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Underground a la fuerza

El arte iraní empieza a recuperar el protagonismo internacional que alcanzó en la década de los setenta. Músicos, cineastas e intelectuales tienen hoy un entusiasta reconocimiento fuera de sus fronteras. Pero adentro, con Ahmadineyad como presidente, las cosas no son color de rosa...

2010/03/15

Por Catalina Gómez Ángel

Semanas atrás, en una tarde fría y nublada típica del invierno iraní, el Museo de Arte Contemporáneo de Teherán estaba lleno. Diplomáticos, artistas locales, cámaras de televisión y curiosos asistían a la inauguración de una muestra. Todo transcurría con la inmóvil normalidad de siempre. Pero de pronto, en una de las salas, ante la sorpresa de los visitantes, un grupo de jóvenes hizo un círculo en el medio, se cogió de las manos y lentamente empezó a abrirse hasta presionar a los otros espectadores, que tuvieron que moverse hacia atrás. Las 30 personas del grupo no observaban las obras de arte, se miraban entre ellos. Segundos después se soltaron y se mezclaron de nuevo con el resto del público que no dejaban de observarlos con extrañeza. ¿Quiénes eran estos jóvenes que se arriesgaban a hacer un acto tan revolucionario?

Repitieron el círculo en cada una de las salas y luego salieron del museo mezclados con el resto de los invitados. Los guardias quedaron tan sorprendidos que no les dijeron nada. Tuvieron suerte: por cosas más simples muchos artistas han tenido problemas. Hace pocos días, por ejemplo, la Policía entró en medio de una fiesta a un apartamento del norte de Teherán, cuyo dueño es coleccionista de arte contemporáneo iraní. A los cuerpos de seguridad no les gustó lo que vieron: una escultura de un pene, un cuadro con mujeres desnudas, otro con figuras de mullahs con turbantes de color…, así que confiscaron las obras, tomaron nota de los nombres de los artistas —todos ellos bastante reconocidos en la escena del arte mundial— y empezaron a buscarlos. Hoy, muchos de ellos tienen problemas con la justicia. Y los que viven por fuera no se atreven a entrar de nuevo al país.

“Los guardias del museo nunca entendieron lo que pasó. No tienen idea de lo que es un performance y por lo tanto no podrían entender que lo que hacíamos era un acto de protesta porque el gobierno tiene encerrada la colección permanente de arte contemporáneo que nosotros queremos ver”, explica Boband, un joven artista y filósofo que desde que regresó de Londres, donde realizó una maestría en administración cultural, se dedica a enseñar arte en diferentes universidades de Irán.

El Museo Contemporáneo de Teherán guarda en su sótano una de las colecciones de arte contemporáneo más importantes del mundo, pero nadie tiene acceso a ella. Desde el inicio de la Revolución, más de 200 piezas de artistas tan famosos y diversos como Francis Bacon, Pablo Picasso, Giacometti, Dalí, Andy Warhol, Jackson Pollock, entre otros, solo han sido expuestas en una ocasión. El gobierno argumenta que las instalaciones de este museo —una de las obras más importantes de la arquitectura moderna anterior a la Revolución—, no tiene espacio suficiente para exhibir las obras.

“Fue genial que eso pasara. Era la primera vez que un performance espontáneo se hacía en un espacio público en Irán después de la Revolución”, agrega Boband, quien les tuvo que advertir a sus alumnos que si realizaban el performance era bajo su propia responsabilidad. Como muchos otros jóvenes artistas iraníes, los estudiantes de Boband están ansiosos por hacer cosas diferentes, por hacer lo que pueden hacer otros jóvenes como ellos en otras partes del mundo.

