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Un pésimo estado de salud

Las obras de diez artistas de primer nivel se reúnen a partir del 4 de septiembre en la antigua Clínica Santa Rosa de Bogotá. ¿Por qué hacer una exposición de arte en un hospital abandonado? ¿Tiene algo que ver el arte con la enfermedad?

2010/03/15

Por María Alejandra Pautassi

El tiempo parece haberse detenido en la antigua Clínica Santa Rosa. Para abril de 2003, momento en el que cerró, tenía una deuda de 1.500 millones de pesos, 270.000 usuarios y 900 empleados. De ellos hoy solo quedan rastros de grasa y polvo, manchas de yodo y desinfectante en los corredores, huellas de marcador indeleble en las tablillas de información de las habitaciones, equipos médicos, portasueros, camas y cunas vacías, tubos de ensayo y frascos de laboratorio ahora desechables. Listas de inventario que sellan las puertas de los consultorios y habitaciones. En un ambiguo certificado del 18-04-01 se distingue la firma de algún funcionario, pero se lee claramente: “Cajanal, EPS, “Un Estado Saludable”. Leído hoy, solo siete años después, dentro de una clínica pública detenida, parece un chiste pesado. Es el testimonio de la vergüenza de su pasado: una historia de burocracia, desorden administrativo y corrupción; la quiebra de Cajanal en 1999 por una escandalosa estafa, las irregularidades en el sistema de servicios de salud pública a partir de la década de los 90, la eterna ausencia de un Estado indiferente, indolente... ¿Impotente?

Con la atropellada implementación de la Ley 100 de 1993 los hospitales y clínicas públicas se vieron obligados a competir, de un día para otro, con los privados. Debían ya no solo prestar sus servicios, sino venderlos (el nuevo sistema funcionaba por demanda, ya no por oferta). Y con la plata que aún les destinaba el Estado tenían que atender a los afiliados de la nuevas EPS, garantizarles atención médica y hospitalaria, además de, por supuesto, generar utilidades. En la época se habló de una mercantilización de los servicios y centros de salud —todavía hoy se habla— y de la racha se salvaron pocos. En la década de los 90, hasta bien entrado el 2000, cerraron varias decenas de clínicas en todo el país: clínicas grandes, como la San Pedro Claver, hospitales con más de 400 años de tradición, como el San Juan de Dios, clínicas universitarias, clínicas públicas, hospitales de barrio. Y, mientras en las antiguas habitaciones y cuartos de servicio se inventariaban camas, camillas, equipos de Tac y de radiografía —todos, en perfecto estado—, los usuarios corrían de clínica en hospital esperando a que los atendieran, que la clínica aún estuviera prestando servicios.

Esta es la historia que narra Sin remedio, la última y más ambiciosa exposición de la galería Alcuadrado. Del 4 al 21 de septiembre, 16 obras de diez de los más importantes artistas contemporáneos en Colombia se pueden ver en las instalaciones de la antigua Clínica Santa Rosa. Pero más que la historia de la clínica, Sin remedio es la historia de lo que este espacio simboliza. Según Mariángela Méndez, curadora de la exposición, “Mas que un problema de salud pública, quisimos mostrar cómo este espacio fue —y es— testigo de una enfermedad política”. Cada una de las obras señala uno o varios de los síntomas de la enfermedad. En conjunto son un corpus —sí, un cuerpo, y uno enfermo—, en el que se reiteran el olvido, la violencia, la corrupción y la cultura del dinero fácil; son, en una palabra, una metáfora de la historia reciente de Colombia.

Un espacio enfermo

Por la que en otra época fue una entrada de urgencias, se despliega una alfombra roja, que lleva a las calderas del hospital, su centro de operaciones, de desinfección. En el centro está Grasa, jabón y plátano, una instalación del artista cubano Wilfredo Prieto que, de manera irónica, les da la bienvenida a los espectadores. No estamos ya en un hospital, estamos en un escenario. La alfombra recoge polvo, debajo de ella se adivina basura que insinúa la porquería que se esconde detrás de la fachada. En el corredor se ven varias baldosas destapadas, en sus paredes, la pintura verde claro de los hospitales más antiguos, algunas grietas y paredes descascaradas. Al fondo, una serie de retratos, Propuesta para memoria, de Óscar Muñoz, una alusión a los desaparecidos, y, a unos pasos, atravesando un corredor más estrecho, limpísimo, una instalación de María Elvira Escallón en la cocina. Le sigue, en las escaleras que bajan al sótano, un video de Miguel Ángel Rojas y, en la sala de espera, un tríptico de fotografías de Juan Fernando Herrán.

