Wilfredo Lam sentado frente a una de sus obras en La Habana, Cuba, en 1963.

Wifredo Lam: un pintor de cuatro mundos

La correspondencia inédita de este artista cubano revela detalles de su difícil pero formadora estancia en Francia y España. En París se le rinde homenaje a un modernista durante años olvidado, y que hasta ahora empieza a ser redescubierto.

2015/11/20

Por Hernán A. Melo Velásquez* París

La muestra, al ritmo de viajes y exilios de Lam, rinde homenaje a su modernidad transcontinental”, apunta Catherine David, comisaria de la muestra dedicada al pintor y escultor chino-afro-hispano-cubano Wifredo Lam (1902-1982), un artista que había pasado al olvido para el gran público, pero que gracias a la muestra que estará en el Centro Georges Pompidou de París, ha supuesto un regreso que incluirá, en 2016, exposiciones en el Reina Sofía de Madrid y la Tate Gallery de Londres.

En Francia son pocos los homenajes y las exposiciones consagradas a artistas latinoamericanos, y más aún si estos pasaron por las filas del surrealismo. Ocurre porque desde hace mucho tiempo se han venido desvalorizando, incluso en América Latina, sus aportes en el engranaje del movimiento francés. Sin embargo, el mismo André Breton, cabeza y pies del surrealismo, resaltó la huella que dejaron artistas como Wifredo Lam: “Nadie como en mi amigo Lam se ha producido, con tanta sencillez, la unión del mundo objetivo y del mundo mágico. Nadie como él ha descubierto el secreto de la percepción física y la representación mental, cualidades que hemos buscado incansablemente en el surrealismo, porque el drama más grande de la conciencia moderna nace de la creciente disociación de estas dos facultades”.

El exiliado

El 25 de marzo de 1941, el pequeño vapor Capitán Paul-Lemerle zarpa con destino al oeste. A bordo van Lam, André Breton y otros 350 intelectuales amenazados por el régimen de Vichy y la policía nazi. Una “salida de forzados”, tratados de “chusmas” por los “guardias móviles, con casco y metralleta al puño, que encuadraban el muelle”, describe en Tristes Trópicos otro de sus célebres compañeros de travesía, el filósofo y antropólogo francés Claude Lévi-Strauss.

Con este segundo exilio concluía para Lam un ciclo de 18 años en Europa; el primer destierro había ocurrido en España, tras la victoria del dictador Franco. El pintor siempre fue un activista convencido. Durante la Guerra Civil española trabajó como voluntario en Barcelona en una fábrica de armas del bando republicano, hasta que fue dado de baja por enfermedad y tuvo que marcharse apresuradamente a París debido al avance de las tropas franquistas en Cataluña. Atrás dejó grandes amigos, pero también unas obras consignadas que quizá nunca serán recuperadas.

Por fortuna, en París Lam ganará otras amistades, entre ellas, Henri Matisse, Joan Miró y Pablo Picasso. Este último le dio a conocer por primera vez, en su estudio de París, las máscaras africanas de su colección personal que más tarde introducirá en sus pinturas, dando vida a una obra mestiza donde la destreza de las técnicas europeas se aunaba a un estilo de composición y unos motivos que venían de muy lejos. “Mi encuentro con Picasso y con París produjo sobre mí el efecto de un detonador”, declaró Lam en una carta.

En su correspondencia, el artista relata los motivos por los que dejó Cuba para aventurarse en Europa: “Te he dicho –le cuenta a una amiga– que el Museo del Louvre me hace falta verlo para mi formación artística y cultural, muy necesaria para un pintor que quiera ser algo más que un pinta mona (sic). ¡Si tú supieras cuánto he soñado desde mi niñez en ver y recorrer el mundo, y sobre todo Italia y París!”.

