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¿Todo vale?

Con el reciente anuncio del artista Marco Evaristti de realizar una obra con el cadáver de uno de sus amigos, una vez más el mundo se pregunta hasta dónde están dispuestos a llegar los artistas. ¿Más ética y menos estética? Reportaje.

2010/06/30

Por Hernán D. Caro A.

 

Dolor, enfermedad, muertos, libre albedrío, sangre, sudor: algunas obras del arte contemporáneo se van pareciendo cada vez más a una telenovela tremebunda o a una película snuff apta para menores. El último escándalo artístico que todos los periódicos internacionales han registrado (después de producir) es la polémica idea de Marco Evaristti, artista chileno radicado en Dinamarca, de crear comida de peces con el cadáver de un criminal condenado a muerte en Estados Unidos.

Aún no se sabe si le será posible realizarla, pero ya todo está bien planeado: el convicto —Gene Hathorn, preso desde hace 25 años por el asesinato de su padre, madrastra y hermanastro— ha expresado su acuerdo; el proceso de elaboración del cadáver ha sido fríamente elegido; los peces serán alimentados por los propios asistentes al happening, que habrá de ocurrir en algún lugar de Alemania; el discurso apologético —manifestarse contra la pena capital (¿podría ser de otro modo?)— ya ha sido repasado, y las ansias de los medios de comunicación son un hecho.

No es, claro está, la primera vez que Evaristti alborota la opinión pública. Lo hizo por primera vez en el 2000 con la obra Helena, un montaje de diez licuadoras llenas de peces (vivos), los cuales, según el capricho del espectador, podían o no ser convertidos en jugo de pescado. Cuatro años después, a fin de hacer consciente al planeta de la contaminación del medio ambiente, cubrió un iceberg en Groenlandia con 3.000 litros de pintura roja. En el 2007 invitó a un grupo de amigos a cenar espaguetis con albóndigas hechas con la misma grasa que unos meses antes le había sido extraída por liposucción. A inicios de este año fue arrestado por intentar repetir la hazaña ecologista del iceberg, sólo que esta vez pintando de rojo la cima del Mont Blanc en Francia. Y ahora su más reciente ocurrencia.

El proyecto de Evaristti es excéntrico, pero bien es sabido que nada nuevo hay bajo el sol (lo cual, por desgracia, también vale para el arte contemporáneo). Desde que en 1917 Marcel Duchamp expuso un orinal en Nueva York bajo el título de La fuente, y Piero Manzini enlató su famosa Merda d’artista en 1961, los agentes del llamado shock art buscan con obstinación atraer la atención del público con obras cada vez más extravagantes, y esto ya parece un concurso de mocosos malcriados para ver quién logra perturbar mejor.

Habiendo exprimido a más no poder las secreciones y excreciones orgánicas, los tabúes religiosos, el imaginario genital y el apocalipsis ecológico, en los últimos años algunos artistas han llevado a cabo un redescubrimiento: el inmarcesible y espinoso tema de la muerte. Y de qué manera. Por ejemplo (entre otros mil ejemplos, que se pueden documentar hasta el delirio en cualquier buscador de Internet), en el 2006, Eric Steel publicó la película The Bridge, a partir de imágenes de los suicidas del Golden Gate de San Francisco y de entrevistas con sus parientes; el costarricense Guillermo ‘Habacuc’ Vargas expuso el año pasado en Nicaragua un perro callejero agonizante en su obra Exposición N.º 1; en marzo de este año el San Francisco Art Institute presentó la obra Don’t Trust Me, de Adel Abdessemed: una serie de brevísimos videos donde se muestra sucesivamente una oveja, un caballo, un buey, un cerdo, una cabra y un ciervo siendo asesinados por el artista (con un martillo); y hace algunos meses, el alemán Gregor Schneider pronunció su interés de exponer en un museo a una persona agónica o recién fallecida…

Aparte del desconcierto, el embeleso, el asco, la indignación y, con algo de suerte, las jugosas divisas que tales muestras escandalosas pueden producir, dan pie también a preguntas. Las más tradicionales se refieren a la justificación estética de las obras. ¿Basta ingeniarse una perorata turbulenta, presentar imágenes sediciosas y definirlas como arte, para hacer arte? ¿O puede haber, desde el arte, criterios formales, de contenido o metodológicos, para establecer qué es y qué no es estéticamente válido? ¿Realmente necesitamos aquel arte que ve su mayor objetivo en la provocación?

El argumento clave en favor de la creación estética es la libertad del arte: su derecho (y para muchos, su obligación) de no estar ligada a límites o compromisos. Y la justificación estándar de los autores de muchas obras chocantes es que son válidas porque cuestionan nuestras pautas sociales, políticas y culturales, o porque retan radicalmente nuestra sensibilidad y nuestra conciencia. No obstante, a menudo los métodos son tan grotescos (cuando no atroces), y las proclamas tan candorosas (cuando no cínicas), que harían pensar que, simplemente, algunos de estos artistas no saben de qué están hablando.