“En cada montaje tratamos que los lugares guarden su estética —o no estética— original”, dice Juan Gallo, director de la galería. “Que no desaparezcan las huellas del tiempo, porque el ambiente de un espacio, su historia, carga de sentido una obra, abre sus posibilidades de lectura, le suma a la complejidad de un problema”. El montaje de Sin remedio reitera así el paso del tiempo, la corrosión del espacio, la carga simbólica e histórica que tiene la antigua Clínica Santa Rosa. Lo único que ha cambiado desde que cerró es la iluminación, que ahora potencializa el efecto escénico de los espacios, y en algunos casos, como en la cocina, se limpiaron los corredores para generar mayor contraste. Las escaleras están pintadas de rojo, un rojo que recuerda el color de la sangre. Es parte de la obra de María Elvira Escallón, quien al pintar los corredores de las escaleras del hospital, marca no solo el recorrido de la exposición, sino que convierte el centro de circulación de un edificio en el sistema de circulación de un organismo, un organismo enfermo.

No es la primera vez que Escallón trabaja en espacios deshabitados. Lo que por casualidad empezó como un registro del Hospital San Juan de Dios, entre el 2004 y el 2007, terminó en Estado de coma, la primera y más completa obra sobre el estado de abandono de los hospitales públicos y universitarios, y sus consecuencias directas en la población. Su obra más reciente, en la Clínica Santa Clara, es el resultado de la mezcla Estados de coma y de In-vitro, una instalación de 1997 exhibida en la antigua Estación de la Sabana. A través de un vidrio que ubicó a la entrada de la cocina de la Clínica Santa Rosa se ven estufas y extractores metálicos, mesones y cartones para almacenar leche, tal y como estaban hace ocho años, además de varias sillas de dentistería, parte del inventario de la clínica. En las tres habitaciones del cuarto piso, decenas de cunas metálicas, portasueros corroídos por el óxido y equipos de parto que seguramente todavía funcionan, asilados para, en palabras de la artista, “que nos den su testimonio del paso del tiempo —o de su congelamiento—, para hacer visibles cosas que no lo son”.

Muchas de las obras de Sin remedio fueron hechas para exhibir en la clínica. Superponen capas de información (el simbolismo del espacio) a un problema particular. Esa reiteración muestra el asunto en toda su complejidad, le da nuevos y múltiples significados a un hecho. En La raíz de la raíz, el video de François Bucher, por ejemplo, Ernesto Samper relee un discurso que escribió cuando era presidente de la ANDI en 1978, sobre la legalización de la drogas. Un video en el que se repiten el personaje y los diálogos, pero el sentido es muy distinto. El video está expuesto en una de las salas de cirugía del segundo piso de la clínica (la misma en las que atendieron a Samper después de un atentado el 3 de marzo de 1989). En el video Samper aparece canoso, ha subido de peso... Han pasado 30 años, la crisis del narcotráfico, su presidencia y el proceso 8000.

Ausencia y retorno

María José Arjona es uno de los tres artistas invitados (es decir, que no trabaja directamente con la galería), por la pertinencia de su obra. Retorno, su performance, surgió de La serie blanca, un grupo de cinco acciones que realizó en Miami a finales del año pasado. Durante once horas diarias, de lunes a domingo, durante dos meses Arjona estuvo dibujando en las paredes de una galería con bombas de jabón mezclada con pintura roja. Retorno parte del mismo planteamiento estético. A mediados de agosto Arjona dibujó con burbujas rojas durante dos días sobre las paredes de las salas de cirugía de la antigua clínica. Lo único que queda de su acción en este momento son los rastros de sangre en dos de las tres salas de cirugía abandonadas. Su mensaje es claro: la violencia inherente a la ausencia de un cuerpo, no solo el que realizó la acción, sino de un cuerpo médico, un cuerpo institucional. Pero, a diferencia de La serie blanca, su obra no se queda en plantear el problema. Del 16 al 21 de septiembre, Arjona regresará a las salas y, durante las horas que se lo permitan, limpiará las paredes con burbujas ahora solo de jabón. “Es necesario regresar —dice—, no darle la espalda al problema, limpiar el daño que se ha hecho”. Suena idealista, pero la verdad es que da escalofríos ver la obra.

Muchos cuestionan el sentido o la incidencia política del arte. Incluso se ha llegado a plantear que se tumben los museos para construir clínicas y obras de interés social. En este sentido Sin remedio es un proyecto ambicioso. No solo es la exposición más grande que ha montado Alcuadrado, galería única de su tipo en el país, sino que aspira a que arte y espacio se llenen de sentido, de un sentido crítico, político y social. Más que mostrar los síntomas de una enfermedad, una inquietud subyace en las obras: ¿cómo romper con esos ciclos de repetición? Queda por ver cómo dialoga cada una de las obras con el espacio. Pero si el arte es capaz de generar sentido (o evidenciar un sin sentido), en palabras de Juan Gallo, “con esta exposición esperamos dejar, por lo menos, un registro en la memoria del país”. La clínica, en todo caso, tiene una esperanza. La Universidad Nacional tiene proyectado construir allí un hospital universitario, hacer que regresen los pacientes, los médicos, los estudiantes. Si la exposición de Alcuadrado reactiva el sentido histórico del lugar, el proyecto universitario le regresará su sentido original.

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