El fantasma del pasado

“Cuando estaba en la universidad, el Festival de Shiraz era un mito para nosotros. Dicen que en aquel entonces no había límites para el arte y todo estaba permitido. De cierta manera todos los artistas jóvenes en Irán hemos crecido con ese fantasma”, me cuenta Alí Soltani, uno de los artistas plásticos más reconocidos de la generación llamada ‘los hijos de la Revolución’, y cuyas primeras clases de pintura fueron clandestinas, en un sótano de una casa en Teherán. “Este festival era uno de los más famosos y libres del mundo; se presentaban compañías que estaban prohibidas en Francia o Japón. Mi madre, que entonces era escultora, fue muchas veces y me ha contado que se llegaba a hacer el amor al aire libre y que por esa razón el Ayatolá Jomeini lo prohibió. Farah Diba pensaba que la gente en Shiraz era más liberal, pero se le olvidó que la mayor parte de esta sociedad es muy tradicional…”.

No hay artista o persona enamorada de la cultura en Irán, que no recuerde con añoranza aquella época de la década de los setenta. Un arquitecto de izquierdas que hoy ni siquiera puede enseñar en la universidad ­—a pesar de que en su comienzo fue bastante cercano a la Revolución­—, la comparó con el mayo del 68 en Europa.

“Nuestra Revolución, como tantas otras, quiso empezar de cero. Todo quedó congelado, en todos los campos. Ellos no aceptaban las cosas que se hacían en el campo cultural, y no las aceptan todavía”, explica Aydin Agdashloo, uno de los grandes maestros del arte iraní, en su estudio del centro de Teherán mientras se sirve un Nescafé, que prepara él mismo. Su familia vive en Canadá, pero él decidió quedarse en el país, aunque durante muchos años estuvo en la lista negra del gobierno. Le prohibieron enseñar y exponer.

Ya puede hacerlo, pero él se mantiene alejado. Agdashloo no solo era uno de los artistas más famosos en Irán antes de la Revolución. Era el asesor de Farah Diba (esposa del Sha) en el proyecto de construcción de museos contemporáneos por todo el país. “Tras la Revolución, pasaron diez años de oscuridad, pero la necesidad de instituciones culturales fue más poderosa que el odio. Sin embargo, no se pudieron crear nuevos estilos, excepto en el cine. Y esos directores lograron con el tiempo encontrar su estilo”.

Agdashloo es uno de los artistas más cotizados en las subastas de arte iraní que se han realizado en Dubái, pero confiesa que lo más interesante del arte iraní lo hacen lo jóvenes, muchos de los cuales están de moda en el circuito del arte mundial. “Los nuevos son interesantes porque la mayoría se ha desenmarcado de las viejas batallas ideológicas, de la vieja cultura, no pertenecen al establecimiento y eso los hace irónicos. Trabajan con libertad”.

Difícil hasta para los grandes maestros

“La única cosa que salva a Irán es la cultura. Por eso tratan de aislarla y de hacernos perder las esperanzas. Pero luchar todos los días para conservar el coraje nos da la energía para ser más creativos”, explica Golnar, una de las artistas jóvenes con mayor proyección, y que ya está acostumbrada a dejar por fuera de sus exposiciones muchas de sus obras, relacionadas con su experiencia íntima de ser mujer. Nunca pasarían la censura. Pero no le importa. Desde pequeña ha visto lo duro que les ha tocado a sus padres, que también son artistas, y sabe que la situación no es fácil para nadie.

Ni siquiera los grandes maestros como Agdashloo o el cineasta Abbas Kiorostami tienen una vida tranquila. Son algo así como los artistas intocables, pueden hablar todo lo quieren dentro y fuera del país, pero otra cosa es exponer su trabajo. “He sido acusado de hacer películas solo para audiencias extranjeras, pero aunque las acusaciones se han intensificado a través de los años, nunca he tenido la oportunidad de responder a lo que ellos dicen”, dijo hace unas semanas Kiorostami, durante una charla que dio en una galería de Teherán sobre Shirin, su nueva película.