Pero una vez conoció París pudo más la nostalgia por esa España derrotada que había dejado atrás: “Realmente no puedo vivir fuera de España. ¡Qué distinto es todo al sol de Madrid! París tiene en sus mejores días un cielo de chocolate y siempre hace frío o llueve. Aquí no se conoce el verano, cuatro días de calor y se acabó, el frío es la tónica de este país. ¡Qué distinta la vida y qué carácter más opuesto al español!, todo pasión y llano en sus sentimientos, sin dobles (…). Yo hay veces que me ofusco, me aburro, y me da gana de gritar y más en esta soledad terrible de no verte, ni ver el sol de España, que aunque yo creía que era una literatura es cierto esto del clima y de la alegría del sol y del pueblo español. Aquí, todo el mundo anda muy mesurado, un respeto mutuo muy grande, nadie habla con nadie. ¡Qué aburrido! ¡Cómo echo de menos a mi casa de Ayala y a la Plaza Manuel Becerra! ¡Bueno, si voy a Londres, me suicido! Donde dicen que si va uno riéndose por la calle lo toman por borracho o por loco”.

Y así se pasó la vida Wifredo Lam, saltando de un país al otro, de un arte y de un estilo al otro. Nadie podía presagiar que un pintor con orígenes múltiples, y además de origen modesto, serviría de puente entre las vanguardias internacionales del siglo xx a fuerza de ambición y disciplina.

Un pintor sin tierra

En medio de vastos cañaduzales cubanos nace en 1902 Wifredo Lam –que un error del oficial del estado civil hizo nombrar “Wifredo” en lugar de “Wilfredo”–, hijo de un chino cantonés llamado Enrique Lam-Yam, que tenía 77 años cuando lo tuvo y 103 cuando murió, y una afrodescendiente de origen noble español. Enrique no era un culí, como llamaban en el siglo xix a los trabajadores de origen asiático con escasa calificación, sino un personaje cultivado y respetado que trabajó como escritor. Primero contrajo matrimonio con una blanca, pero luego la repudió, siguiendo la tradición, porque era estéril. Después se casó con una hermosa negra cuya madre había nacido en Congo y con la que tuvo nueve hijos, entre ellos Lam.

Cuenta el escritor francés Michel Leiris, gran amigo del artista, que los chinos en Cuba eran vistos como extranjeros, mantenidos a distancia por los blancos e ignorados por los afrodescendientes. “Para aquellos que lo conocían, él no era más que ‘el hijo del chino Enrique’, es decir, un chino debidamente clasificado como tal, aunque su madre, nacida de apellido Castilla, perteneciera a una familia cubana de varias generaciones atrás. En este país fundado por la trasplantación, [Lam] se convirtió de alguna manera en un supertrasplantado”.


En primer plano, la pintura Umbral, de 1950, exhibida en el Centro Georges Pompidou. / Foto: Sabine Glaubitz. / AFP

El pintor escribió que en su infancia, mientras su padre iba al casino chino, él se quedaba escuchando hasta tarde el eco de las ceremonias de los esclavos con las que rogaban los favores de la tierra, conseguir algún beneficio o la manera de satisfacer una venganza. Encima, su madrina practicó el vudú y buscó sin éxito convertirlo en su aprendiz. Más tarde, de regreso a Cuba, Lam participó en ceremonias de magia negra para seguir en contacto con las diferentes culturas de la isla. Y será toda esta mitología caribeña la que se irá integrando gradualmente en sus cuadros, hasta concretar su obra cumbre The Jungle (1943), incluida en la colección del Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York.

Con más de 20 años, su viaje a Europa se fue imponiendo como una necesidad inaplazable. A pesar de que Cuba venía de independizarse del Imperio español, los intelectuales de la isla seguían bajo la tutela espiritual europea. Lam llega por fin a Madrid en 1923 con la ayuda de una beca que se atribuía periódicamente a “un joven de color necesitado”.

Una vez en la capital española, visitó a diario el Museo del Prado para estudiar las obras de El Bosco, Peter Brueghel el Viejo, El Greco, Zurbarán, Velázquez y Goya, escudriñando sin tregua los secretos de la obra de cada maestro. Las obras de Gris, Miró y el propio Picasso, que Lam descubre durante la exposición de pinturas y esculturas de españoles residentes en París, así como los primeros contactos a través de catálogos y revistas con las obras de Gauguin, Matisse y los expresionistas alemanes, lo llevan a simplificar las formas y a trabajar una pincelada amplia de colores planos.

