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Uno se muere cuando lo olvidan

La Comisión Nacional de Reparación entregará este mes el primer documento de memoria histórica sobre la violencia sufrida en Trujillo, Valle. Arcadia visitó este municipio donde la gente levanta, sola y con empeño, el más ambicioso monumento a las víctimas de la barbarie.

2010/03/15

Por Paula Silva/ José Monsalve

Cuando Jennifer entró al salón y se encontró con la galería de retratos reconoció de inmediato a su padre, pese a que, como ella misma dice, nunca lo conoció personalmente. Lo vio en una pared frontal donde están expuestas las fotografías de centenares de personas asesinadas. Todas lanzan una mirada profunda desde la muerte.

El padre de Jennifer era un campesino bien parecido. Cuando lo asesinaron tenía los mismos 18 años que ella tiene hoy. Lo molieron a golpes y lo remataron con seis tiros. Observando su fotografía a Jennifer las emociones se le revolvieron. Estaba triste y orgullosa. Lo primero por no haber conocido al joven de la foto, lo segundo porque podía comprobar que sus facciones son la viva imagen de él.

Escenas como la de Jennifer no son excepcionales en el salón Memorias y palabras de dignidad. Este recinto, humilde y ceremonioso, es la primera estación del Parque Monumento a las Víctimas de los hechos violentos de Trujillo, Valle. El monumento, a medio hacer, está emplazado en una montaña. Desde su cima se puede apreciar todo el pueblo y buena parte del norte del Valle, la zona que por siete años, entre 1987 y 1994, sufrió el horror sostenido de una violencia innombrable en la que se emplearon los métodos más abominables del terror contra centenares de personas. Y los trujillenses se esfuerzan por impedir que ese pasado se deshaga en un olvido absoluto.

El esfuerzo es titánico y difícil. Está claro que no se pueden preservar todos los detalles del pasado. Es imposible y nocivo. Ya advertía Borges, en Funes el memorioso, el peligro de recordarlo todo.

La tragedia

Se habla de la masacre de Trujillo para abreviar la oscura historia de siete años de continuas masacres, desapariciones, torturas y una sarta de homicidios selectivos. A la gente la mataban por nada. Dicen que a Maracucho, el loco del pueblo, lo acribillaron cuando dormía en el parque principal. Por nada. “Porque esa gente —explica un habitante— se volvió adicta a matar”. La espiral de violencia se llevó por delante a unas trescientas personas. Lo más infame es que muchos de esos crímenes fueron ejecutados por agentes del Estado. Y todo quedó en completa impunidad.

Es por ello que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA investigó y concluyó con una condena contra el país. En 1995, el presidente Samper aceptó públicamente la responsabilidad y se comprometió con varias acciones reparatorias. Una de esas fue el monumento a las víctimas de Trujillo. En un par de semanas nuevamente el país pondrá sus ojos en este municipio cuando la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación entregue el documento oficial donde se ponen de presente los episodios de violencia que sufrió Trujillo. La idea es que las nuevas generaciones sepan todo lo ocurrido para prevenir que la barbarie se repita.

Tras la aceptación de la responsabilidad estatal, las familias dolientes se propusieron construir un monumento ejemplar para dignificar a sus muertos y, a través de este ejercicio, buscar algo de sosiego para su duelo. Se constituyeron como la Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo (Afavit) y se reunieron innumerables veces para pensar lo que debería ser el monumento.

La intención de los habitantes no era inmovilizar la memoria sino vivir todos los días con el recuerdo de sus seres queridos. Así que decidieron integrar varias ideas en un proyecto que articulara diferentes mensajes. El estado desembolsó cerca de 100 millones de pesos. Con esa cifra se compró una montaña de seis hectáreas. Ese fue todo el apoyo oficial.

El parque está concebido en dos ejes temáticos: un área dedicada al duelo y la memoria y otra a la reflexión sobre el futuro. El recorrido de los dos lugares se asemeja a las etapas que transita una persona en profundo duelo. La primera fase es el impacto por la tragedia. A eso se enfrenta el visitante en el salón donde están expuestos los retratos de centenares de víctimas y que se complementará con otro para exponer informes de prensa y diversas piezas que evidencien la violencia vivida.