“Sí. Me siento triste porque desde hace doce años, mis películas no han podido ni siquiera obtener un permiso para ser estrenadas”, explicó delante de decenas de personas que lo escuchaban. Pero lo que le pasa a Kiorostami no es una excepción en el mundo cinematográfico de Irán. La realidad es que la mayor parte del cine iraní que se ve en el extranjero no se muestra en casa. O si estas películas tienen la suerte de ser exhibidas, solo se pueden ver en una o dos salas alternativas, como le ha sucedido al director kurdo iraní Bahman Ghobadi. Las tortugas también vuelan, por ejemplo, solo se exhibió en un cine de Teherán durante un par de semanas. “El filtro gubernamental es muy oscuro”, dijo Ghobadi en una entrevista que me dio a principios del 2007, en la que argumentó estar cansado de que a los artistas no se les dé un espacio en Irán. “Solo apoyan mínimamente a algunos directores independientes, pero muchas veces ese apoyo está relacionado con el tema de la película, que tiene que ir ligado a los eslóganes que el gobierno quiere promocionar —aseguró aquella tarde en la sede de su productora Mijfilms—. Es por eso que muchos cineastas, por miedo a no obtener el permiso para exhibir, deciden hacer el tipo de películas que el gobierno quiere que se hagan”.

Siempre hay una manera

Muchos directores o artistas han decido irse del país para no caer en ese juego. Otros, en cambio, terminaron por encontrar la manera de burlar la censura, como la directora de teatro Pari Saberí, cuya carrera artística fue reconocida por el gobierno francés en 2004 con la condecoración de la Legión de las Artes. “Lo que pasó en esa época fue dolorosa para mí porque no hubo teatro, pero debo reconocer que el silencio me permitió mirar hacia adentro; me dediqué a leer poesía iraní, y fue así como descubrí algo que estaba buscando. A partir de ahí encontré mi nuevo lenguaje, alrededor de los clásicos iraníes”, cuenta esta mujer de casi 80 años, que parece no mayor de 60, desde la esquina de uno de los sofás que adornan la gran sala de su casa en uno de los barrios más elegantes de la ciudad. Esta mañana se puede ver cómo la nieve cae en el patio. Esta primavera está siendo particularmente fría.

Sentado también en la sala de su casa, Alireza Assar cuenta que una vez lo llamaron del Ministerio a preguntarle por qué cantaba esas canciones donde se hablaba de la realidad iraní y él les preguntó de vuelta si decía mentiras. No le dijeron nada nunca más. Alireza el músico pop más popular en Irán, y uno de los pocos que pueden actuar dentro del país. Hay muchos otros famosos que lo hacen desde Dubái o Los Ángeles y que el público iraní puede ver a través de los canales de música que llegan por satélite. Cada vez que Alireza hace una gira, reúne a miles de personas, y es tal la magnitud de su fanaticada que muchísimas publicaciones internacionales han escrito sobre el fenómeno. La noche anterior a esta entrevista, había más de 5.000 personas en la sala donde se presentó durante una semana, con lleno completo.

El gobierno no le autorizó presentarse en una más grande, que con seguridad también habría llenado, así la entrada costara 60 dólares, un precio alto para el promedio iraní. “No les gustan los conciertos pero como mi música es calmada, está relacionada con la poesía persa, y por mi aspecto —se viste de negro y siempre lleva barba—, me dejan actuar”. No pasa lo mismo con cientos de jóvenes músicos roqueros. Para ellos la vida es complicada, en especial en estos últimos cuatro años del presidente Mahmoud Ahmadineyad, en los que todo aquello que suene a música occidental es prohibido. “Los roqueros somos lo mismo que Satán —dice Alborz, quien sube toda su música a internet ante la prohibición—. Yo no soy underground, ellos me hicieron underground”, agrega.

Y es que en estos 30 años gran parte del buen arte que se ha hecho en Irán solo ha podido ser disfrutado por pocas personas. Solo los privilegiados han podido mostrar lo que hacen fuera del país. Afortunadamente cada vez son más. Adentro, sin embargo, hay miles de artistas que luchan por sacar adelante su trabajo y decir lo que quieren decir. Es un proceso imparable. Esto hace pensar que lo que está por venir va a ser mucho mejor. Irán, como dice Pari Saberi, es un país muy antiguo y con una energía muy potente, que puede superar cualquier adversidad. “Irán está por despertar”, vaticina.

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