pero prueban, sobre todas las cosas, que el trabajo del artista de ahora es un trabajo multidisciplinario. En ese sentido, lo que hace Collins se parece mucho más a lo que hace un cineasta que a lo que hace un escultor. Sus obras son puestas en escena que parten de un guión, toman forma gracias a las labores de un equipo que reúne a compositores con personas del común y se convierten a la larga en lo que quiera el espectador.

 

“Cuando filmas una película, los papeles están claramente definidos porque cada uno debe trabajar en una dirección”, ha dicho Collins. “El técnico de sonido se concentra en lo suyo, en priorizar la captura del sonido, de tal forma que se responda siempre a la situación. Con el operador de cámara, con quien trabajo estrechamente, sucede de la misma manera. La única persona que ha trabajado en todos los proyectos que he emprendido ha sido el director de actores: su labor ha consistido desde el principio en ayudar a las personas que están ante la cámara a trabajar para expresar lo que quieren expresar y para que no estén nerviosos, pues no es fácil interpretar la propia vida. Disfruto con lo que cada persona aporta al proyecto. Yo sola, sola con los protagonistas de cada historia, no podría realizar estos trabajos: la verdad es un trabajo hecho por todos nosotros”.

 

El arte es hoy, como ayer, uno solo. Y es, más que nunca, un ejercicio interdisciplinario. Pero los museos no están del todo preparados para ello.

 

Según dice Saez de Ibarra, con la mirada fija de quienes creen firmemente en lo que creen, “los museos siguen siendo diseñados como cajas blancas”. El de Arte de la Universidad Nacional, construido hace casi cuarenta años, es el único en Bogotá con las condiciones necesarias (“la forma en que entra luz, la claridad del sonido, la irregularidad de los espacios”, dice Belén Saez) para presentar la particular obra de Hannah Collins. Desde que la realizadora inglesa lo visitó por primera vez, en septiembre de 2009, durante los primeros días de la presentación de La mirada del otro, sintió que era el lugar ideal para exponer sus trabajos: “Un sitio enteramente dedicado, como ella, a pervertir las disciplinas de las artes”. Entregada, por completo, a la idea de traer sus secuencias de imágenes a una ciudad “llena de artistas muy comprometidos con su propio arte”, Collins, que tiene obras regadas en sitios tan prestigiosos como la Tate Gallery, el Museo de Arte Reina Sofía y la Maison Européenee de la Photographie de París, le dedicó este 2010 a la preparación de La revelación del tiempo.

 

Supervisó junto con los dos curadores de la muestra —el fotógrafo inglés David Campany y la propia María Belén Saez de Ibarra, cabezas de esta coproducción entre la célebre fundación La Caixa y la Dirección de Divulgación de la Nacional— el complejo montaje de cada una de las seis películas que podrán verse en los próximos dos meses en los espacios en blanco del Museo de la Universidad. Visitó Bogotá en repetidas ocasiones hasta sentirse cómoda en la ciudad. De visita en visita, estableció un verdadero diálogo con los organizadores de la exposición. Y estuvo al tanto del delicado proceso de impresión de las abrumadoras fotografías de gran formato (algunas, como las de esa serie surafricana de 2007, The Road to Mvezo, que explora el lugar en el que nació Nelson Mandela, llegan a medir cinco metros de alto por siete de ancho) en el que se fijan ciertos pigmentos sobre papel de algodón.

 

Sí, Collins se ha tomado a pecho su temporada en Colombia. Dentro de la exhibición podrá verse, como ejemplo de su tendencia a entrar a fondo en las culturas ajenas, un ejercicio de observación del lulo. Tiene en mente una obra inspirada en Bodas de sangre, de Federico García Lorca, a la que le da vueltas en busca de la manera correcta de abordarla, y trabaja intensamente en una película sobre el restaurante célebre de Ferrán Adriá, El Bulli, pero antes tiene que terminar todos sus compromisos con Bogotá. Ni al Museo de la Nacional ni a ella les interesó, desde el principio de la idea, traer semejante obra. Ambas partes fueron conscientes, desde el comienzo, de que la gracia de una exposición es la manera como un artista se apropia de un espacio que desconoce y la forma como los guardianes del lugar bajan la guardia para que todo sea nuevo para todos.

 

Mi mirada de simple espectador también puede servirnos para, más allá de los pesados discursos teóricos, más allá de las discusiones entre iniciados, comprender que esta exposición titulada La revelación del tiempo es una serie de imágenes sobrecogedoras que nos recuerdan todo lo que no vemos en nuestro paso por la vida, una suma de relatos que nos enfrentan con la idea de que lo que va a pasar es lo pasado y una experiencia, como perderse en un lugar desconocido, que compromete todo nuestro sistema nervioso: La revelación del tiempo es el mundo según Hannah Collins, nada más, nada menos, desde el momento en que cruza uno la puerta.

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