De allí el visitante tomará un oscuro túnel denominado ‘Noche y Niebla’. Este pasaje lo conducirá a un anfiteatro al aire libre para montajes teatrales sobre el desmadre de la violencia. El telón de fondo del escenario será un gran mural en el que se ilustrarán algunas de las escenas trágicas ocurridas. Arriba de las gradas en las que se sentarán los visitantes hay 235 osarios donde yacen los restos de varias de las víctimas masacradas.

El conjunto de osarios es estremecedor. Están alineados en forma de media luna. Son siete niveles ascendentes —uno por cada año de horror— que se pueden recorrer a través de un camino zigzagueante. El recorrido agota, parece inacabable y deja el espíritu empañado por el desconsuelo.

Sobre los módulos que agrupan los osarios hay jardineras y entre ellos un sistema de riego que hará que una corriente de agua corra por canales desde la cima como un símbolo de vida y sed de justicia. Eso es lo que está proyectado. Por ahora lo que se encuentra son los canales pelados y unos chamizos que luchan por sobrevivir a la voracidad de las hormigas.

Al continuar por el sendero se llega a otra sección llamada ‘La ermita del abrazo’. Allí dos frondosos árboles de guamo se entrelazan y bajo su sombra se levanta una pequeña capilla y el mausoleo con los restos del padre Tiberio Fernández, el gran líder de la comunidad asesinado en abril de 1990. Ambas obras están dispuestas en sentido oriente-occidente simbolizando el nacimiento de la vida y el ocaso de la muerte. El mausoleo está diseñado para que un foco de luz solar ingrese por la parte superior, se proyecte sobre el féretro del padre y lo recorra lentamente a medida que avanza el día.

Gracias a este efecto el mausoleo irradia una atmósfera de paz. Sin embargo, ese sosiego se acabó en febrero pasado cuando profanaron la tumba del padre. Ocurrió justo en vísperas de la indagatoria a Henry Loaiza, ‘el Alacrán’, quien está procesado por varios crímenes en Trujillo. La gente no duda de que los profanadores están relacionados con quienes hace 18 años interceptaron el vehículo en que se movilizaba el padre y sus tres acompañantes. De estos últimos nunca se volvió a saber nada. Del padre se supo lo peor. Una semana después de su desaparición se encontró flotando por el río Cauca un cuerpo al que le habían cercenado con motosierra la cabeza, las manos, los pies y los genitales. Los forenses determinaron que era el padre Tiberio por un platino que tenía alojado desde hace años en una pierna tras una operación.

Pero ese no ha sido el único atentado al monumento. En 2004, a El muro a la sombra del amor, una hermosa pieza curvilínea de diez metros de largo por dos de alto que aportó el artista kurdo Hoshayar Rasheed, le rompieron todos los vidrios. Se trata de la primera parte de un proyecto en pleno desarrollo. El artista se propuso instalar seis muros idénticos en otras zonas del mundo azotadas por la violencia. Los siete muros dispersos conforman un círculo perfecto y representarán la hermandad entre las víctimas. El muro tenía una serie de nichos recubiertos de cristal y en su interior reposaban elementos (porcelanas, dibujos, peluches) enviados por gente del mundo a los trujillenses como símbolo de solidaridad. Hace tres años los bárbaros decidieron probar su puntería contra los cristales. Los destruyeron a bala. La comunidad enmendó la obra cubriendo los nichos con placas de mármol. Dejaron solo uno con el cristal destruido para que los visitantes vean que la violencia persiste.

La intervención de Rasheed es la legitimación del monumento de Trujillo como un capítulo de la historia oficial escrita por quienes nunca tuvieron acceso a las plumas de los discursos dominantes. En un gesto solidario, Rasheed legitima a Trujillo desde el arte, desde la posibilidad de dejarnos interpelar por otros, desde el reconocimiento internacional de la presencia de Trujillo.

Lo que tiene el Parque Monumento de Trujillo de especial es que debe sobrevivir en su precariedad. Cada vez que el vandalismo, el tiempo o la intemperie lo amenazan, la comunidad debe nuevamente invertir esfuerzos, tiempo y dinero de su propio bolsillo para evitar que se desmorone y desaparezca. Pese a su fragilidad y gracias a ella, los habitantes deben poner en marcha la memoria día a día, renovándola, haciéndola presente a cada instante.