Aquellas preguntas no son novedosas. El arte moderno se ha visto sometido desde siempre a este tipo de interrogatorios, y acaso ellos han sido uno de los principales motores de la creación artística en los últimos cien años. Frente a las preguntas y las acusaciones —dos de las más elocuentes y comprensibles las ofrecen el historiador inglés Eric Hobsbawm (A la zaga: decadencia y fracaso de las vanguardias del siglo XX, 1998) y el crítico norteamericano Jacques Barzun (The Use and Abuse of Art, 1975)—, el arte parece estar obligado a reflexionar constantemente sobre su propia definición y sus discursos. Si hay algo como una conciencia de colectividad y un espíritu de autocrítica en el arte contemporáneo, obras problemáticas como las descritas deberían dar a los académicos y a los propios artistas mucho que pensar.

Ahora bien, dado que estas obras involucran de modo directo el cuerpo humano, exponen la muerte de individuos o producen la de animales, algunas personas consideran que el análisis de este arte no debe ser estético, sino fundamentalmente ético. ¿Es moralmente lícito el empleo de cuerpos (o partes de cuerpos) humanos o animales con fines artísticos? ¿Es permitido explotar la imagen del suicidio o la agonía para incitar una reacción estética? ¿Justifican el gozo o la provocación artística, o el mero catálogo de “arte”, la brutalidad? ¿Son estas propuestas condenables desde un punto de vista ético, sin reparar en argumentos de orden estético?, etc.

Para muchos, un debate en términos artísticos está fuera de lugar, y preguntas como las anteriores tienen una respuesta axiomática: nada de aquello es lícito. No es responsabilidad del arte dar razón de sus ideas controvertidas, sino de la ética saber condenarlas, y punto. Sin embargo, en no pocas ocasiones, la aparente certeza de aquel “está prohibido” encubre en realidad el deseo de “eso debería estar prohibido”. Después de un vistazo más atento se da uno cuenta de que, como tan a menudo sucede con los conflictos filosóficos, la cosa no es tan simple.

En primer lugar, las diferentes obras implican problemas morales distintos. No es lo mismo usar un cadáver que ocasionarlo. Y mostrar la muerte de alguien que está de acuerdo con ello (como querría Schneider) no es comparable con hacerlo (como Steel) a sus espaldas —dejando de lado el hecho de que, seguramente, al suicida le da igual—. No parece, entonces, posible o razonable invocar una regla moral general que cubra todos los casos de una sola vez.

En segundo lugar, algunas de las reprimendas al shock art mortuorio se apoyan en presupuestos discutibles, como la doctrina de la santidad del cuerpo humano. Una ética de base religiosa (judía, cristiana, musulmana), que define el cuerpo como creación divina y por ello como un objeto sagrado, puede reprobar fácilmente el proyecto de Evaristti y otros similares. Pero ¿en verdad es inmoral utilizar un cadáver? ¿Tiene acaso un cuerpo inanimado algún valor en sí mismo? Actualmente existen propuestas éticas que ponen en duda la santidad implícita de la vida humana (en conexión con temas difíciles como el aborto o la eutanasia), como la defendida por el reconocido filósofo australiano Peter Singer (Desacralizar la vida humana, 2001). No resulta muy claro cómo desde estas propuestas se podría elaborar una censura tajante al uso artístico de un cadáver.

El nombre de Singer conecta con una tercera serie de líos. Todo (o casi todo) el mundo está de acuerdo con que matar un caballo a martillazos es perverso, pero no todos están dispuestos a hablar de derechos de los animales en términos legales. Para muchas personas, es aun absurdo querer aplicar categorías éticas al reino animal. Para Singer no. En su opinión, en la medida que se violan los intereses de un ser sensible, se está actuando inmoralmente. Causar el sufrimiento o la muerte de un animal con pretextos artísticos (como en el caso de Habacuc o Abdessemed) es por completo ilícito. Lo cual suena muy sensato a la hora de criticar a los artistas sanguinarios. El problema es que Singer sostiene (en su ya clásico Liberación animal, 1975) que también es inmoral matar animales para producir alimentos o ropa; el sacrificio de una vaca en un matadero sería tan inaceptable como en un museo. Así que si hemos de ser del todo consecuentes, desaprobaremos a ‘Habacuc’ y también dejaremos de comer carne y de vestirnos con cuero, etc. ¿Quién está dispuesto a ir tan lejos para manifestarse contra el sufrimiento de un perrito?

La cuestión no es, pues, tan sencilla. Pretender decidir sólo desde la ética qué pueden o no los artistas abre nuevas polémicas. ¿Vale todo en el arte? La pregunta clásica regresa una y otra vez con nuevas fuerzas. Y por el momento, tanto desde el arte mismo como desde la ética, no parece poder vislumbrarse una respuesta cercana.

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