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Sobredosis de arte en Sao Paulo

Una mirada rápida a lo que acontece en Sao Paulo, en el mes de la Bienal.

2010/10/04

Por Daniel Salamanca

Hace quince días, un avión de Avianca, con sus dos aletas de acero y un par de turbinas que lo elevan a pesar de sus más de 200.000 kg. me llevó directamente desde el aeropuerto el dorado en Bogotá, hasta el terminal de Guarulhos en la Ciudad de São Paulo. Seis horas de contemplación de nubes blancas, tan solo interrumpidas por la última versión de Karate Kid y sus nuevos protagonistas: Jackie chan y el hijo de Will Smith. No hubo remedio. Extrañé en exceso a Mister Miyagui y al inocente Daniel San.

Así que llegué, como cualquier otro pasajero, a la ciudad más grande del Brasil y a la cuna de la segunda Bienal de arte más antigua del mundo, después de su homónima de Venecia. En esta ocasión, curada por Moacir dos Anjos y Agnaldo Farias. Estos resumieron la idea de que el arte no se puede separar de la política bajo el sugerente verso del poeta Jorge de Lima “Hay siempre un vaso de mar para el hombre navegar”. Es decir, la versión poética de un tema bastante recurrente pero siempre vigente, que ya empieza a generar las primeras polémicas. Hablo de la censura de una obra y del activismo ecológico ante la instalación Bandera Blanca, de Nuno Ramos. Repercusiones inevitables de una temática que nos involucra a todos. Sin embargo, y más allá de los amores y desamores que genera la bienal, yo lo que viví, en general en la ciudad, fue una progresiva sobredosis de imágenes, discursos y obras, que se reparten en decenas de espacios a lo largo y ancho de la urbe paulista. Empiezan los excesos.

Todo empieza con una muestra en el Memorial de América Latina, donde fui invitado a participar con Adriana Salazar, en representación de Colombia. Ya allí, comencé a consumir la producción de más de 30 artistas que proponían diversas visiones sobre el bicentenario y las cosas que nos unen y que nos dividen como latinoamericanos. Todo en el ambiente de un mausoleo arquitectónico construido al final de los años ochenta por Oscar Niemeyer. Un sitio que hace honor a los muertos de nuestro continente y representa de alguna forma las venas abiertas de América Latina. Y esto era solo el principio.

En el entretiempo del montaje, como por descansar, me dirigí a un sitio que se llama el SESC, ubicado en la Calle Pompeia, al noroeste de Barra Funda. Y bien, según me contaron, en Brasil hay una serie de extensiones tributarias y de impuestos que se le cobran a los comerciantes, y que son destinados a la cultura. Un 0,01% que termina convertido en un jugosos presupuesto que ha dado lugar precisamente a estas instituciones (SESC). Unos espacios de esparcimiento que reúnen bibliotecas, salas de juego, actividades infantiles, teatro, tienda de souvenirs, restaurantes, Galerías y hasta servicios de odontología. En este, una vieja fábrica industrial adaptada para las nuevas necesidades, había justo una nutrida muestra de carteles, objetos múltiples y películas que formaban una visión retrospectiva de la obra de Joseph Beuys. Ya hasta aquí sumaba al menos 100 imágenes en mi cabeza e iba tan solo en el segundo día. La idea era llegar al límite así que en los días siguientes me fui trazando itinerarios diarios para intentar ver todo lo que quería y que resumiré rápidamente con el ánimo de que se hagan una idea del acontecer artístico en Sao Paulo

Primero que todo, el mapa que se aconseja para ubicarse y turistear por la ciudad, es precisamente el mapa de las artes, una guía completísima que reúne todos los eventos artísticos del mes, divididos en galerías comerciales, espacios institucionales privados y museos e instituciones públicas. Una lista que llega a 105 sitios.

Fue así como tuve la suerte de ver una excelente muestra retrospectiva de Rebecca Horn, en el centro cultural del Banco de Brasil, una serie de maquetas y bocetos del proceso de trabajo de Regina Silveira en la sede cultural del banco Itaú y obras de los “young british artists” en la muestra Fast forward, realizada en el centro brasileiro británico. Lo de siempre: Martin Craig Martin, Damien Hirst, Tracey Emin, Julian Opie y varios más de esos que me han influenciado inevitablemente. Aparte de esto y muy cerca a la muestra de los ingleses, en el imponente edificio Tomie Ohtake, se presentaban varios trabajos de Jan Fabre, así como una exposición de artistas brasileros de la generación intermedia. Se imaginarán entonces lo revuelto y sobrecargado que estaba mi banco de imágenes cerebral y lo maltratados que se empezaban a sentir las plantas de mis pies. Por ello una que otra Skol o Brahma chopp de 700ml en las ‘lanchonetes’ esquineras, resultaron siempre ideales para seguir adelante con la tarea.

Por otro lado asistí a un par de inauguraciones, en la Galería Luisa Strina y la galería Vermhelo, las cuales fueron programadas el domingo precedente al comienzo de la Bienal, durante toda la tarde. La primera es un espacio sofisticado, con artistas de mucho peso y uno de los primeros sitios que le apostó al arte contemporáneo. Dos sedes, cuatro espacios, otra magnitud. La Vermhelo en cambio es un espacio más joven, también muy grande y reconocido, con tienda de ropa, café, biblioteca de libros de artista y un aire más descomplicado. Aunque no alcancé a ir, también sobresalen, en arte contemporáneo, la galería Baró, D-concept y Nora Roesler. Esto sin contar espacios más alternativos e independientes como Casa Contemporánea y Galería 87 que poco a poco intentan trasladar la actividad de los jardines paulistas hasta la zona de Villa Mariana.

Y bueno, entre embriagado y cansado, entre extasiado y confundido, iba llegando al final y a los dos eventos cúspide de la temporada. La afamada Bienal y la muestra paralela 2010. ¿Y qué les puedo decir? La Bienal es un espacio gigantesco de tres pisos, al que se le suma el Museo de arte contemporáneo que es contiguo al pabellón y en donde se reúnen a 160 artistas y por lo menos 400 o más obras, contadas por separado. Muchos videos, mucha fotografía y muchas instalaciones. Recorrerlo con juicio es casi una labor imposible y tener una lectura clara de la curaduría es aún más complicado. Retuve lo que pude pero ni mis pies ni mi cabeza tendrían la paciencia para entrar a fondo en todo. La Paralela, en cambio, es una exhibición más pequeña, de project rooms, que se recorre con calma y en donde aparece un panorama interesante de la producción contemporánea. Mi cerebro parecía explotar. Quedé de arte hasta la coronilla y me propuse no tener pesadillas al respecto, pero fue casi imposible. Un zapping epiléptico de obras rondó inevitablemente por mi cabeza hasta el final de mi estadía.

Ya de vuelta en el avión que me traería a casa parecía en rehabilitación. Así que me dediqué a terminar un libro que había llevado (la elegancia del erizo) y me divertí con explosiones sin sentido en la segunda parte de Ironman. Por favor abróchense los cinturones, porque estamos próximos a aterrizar.














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