La ruptura como fórmula

El Parque Monumento que han construido los habitantes de Trujilllo rompe de tajo con los paradigmas del monumento tradicional. Este fue construido precisamente por quienes fueron marginados de la justicia estatal, quienes tuvieron que vivir en carne propia largos años de arbitrariedades del poder.

Desde el silencio de la marginalidad, los habitantes de Trujillo produjeron un monumento en el que todos participan. Todos contribuyen con ideas, con ahorros, con gestiones. El monumento ha sido hecho durante largo tiempo por todas las personas que luchan no solo por no olvidar a sus muertos, sino además por entender la cruenta realidad que se los arrebató y por lograr que otras personas entiendan y aprendan de esa experiencia.

Cualquier persona puede recorrer el monumento, entrar en él y dejarse afectar por este. De esa manera, los habitantes de Trujillo aseguran una remembranza siempre presente, además de comunicar de qué se trata esa historia que el monumento conmemora.

El parque monumento de Trujillo es también un ejercicio de legitimación, tal como el monumento oficial se valida desde el poder oficial. La legitimación que reclama este parque monumento es el de la justicia hecha, la de la vida recobrada, la de permitir que el dolor se sienta y se comparta abierta y solidariamente.

En 2001 los integrantes de Afavit trasladaron los restos de sus muertos a los osarios del parque y emprendieron la tarea de legitimarlos desde sus oficios. Cada uno de los osarios cuenta con una placa que identifica a la víctima y debajo de esta una ilustración en alto relieve que muestra el oficio que la persona cumplía en vida. Hay carpinteros, amas de casa, choferes, tenderos y agricultores, entre otros. “Los oficios representan a la persona asesinada, es una forma de dignificarla pues era común decir que los mataban por ser guerrilleros”, explica la escultora Adriana Lalinde quien ha liderado esta idea. Hoy estas figuras están siendo remozadas debido a que las hicieron en 2001 con una precaria mezcla de estiércol de vaca, tierra y cemento y se deterioraron.

La idea de que el monumento no debía ser de piedra sino de detalles ya existía en el arte europeo desde hacía varias décadas. Artistas como Jochen Gerz o Thomas Hirshhorn ya habían empezado a modificar la función del monumento desde su posición de artistas contemporáneos. Lo que tienen sus obras en común con el Parque Monumento de Trujillo es que se instalan en los márgenes de lo oficial, que evitan la perdurabilidad del mármol y lo remplazan por materiales perecederos y precarios, que son construidos para modificarse según la relación que la gente establezca con ellos. No obstante, la característica más visible del monumento que acerca el proyecto a las reflexiones contemporáneas sobre el monumento es la constatación de que la memoria colectiva solo se construye cuando toda una colectividad realiza un trabajo de remembranza. En este caso, la memoria de los habitantes de Trujillo se hace extensiva a quienes se permiten convivir con el Parque Monumento y hacerse partícipe de esa colectividad.

El área del parque se extiende tres hectáreas más arriba. Sin embargo, esta segunda parte no ha sido intervenida por falta de recursos. Un gran puente comunicará las dos áreas. Y su paso simbolizará el tránsito entre el drama local al de toda la humanidad. El proyecto contempla para la segunda zona un extenso bosque que podrá ser recorrido libremente y un jardín de esculturas en el que estarán expuestas figuras que quieran aportar artistas de todo el mundo. Habrá, además, un mirador en lo más alto de la montaña. La idea allí es que los visitantes terminen en un punto “desde donde podrán ‘ver’ en perspectiva todo lo que pasó y a la vez asomarse con esperanza y serenidad al siglo XXI”, según explica el arquitecto Santiago Camargo, quien diseñó el parque.

El Parque Monumento de Trujillo se ha levantado desde la experiencia contemporánea de la memoria, es una pieza contestataria frente a la frustración de los ejercicios conmemorativos del poder oficial. Es por fin la voz de los que sobrevivieron a la barbarie y gritan “nunca más”. Y es la forma material del verso de Manuel Mejía Vallejo: “Uno se muere cuando lo olvidan”.

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