Pero Madrid dejaría otra huella imborrable en Lam, esta vez trágica. Fue allí donde perdió a su primera esposa, Eva, y a su hijo Wilfredo Víctor tras sufrir de tuberculosis. Durante este periodo, según enseñan las cartas, la labor de pintar se convirtió en su único consuelo: “Yo trabajo y en él encuentro olvido y reposo y aunque quede muy mal hoy tengo fuerza y salud”.

Una obra en alza

En su oficina de la rue de la Roquette, muy cerca de la Bastilla, Eskil Lam, hijo de Wifredo y la artista sueca Lou Laurin-Lam, observaba con atención en su computadora un antiguo reportaje televisivo dedicado a su padre. Eskil me invita a verlo con él y ambos vemos a su papá cruzando cañaduzales, ya viejo, en uno de sus retornos a Cuba. En la isla es el pintor nacional, como José Martí es el patriarca de las letras cubanas.

Mientras Wifredo Lam responde a una pregunta, un cuadro colgado detrás de él llama la atención de Eskil, quien de pronto salta de su sillón como si le hubiera pasado corriente, luego congela la imagen y busca en una carpeta la fotografía de una pintura en subasta. Advierte, alarmado, que días atrás había cometido un error. Recientemente, el hijo del pintor había suspendido la subasta de un cuadro de su padre por juzgarlo falso, y ahora, consternado, lo ve frente él sin apelación alguna. Me confiesa entonces, visiblemente incómodo, que desde el principio le había parecido raro el estilo de la pintura, a él, el mayor experto de la obra de su padre. Ahora solo le quedaba dar la cara y consentir la venta.

“¡Ve cómo todo se juega por muy poco! Usted no se imagina cuántas pinturas falsas hemos descubierto. Principalmente originarias de Cuba, donde se copia con relativa frecuencia la pintura de Wifredo”, me explica Eskil. Hace tres años, un cuadro que lleva por título Ídolo, pintado por Lam en 1944, fue subastado en Miami Sotheby’s por 4,6 millones de dólares.

En la oficina de la rue de la Roquette están depositadas las últimas cartas inéditas de Wifredo Lam, que dan cuenta de las penosas condiciones materiales en las que el pintor maduró su obra en España y Francia. Lam encontraba incluso enormes dificultades para acabar los cuadros, pues los materiales o se hacían bastante costosos o simplemente ya no se encontraban en venta: “No he empezado a hacer nada todavía porque tengo que preparar muchas cosas así como los colores, para eso tenía que conseguir un huevo y ya ayer por casualidad lo he encontrado, y de la forma más original, fue en el restaurante… a un cliente de la casa le regalaron dos y yo le pregunté dónde podía encontrarlo, aun pagando, y él me lo regaló, yo quedé un poco asustado, pero luego me felicité de haberlo encontrado”.

Por eso conmueve la insistencia de Lam por continuar trabajando y conseguir su propio estilo, y su determinación constituye un modelo para cualquier artista joven. Sin embargo, también pasó por muchos momentos de duda a través de todo este periodo de creación: “¿Por qué esta poca confianza en mí mismo? En este momento creo que no sé, ni puedo decir nada, es inconfesable todo. ¿Cree usted que mis nervios estén desequilibrados? Esto me pone de un humor terrible y estoy desesperado, me dan ganas de clamar al cielo y pedir ayuda, ¡pero usted sabe que yo no tengo fe! Y cuando se ve la cruda realidad y no se espera nada del otro lado de la muerte, todo es muy triste, muy desesperante, es una pesadilla muy cruel, sin fin, llena de monstruosidades horribles”.

Casi toda esta correspondencia iba dirigida a Balbina Barrera, una mujer casada, madre de seis hijos, con la que Wifredo sostuvo una estrecha relación. Sobrevivió a los innumerables viajes de Lam, porque muchas cartas y pinturas se perdieron en maletas que dejó aquí y allá, en países como España, Cuba, Italia y Francia. Con el tiempo han ido apareciendo en subastas, debido a la notoriedad que va ganando su obra, sobre todo en Estados Unidos, porque los críticos empiezan a considerarlo, con justicia, como uno de los precursores del arte moderno y puente entre las vanguardias internacionales. Habrá que ver si con el tiempo aparecerán más pinturas y más cartas para seguir recuperando del olvido a este artista sin un origen único y por eso mismo universal, como su obra.

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